25 de septiembre de 2022

<i>Episodio de la revolución de 1854 en la Puerta del Sol</i>, por Eugenio Lucas Velázquez

Episodio de la revolución de 1854 en la Puerta del Sol, por Eugenio Lucas Velázquez

La preocupación de la Emperatriz Eugenia de Montijo ante la Revolución española de 1854

«España pasa por un momento decisivo del que sólo puede resultar: o su salvación por la revolución, o su pérdida total por la división de todas las provincias, movida cada una por un partido diferente», escribió Eugenia a su cuñada

La española Eugenia de Montijo, Emperatriz de los franceses por su matrimonio con Luis Napoleón III (1852-1870) fue una de las grandes figuras femeninas de referencia en la historia del siglo XIX. Amiga de Isabel II, temió seriamente por la estabilidad de su trono al estallar en España la revolución en el verano de 1854, como se desprende la lectura de sus cartas a su hermana Paca, duquesa de Alba.
La Emperatriz Eugenia, fotografiada en 1856

La Emperatriz Eugenia, fotografiada en 1856

El movimiento revolucionario tuvo dos tiempos, iniciándose con una revuelta liberal-moderada, acaudillada por el general Leopoldo O´Donnell, con la intención de acabar con un gobierno del conde de San Luis, acusado de corrupción, y evitar la llegada al poder de los liberales progresistas. Así, se organizó un pronunciamiento militar –la Vicalvarada de 28 de junio– que fracasó, aunque dio como fruto el Manifiesto de Manzanares el 7 de julio que, entre otras interpretaciones, constituyó una clara llamada para que los progresistas se unieran a los alzados. Su autor fue Antonio Cánovas del Castillo, entonces secretario de O´Donnell.

«Ir más deprisa que la revolución»

La segunda fase giró en torno al protagonismo de los progresistas que aceptaron la invitación, sucediéndose en las siguientes semanas varios alzamientos provinciales y urbanos, que exigieron el nombramiento del general Espartero como presidente del gobierno. Paradójicamente, los acontecimientos que se habían desencadenado inicialmente para evitar una revolución progresista, acabaron por dirigir la desembocadura del poder hacia ese partido político. Para Eugenia, la situación era grave pues, como escribió a su hermana y cuñado, «No hay que hacerse demasiadas ilusiones; España pasa por un momento decisivo del que sólo puede resultar: o su salvación por la revolución, o su pérdida total por la división de todas las provincias, movida cada una por un partido diferente». Les manifestó que no resultaba conveniente que las clases conservadoras pensaran en llamar al general Ramón Narváez para frenar los acontecimientos, sino que «Para salvar la situación habría que ir más deprisa que la misma revolución: ser más liberal que la Constitución, para alejar de todo el mundo la idea de absolutismo, que tanto ha espantado al país».

Para salvar la situación habría que ir más deprisa que la misma revolución: para alejar de todo el mundo la idea de absolutismo, que tanto ha espantado al país

Cabe preguntarse si en estas cartas Eugenia no se encontraba influenciada por ideas de su marido, el Emperador. Lo cierto es que el encabezamiento de esta última carta no estaba dirigida a su hermana sino a su cuñado, lo que resulta significativo. Jacobo Fitz-James Stuart (1821-1881), XV duque de Alba, diputado por el Partido Moderado en varias ocasiones, poseía un círculo de conocidos y amistades políticas que resultaban apreciables para la Emperatriz. Incluso, tal vez deseó que el duque comunicara esas ideas a la propia Reina Isabel II y a su círculo cortesano, al que tenía acceso como Grande de España, puesto que había llegado hasta París el rumor de que los revolucionarios podían plantear un cambio de dinastía, aunque Eugenia se preguntaba de dónde podría provenir la nueva, pues pensar en Orleáns o Sajonia-Coburgo conllevaría la negativa de su esposo.

«Reina constitucional, dos Cámaras y un Ministerio»

Por eso Eugenia escribió que «Después de todo, más vale la Reina; su situación, si la quiere comprender, es de permanecer Reina constitucional, en toda la acepción de la palabra, sin la menor sombra de poder, y procurar gobernar el país con dos Cámaras, calcadas de Inglaterra, y un Ministerio responsable». Un sabio consejo para la supervivencia de Isabel II en el trono. Crítica con la figura del presidente del gobierno, conde de San Luis y sus ministros, cuya actuación había llevado a la revolución, Eugenia aconsejó a su cuñado que, junto a otros miembros de su partido, se prepararan para competir en las próximas elecciones. Su único consuelo era que España estaba geográficamente situada de tal manera que, a pesar de sus continuas revueltas políticas, no podía ser invadida ni repartida, como había ocurrido, según escribió en esa misma misiva, con Polonia. Aseguró al duque de Alba que su marido compartía su opinión y no deseaba mezclarse en los acontecimientos españoles.

O'Donnell y Espartero, los «dos cónsules»

O'Donnell (izquierda) y Espartero (derecha)

O'Donnell (izquierda) y Espartero (derecha)

Finalmente, si bien el papel de O´Donnell como sublevado no fue demasiado brillante, aún contaba con partidarios en la capital que podían esgrimir el hecho de ser el autor de la primera iniciativa de la Revolución de 1854, y, sobre todo, dispuso de una baza que resultaba imposible ignorar: la fidelidad de la mayor parte de los mandos militares. Incluso los oficiales moderados tuvieron que aceptar su presencia en el gobierno, si no querían un monopolio absoluto de los progresistas. La ayuda que no tuvo O´Donnell en la Vicalvarada fue apreciada por Espartero y, en un gesto calculado, el día que volvió su compañero de armas a Madrid, le recibió efusivamente, saliendo ambos en un balcón de la Puerta del Sol, fundidos en un abrazo. A partir de entonces, acudieron a muchos actos juntos, dando la sensación de una diarquía, comenzando la prensa a tildarles como los «dos cónsules». Y, finalmente, ninguno de los dos se atrevió a sustituir la dinastía del trono de España.
Comenzó de esta manera el Bienio Progresista (1854-1856) que se asentó sobre una llamativa inestabilidad ministerial, que derrumbaba gobiernos y ministros con preocupante celeridad. Espartero volvió a cometer los mismos errores que caracterizaron su anterior regencia: se desembarazó de los principales líderes del progresismo y creó gabinetes de mediocridades fieles, aunque nombró ministro de la Guerra a Leopoldo O´Donnell que, finalmente, le sustituiría en la primera línea de la política española.
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