01 de diciembre de 2022

La defensa del parque de Monteleón durante el Levantamiento del 2 de mayo en Madrid. Óleo de Joaquín Sorolla

La defensa del parque de Monteleón durante el Levantamiento del 2 de mayo en Madrid. Óleo de Joaquín Sorolla

¿Fue realmente la guerra española de 1808 una guerra de Independencia?

El cambio dinástico de Borbones por Bonapartes no supuso una anexión de España por Francia. España no pierde su soberanía, ni deja de ser reconocida como Estado por el resto de la comunidad internacional

Como es bien sabido, el 2 de mayo de 1808, con el levantamiento popular en Madrid se inició lo que se vino a llamar la guerra de la Independencia. Levantamiento que quizás no fue tan espontaneo, como señalaba recientemente en estas mismas páginas de El Debate Antonio Manuel Moral, apuntando que existe una relación entre el motín de Aranjuez y el 2 de mayo, por lo que el alzamiento bien pudo ser dirigido por una junta de notables ¿Pero, más allá del motivo y las causas, es correcto el término «guerra de Independencia»? ¿Cuál es el origen de este nombre? ¿fue contemporáneo a la guerra o esta fue bautizada así posteriormente? ¿Había sido España anexionada por Francia y había perdido su soberanía? ¿También es llamada así esta guerra fuera de España?

El término independencia

En realidad, es un tema bastante polémico y sobre el que existe división de opiniones entre los expertos comenzando por el origen del nombre. Para Antonio Elorza, por ejemplo, el termino de «independencia» se usa desde el principio de la guerra y ya figura en la declaración de guerra de la junta suprema de Sevilla, que habla de violación de la independencia. Ricardo García Cárcel señala que el termino es usado en numerosos artículos de los primeros meses de la guerra e incluso con un fervor más patriótico tras la victoria de Bailén. Para Álvarez Junco, sin embargo, el termino sería posterior a la guerra atribuyéndole este título a Cecilio López y José María Maldonado en 1833. Hay que tener en cuenta que en el decenio anterior había tenido lugar la última fase de las guerras de independencia iberoamericanas, por lo que también tendría mucho sentido que, por reflejo de las mismas, se adoptase este término.

España no pierde su soberanía

En el caso que nos ocupa, la guerra de 1808 viene precedida por un acuerdo internacional (Fontainebleau 1807) firmado por el valido Godoy y Bonaparte y que sienta las bases de una invasión conjunta franco-española de Portugal. Napoleón, al amparo de dicho tratado, introduce en España 100.000 soldados franceses y el mariscal Murat ocupa Madrid. Por otro lado, y tras el motín de Aranjuez, se produce la que se podría denominar primera abdicación «forzosa» en este proceso histórico, pasando la corona de Carlos IV al Príncipe Fernando. Sin embargo, existía un enorme vacío de poder por la despiadada confrontación entre padre e hijo. Con el tratado de Bayona del 5 de mayo, Carlos y Fernando ceden sus derechos a la corona a Napoleón quien a su vez los cede a su hermano José. Segunda abdicación «forzosa» que supondrá un breve cambio dinástico de Borbones por Bonapartes.
¿Por qué desde un punto de vista del derecho internacional el termino no es correcto? Porque este cambio dinástico no supuso una anexión de España por Francia, España no pierde su soberanía, ni deja de ser reconocida como Estado por el resto de la comunidad internacional. Cosa distinta es que las potencias contrarias a Napoleón, con Gran Bretaña a la cabeza, no reconozcan como monarca a José Bonaparte y a su Gobierno y reconozcan, en su lugar, a la Junta Suprema Central primero y al Consejo de Regencia a partir de 1810, cuando toma el relevo de la Junta y que será quien ostente los poderes ejecutivo y legislativo en la parte española que controla. La junta validaría la primera abdicación forzosa al reconocer a Fernando VII como Rey.

Cambio de dinastías

Por otro lado, la guerra de 1808 no fue una guerra patriótica de españoles contra invasores franceses como de manera simplista ha vendido cierta propaganda, sino que, al igual que la guerra de sucesión, a la muerte de Carlos II de Habsburgo sin un descendiente, tuvo componentes de guerra internacional en suelo hispano y de guerra civil. No hay que olvidar que, si bien la mayoría de la población respaldaba al Borbón y desconfiaba del Bonaparte, «Pepe Botella» tuvo el respaldo, a su vez, de la parte más culta y elitista de la sociedad. Los denominados afrancesados, que ocupaban altos puestos en todos los órdenes y no solo en las artes o la literatura. Afrancesados celebres fueron el General Gonzalo O´Farrill, los Obispos de Zaragoza y Sevilla, juristas de la talla de Martínez Marina, arabistas como Domingo Badía, (el primer occidental en entrar en la meca) y una larguísima lista de personas ilustradas y excepcionales que de manera clarividente comprendieron las limitaciones de uno de los peores reyes de la historia de España y apostaron por el reformismo del efímero José, quien de haber tenido la oportunidad hubiese sido, sin ninguna duda, muchísimo mejor gobernante que el «Rey felón». Una situación como la española se dio en otros territorios, incluso en naciones importantes como Suecia, en donde Bonaparte impuso como monarca a uno de sus mariscales, sin que por ello los suecos pensasen que habían perdido su independencia.
Por otra parte, el nombre de «guerra de la independencia» solo ha tenido éxito en el mundo hispano. Para los franceses es la guerre d´Espagne, aunque internacionalmente es más conocida por el termino anglosajón de peninsular war. Termino que, en este caso, me parece mucho más adecuado por la implicación que tuvo Portugal.

A la guerra de 1808 no se le debe llamar guerra de la independencia porque España no se independizó de nadaCarmen Iglesias, directora de la Real Academia de la Historia

Por último, convendría señalar que, si bien las tropas francesas cometieron numerosas fechorías, los aliados británicos de la Junta Suprema no se quedaron a la zaga e incluso en muchas ocasiones fueron más dañinos, ya no solo saqueando y violando sin sonrojo y con la aquiescencia de sus mandos, sino incluso quemando y destruyendo aquellas fábricas españolas que hacían competencia a sus productos, aunque en la obra de celebres escritores, como Bernard Cornwell, se obvian estos lamentables hechos por completo y se traslada una imagen totalmente alejada de la realidad sobre las tropas de Wellesley.
En cualquier caso, el termino, además, tiene su punto humillante, pues da a entender de manera muy equivoca una anexión que nunca se produjo. La directora de la Real Academia de la Historia, Carmen Iglesias, lo dejo claro en un reciente documental. «A la guerra de 1808 no se le debe llamar guerra de la independencia porque España no se independizó de nada». Quizás vaya siendo hora que la propia Academia plantee oficialmente un cambio de nombre para que este sea más acorde con el más aceptado por la comunidad internacional y con la realidad histórica.
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