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El diputado de ERC, Gabirel Rufián, durante una sesión plenaria en el Congreso de los Diputados, a 25 de junio de 2026, en Madrid

El diputado de ERC, Gabriel Rufián, durante una sesión plenaria en el Congreso de los DiputadosEP

El bar castizo de Madrid donde Rufián repone fuerzas tras sus intervenciones en el Congreso

Casa Manolo, situado en la calle Jovellanos, lleva décadas siendo una parada habitual de políticos

Gabriel Rufián ya tiene uno de esos restaurantes de confianza que todo diputado termina encontrando en cuanto acumula legislaturas en Madrid. No está escondido en un callejón ni presume de estrellas Michelin, pero tampoco necesita ninguna de las dos cosas. Bar Casa Manolo, situado en la calle Jovellanos, a escasos metros del Congreso de los Diputados, lleva décadas siendo una parada habitual de políticos, asesores, periodistas y funcionarios que buscan comer bien sin complicaciones en pleno corazón de la capital.

Precisamente fue a la salida de este emblemático restaurante donde el portavoz de ERC protagonizó hace unos días un comentado encontronazo con Vito Quiles. Entre preguntas sobre el caso Ábalos y la actualidad política, el periodista le lanzó una con cierta retranca: «¿Qué tal estaban las croquetas?». Rufián respondió con un escueto «No soy mucho de croquetas».

No parece, en cualquier caso, una visita casual. Es uno de esos establecimientos donde el reloj parece haberse detenido hace décadas. Su fachada clásica, con grandes letras doradas sobre fondo rojo y carpintería de madera, ya anticipa que aquí no se viene buscando cocina molecular. El interior conserva ese aire de restaurante madrileño de siempre: una larga barra de mármol rosado presidida por vitrinas repletas de botellas, azulejos oscuros, cafetera de las de toda la vida y un salón amplio con paredes de rayas verdes y crema, lámparas de techo de estilo clásico, muebles de madera maciza y fotografías antiguas que recuerdan la historia del establecimiento. Más que un restaurante parece uno de esos lugares donde cualquier diputado puede cruzarse con un ministro, un ujier o un periodista parlamentario mientras espera el primer plato.

Y si la decoración respira tradición, la carta tampoco pretende reinventar nada. Todo lo contrario. Aquí el éxito sigue estando en los clásicos. Las famosas croquetas -las mismas que Rufián aseguraba no frecuentar demasiado- cuestan 1,80 euros la unidad. La tortilla en salsa de callos ronda los 13 euros, los callos a la madrileña se sirven por 14 euros, los chipirones rellenos en su tinta alcanzan los 16 euros y las chuletas de cordero apenas llegan a los 18 euros. Los postres mantienen la misma filosofía: un flan casero o un helado cuestan 5 euros, mientras que una tabla de queso de oveja asciende a 13,50 euros.

No son precios de menú de barrio, pero tampoco de restaurante de lujo. Precisamente, juega en esa liga cada vez más difícil de encontrar: la de los restaurantes clásicos donde todavía se puede comer cocina tradicional en pleno centro de Madrid sin salir con la sensación de haber financiado media hipoteca del local. Las reseñas de los clientes coinciden precisamente en eso: buenas tapas, cocina castiza y una ubicación privilegiada junto al Congreso.

Con un sueldo anual de 139.710 euros como portavoz parlamentario, Rufián podría reservar mesa en algunos de los restaurantes más exclusivos de Madrid siempre que quisiera. Sin embargo, parece haber encontrado su refugio en un clásico donde las estrellas no están en la guía Michelin, sino en unas croquetas que, pese a su negación inicial, parecen convencer incluso a quien asegura que «no es muy de croquetas».

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