06 de febrero de 2023

Requete en desfile, 1937

Requeté en desfile, 1937

Los carlistas ante el estallido de la Segunda Guerra Mundial: una posición más antitotalitaria que proaliada

El Gobierno español declaró la neutralidad, posición que fue juzgada por los jefes carlistas como benevolente con Alemania, por lo que defendieron una posición estrictamente imparcial para el bien de todos los españoles

Al comenzar la Segunda Guerra Mundial, el Gobierno español declaró la neutralidad, posición que fue juzgada por los jefes carlistas como benevolente con Alemania, por lo que defendieron una posición estrictamente imparcial para el bien de todos los españoles. Y es que la invasión alemana de Polonia –un país católico con un régimen conservador– entre el 1 y el 28 de septiembre de 1939, había demostrado hasta que punto resultaba necesario no mezclarse con el nazismo, que no dudó en repartirse el territorio polaco con la Unión Soviética, es decir, con el enemigo comunista, según la propaganda alemana hasta entonces. La posición del Gobierno español estuvo dividida entre los admiradores falangistas del III Reich y los partidarios de la neutralidad, entre los cuales se encontraban el ministro de Asuntos Exteriores –Juan Beigbeder– que intentó coordinarse con una serie de países neutrales para evitar la extensión del conflicto, y el ministro del Ejército, general José Enrique Varela, casado con una destacada carlista, Casilda Ampuero.
En 1940, se divulgó el manifiesto Tres capitanes del requeté, en el cual –afirmando la ortodoxia tradicionalista– se rechazó abiertamente el totalitarismo, donde, tras un líder vacío de contenido, no había nada salvo masas encuadradas en organizaciones de tipo militar, ausentes de derechos y del concepto de ser humano. Se exaltaban fuerzas sobreexcitadas por la desesperación y se negaba cualquier vínculo con el pasado, es decir, con la tradición . El 28 de mayo –cuando Bélgica capitulaba ante el avance alemán– los servicios de información del Movimiento denunciaron la colocación de pasquines con las aspas carlistas donde destacaba la palabra «Neutralidad». Un mes más tarde, la Asociación de Estudiantes Tradicionalistas difundía otros pasquines con el texto España totalmente neutral en Castellón, y la jefatura provincial de Cuenca denunciaba las maniobras aliadófilas de los tradicionalistas, protegidos por algunas autoridades provinciales.

Por su posición más antitotalitaria que proaliada, sufrió advertencias, amenazas y desconsideraciones de los primeros directores generales de prensa

La prensa carlista también intentó, dentro de sus limitaciones marcadas por la censura y el control gubernamental de los medios de comunicación, mantener posiciones contrarias frente al Eje, como la madrileña revista Misión y el diario El Pensamiento Navarro, dirigido por Francisco López Sanz y Javier María Pascual Ibáñez. Años más tarde, el primero publicaría en ese periódico que, por su posición más antitotalitaria que proaliada, sufrió advertencias, amenazas y desconsideraciones de los primeros directores generales de prensa. Uno de ellos les obligó a publicar, en repetidas ocasiones, el discurso antibritánico del tribuno tradicionalista Vázquez de Mella, pronunciado del 31 de mayo de 1915 en el Teatro de la Zarzuela de Madrid. Celso Torreo, uno de los redactores del periódico carlista, llegó a recibir amenazas de muerte por mantener la tesis de que Alemania no ganaría finalmente la guerra, en plena época de victorias frente a los franceses. El cónsul general germano en España le envió un mensaje verbal señalándose como el primer fusilado en Pamplona por sus afirmaciones contrarias al Eje.
Mientras tanto, el regente Javier de Borbón había decidido incorporarse a la lucha contra Alemania, realizando gestiones entre el Rey Leopoldo III de Bélgica y el presidente francés Paul Reynaud. Por su parte, su hermano el príncipe don Renato de Borbón Parma se presentó voluntario para combatir en el ejército finlandés contra los soviéticos, durante el conflicto que estalló entre estas dos naciones en noviembre de 1939. Como consecuencia de la invasión rusa, la Unión Soviética fue expulsada de la Sociedad de Naciones y se realizaron preparativos militares franco-británicos para acudir en ayuda de los fineses, que fueron impedidos por el armisticio temprano de 15 de marzo de 1940. Alemania no ayudó a Finlandia.
Soldados de la División Azul en puesto de mando de Prokrowskaja, URSS

Soldados de la División Azul en puesto de mando de Prokrowskaja, URSSPicasa / Wikimedia Commons

La unidad de artillería belga donde se encontraba don Javier participó en la retirada de Dunquerque y, tras la conquista alemana de Francia el 22 de junio, el regente carlista se trasladó a San Juan de Luz, donde permaneció diez días, marchando a Pau al llegar tropas alemanas, desde donde intentó desplazarse a España, siéndole denegado el paso. Logró evadirse, dirigiéndose hacia el centro de Francia, a la zona dirigida por el régimen colaboracionista del mariscal Pétain. Allí realizó, tras el armisticio, una misión secreta entre el ministro de Asuntos Exteriores británico, lord Halifax, y el ministro galo de Instrucción Pública, Jacques Chevalier, con el objeto de prevenir la posible ocupación alemana del territorio de Vichy.
Los falangistas contraatacaron acusando a los carlistas de ser servidores de los británicos, que les prometían la restauración de la Monarquía y a los perdedores de la guerra civil, una amplia amnistía . Por ello les acusaron de ser desleales, arribistas y eternos descontentos, que –con tal de ver satisfechos sus egos y ambiciones– se entregaban en brazos de las promesas aliadas. Las denuncias de falangistas contra carlistas se sucedieron en ciudades como Bilbao, Sevilla, Granada y Barcelona durante ese año. Admiradores de la victoriosa Alemania, habían visto como uno de sus puntales en el Gobierno, el falangista general Yagüe, había sido cesado por Franco el 27 de junio.

Javier de Borbón se puso en contacto con la Junta Nacional Carlista, indicándoles que la presencia alemana en Francia suponía un constante peligro de invasión de España

A comienzos de 1941, don Javier de Borbón se puso en contacto con la Junta Nacional Carlista, indicándoles que la presencia alemana en Francia suponía un constante peligro de invasión de España, lo que agravaba su situación, expectante ante la posibilidad de una entrada en el conflicto. Por ello, siguiendo el ejemplo de los monarcas carlistas y de la historia de la Comunión en casos semejantes, aconsejó que los carlistas mantuvieran la unión de todos los españoles en un claro deseo de neutralidad, cooperando a su mantenimiento con todos sus medios. Por esas mismas fechas, informes políticos del Movimiento en Castellón y Mallorca denunciaban manifestaciones públicas abiertamente proaliadas entre aristócratas, centros religiosos, espacios ligados a la alta industria y al comercio, además de carlistas e izquierdistas. Igualmente, autoridades falangistas denunciaron la existencia de armas en algunas casas de requetés, temiendo que se reorganizaran de nuevo en sus famosos tercios.
El saludo de Hitler y Franco en la Entrevista de Hendaya

El saludo de Hitler y Franco en la Entrevista de HendayaGTRES

Mientras tanto, el 20 de enero Berlín transmitió un ultimátum de 48 horas a Madrid para que España entrara en la guerra, tras el fracaso de la entrevista de Hendaya. Un semana más tarde, Franco respondió rechazándolo, lo cual no impidió que en marzo los submarinos alemanes se aprovisionaran en puertos españoles. Había que ceder en cuestiones secundarias pero sin entrar en la guerra. Un informe del general Martínez Campos, jefe de Estado Mayor del Ejército, había alertado a sus superiores, el 8 de diciembre de 1940, que las fuerzas armadas españolas no estaba preparadas, no sólo para entrar en la guerra europea, sino para defender el propio territorio nacional de una invasión, fuera la que fuera, británica o alemana.
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