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Examen de una momia, por Paul Philippoteaux en 1891

Examen de una momia, por Paul Philippoteaux en 1891

Cómo hacer una momia: el mundo funerario en el Antiguo Egipto

Las prácticas funerarias del Antiguo Egipto han sido siempre uno de los aspectos más llamativos y estudiados de esta cultura, y han centrado buena parte de la actividad egiptológica

Las condiciones naturales de Egipto contribuyeron a una muy buena conservación de las tumbas, los ajuares y, por supuesto, los cuerpos momificados. Los egipcios convivían con el desierto y con las fértiles tierras del Nilo: les era cotidiana la idea de esterilidad y muerte en oposición a la fertilidad y la fuerza generadora; esto hacía que el fin de la vida tuviera para ellos un significado muy intenso.

Las prácticas funerarias del Antiguo Egipto han sido siempre uno de los aspectos más llamativos y estudiados de esta cultura, y han centrado buena parte de la actividad egiptológica. Es normal, pues sin duda, y junto al mundo mitológico y religioso, es aquello de lo que poseemos más datos. Pero también es una de las áreas que reúne más tópicos, errores y lugares comunes en el imaginario colectivo.

Para comprender la mentalidad que los antiguos egipcios tenían acerca del más allá, y el porqué de sus idiosincráticas prácticas funerarias, es necesario comprender un aspecto que a menudo se pasa por alto, y es el de su concepción antropológica. Para ellos no existía la concepción de la persona como unidad de cuerpo y alma, típica de Occidente. Existían, en cambio, el ka, el ba, el ib, el aj, el ren y el sheut. El ka y el ba eran lo más parecido a lo que nosotros entendemos por cuerpo y alma.

Mucho más que alma y cuerpo

El ka era, por así decirlo, la fuerza vital anímica, y se creía que se mantenía por medio de los alimentos. Los dioses y el faraón poseían un ka indisolublemente unido a su esencia, pero el resto de egipcios, en principio, obtenían su ka por medio del faraón. El ka perduraba en el cuerpo del difunto si se conservaba momificado, de ahí la extensión e importancia de esta práctica funeraria.

El ba, por otro lado, era un componente espiritual; la personalidad del difunto una vez acaecida la muerte. El ba funcionaba como un mediador entre la tierra y el mundo de los dioses, y era el medio que tenía el difunto para desplazarse y reunirse con su ka, que permanecía en la tumba. El ba abandonaba el cuerpo en el momento de la muerte del individuo y ascendía al reino celestial, pero, cada noche, debía acudir al sepulcro para alojarse en el cuerpo del difunto, iba y venía del mundo de los dioses a la tumba.

El ka y el ba eran componentes indisociables, se necesitaban uno a otro, y la destrucción del cuerpo implicaba la eliminación del ba. En los dioses, el ba era la parte que se manifestaba de ellos en ciertos animales, y también era la parte de los dioses que habitaba en las estatuas de culto.

Venda de momia pintada

Venda de momia pintada

El ib, por su parte, era el corazón, y como tal, era la sede del pensamiento, del intelecto, de la memoria, la inteligencia, la conciencia, la imaginación, el valor, la fuerza vital, el deseo, las emociones, y la moralidad.

El aj, por otro lado, varió de significado a lo largo del tiempo, pero en general venía a representar la dualidad del ser humano, como un alma, perteneciente al cielo, y un cuerpo, perteneciente a la tierra.

El ren era el nombre de la persona, pero en la Antigüedad los nombres no eran un mero dato civil o administrativo, tal vez con la excepción de Roma, pero en ningún caso en Egipto y Oriente, donde el nombre poseía cualidades mágicas. Es por esto que el ren, el nombre, se consideraba también un principio espiritual de la persona: permitía que esta perdurara; se creía que no se moría del todo mientras el ren fuese pronunciado; es decir, mientras el nombre del difunto no fuera olvidado por completo.

Esto explica por qué los faraones y otros personajes influyentes hacían enormes esfuerzos en preservar su nombre, inscribiéndolo una y otra vez en los monumentos que construían, en tumbas, en documentos, etc., y explica también por qué la damnatio memoriae era un castigo tan severo para ellos (literalmente, «condena de la memoria»). Era una práctica muy extendida en toda la Antigüedad, consistente en eliminar toda huella del nombre de un individuo de donde estuviese inscrito, y también sus retratos en caso de tenerlos, para que su recuerdo no pudiera pervivir tras su muerte, normalmente por considerarle un enemigo público.

Por último, queda el sheut, que era la sombra. En las teorías funerarias de los antiguos egipcios, la sombra era considerada como una especie de entidad espiritual, constituyente de la identidad de cada ser humano, debido al evidente hecho de que una persona no existe sin sombra, y la sombra de cada persona no existe sin la persona en sí; los antiguos egipcios conjeturaron que la sombra contenía algo esencial de la personalidad.

El juicio de Osiris

La muerte suponía una gran crisis, porque se dislocaba el cuerpo de todos estos principios espirituales. Todo el conjunto de rituales y prácticas funerarias, pues, estaba destinado a garantizar la reunificación de esas partes y a asegurar su existencia conjunta y feliz por toda la eternidad.

Si todo iba bien, al morir, el difunto podía elegir entre dos opciones. Podía elegir compartir la eternidad con los grandes dioses y acceder a la Barca de Ra, para incorporarse al séquito de este dios y acompañarle en su ciclo cósmico cotidiano. O bien, podía elegir ir a parar al País de los Bienaventurados, una tierra que reproducía de forma idealizada el país egipcio, donde el difunto podría llevar la vida de un gran terrateniente, disfrutando de sus mansiones y de su ocio.

Antes de llegar a nada de eso, sin embargo, debía superar el juicio de Osiris. Ante una corte de 42 jueces divinos, presididos por Osiris, al que ayudaban Isis y Neftys, el difunto era conducido de mano de Horus o Anubis. El elemento principal que presidía la escena era la balanza, en uno de cuyos platillos se colocaba el corazón del difunto, y en el otro, el símbolo de Maat, la diosa del principio de orden y armonía.

Thot actúa como escriba y secretario. Si el juicio resultaba favorable, el muerto pasaba a la vida eterna. Si no, su destino era lamentable: debía errar por toda la eternidad, sin descanso ni alimento, y podía ser devorado por un monstruo, mezcla de cocodrilo, león e hipopótamo.

Juicio de Osiris

Juicio de Osiris

Los rituales que acompañaban al enterramiento y al funeral estaban particularmente centrados en la conservación del cuerpo, entendido como el soporte necesario para la pervivencia plena del individuo más allá de la muerte. La momificación era el resultado de siglos de experiencias e incorporaciones.

Tres tipos de momificación

Heródoto recoge hasta tres tipos diferentes de momificación. Por supuesto es una fuente muy tardía si la comparamos con toda la historia de Egipto, pero deja claro que era una técnica muy cara y que requería el trabajo codo con codo de varias personas, además del empleo de materias primas muy costosas, por lo que no todos los egipcios podían permitirse el tipo más completo de momificación.

Había, pues, tres formas diferentes de embalsamar, dependiendo como siempre de la economía de cada uno:

En la forma más cara, lo primero que hacían los embalsamadores era sacar el cerebro y toda la masa encefálica a través de las fosas nasales. Esto lo hacían con un gancho de hierro. Lo que no podían sacar por este método lo eliminaban con infusiones de hierbas y especias. Una vez finalizado este proceso, se hacía un corte de arriba abajo en el lado izquierdo del estómago, a la altura del apéndice, de unos 10 cm.

Por este corte se sacaban todas las vísceras, que eran lavadas y perfumadas. Posteriormente, se las envolvía en lino y se las introducía en los llamados vasos canopos. Cada uno de ellos tenía la cabeza de uno de los hijos de Horus: Amset, en forma de hombre, guardaba el hígado; Hapy, en forma de babuino, guardaba los pulmones, Kebeshenuef, en forma de halcón, los intestinos, y Duamutef, en forma de chacal, custodiaba el estómago del difunto.

Normalmente, el corazón se dejaba en su lugar por considerarse la sede del pensamiento, no convenía manipularlo. Los riñones tampoco se retiraban pues se desconocía su función. Después, el interior del cuerpo se limpiaba con aceite de palma, se rociaba con perfumes y se rellenaba el estómago con mirra, canela y paños de lino para dar forma, además de otras especias y perfumes. Realizada esta operación, cosían el orificio que se había efectuado, y ponían el cuerpo en natrón durante un máximo de 70 días y un mínimo de un mes.

Pasado periodo, sacaban el cuerpo del natrón, lo secaban y lo envolvían con vendas, que se pegaban unas con otras con resina y cera. Casi siempre, entre las vendas se colocaban amuletos, como el famoso escarabeo, que protegían al difunto de los maleficios. Después, la momia se introducía en un sarcófago antropomorfo de madera y se colocaba en una cámara sepulcral, normalmente de pie y recostado contra la pared. Esta fórmula era la más costosa.

Para los menos pudientes, había un procedimiento menos caro. Consistía en inyectar en el cuerpo aceites y perfumes, sin haber hecho ninguna incisión, ni haber sacado la masa encefálica. Se taponaban todos los orificios del cuerpo para impedir la salida de aceites y perfumes. Posteriormente, se introducía el cuerpo en natrón durante 70 días. Pasado ese tiempo, se sacaba el cuerpo, y se destaponaban los orificios. Esto permitía la salida en forma líquida de todas las vísceras, debido a su estado de putrefacción, dejando el cuerpo limpio de cualquier órgano interno.

El tercer método, el más barato de todos, y el más usado por los más pobres, era el siguiente: se inyectaba agua para limpiar el cuerpo por dentro, se introducía en natrón y, después, se devolvía a los familiares sin seguir ningún proceso adicional.

El embalsamamiento era, ante todo, un proceso mágico y religioso, por lo que los embalsamadores eran normalmente sacerdotes. Ellos asumían el papel de los protagonistas del drama osiriano, y con frecuencia se disfrazaban de dioses. El embalsamador principal se identificaba con Anubis, patrono de la momificación y del gremio de embalsamadores. Otro de los participantes era el canciller divino, que asumía el papel de Horus, el hijo de Osiris. También participaban todo un grupo de ayudantes, expertos en anatomía y técnicas quirúrgicas.

Cuando el difunto ya estaba preparado, en la cámara sepulcral, se colocaban junto a él una serie de objetos que lo ayudarían en la vida eterna, como muebles, armas, alimentos, ropas o joyas (aunque evidentemente esto variaba en función de su estatus económico). Unos de los elementos de ajuar mejor conocidos son los uchebtis, pequeñas figurillas antropomórficas que debían servir al difunto en el más allá. Después, la familia dejaba la tumba encargada bajo la custodia de unos sacerdotes funerarios llamados «Servidores del Ka».

Gracias a las complejas creencias de los antiguos egipcios y a todo el sistema funerario que vertebraban, estas cámaras han conservado selladas (cuando los expoliadores no lo han impedido) valiosísimos datos que nos permiten adentrarnos en su fascinante cultura.

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