Lee Miller como modelo (izquierda) y como corresponsal de guerra (derecha)
Lee Miller, la modelo que fotografió todo el horror de la II Guerra Mundial desde las filas de 'Vogue'
Su hijo pensaba que era una «alcohólica inútil» e irascible, hasta que halló su tesoro fotográfico en un desván, ahora una película la recuerda con Kate Winslet como protagonista. Esta es su verdadera historia
Llega a los cines la película Lee Miller, dedicada a la fotógrafa del mismo nombre, con la magnífica e intensa Kate Winslet como protagonista. Miller fue la más improbable reportera gráfica de la Segunda Guerra Mundial y su vida resulta fascinante. Esta es su verdadera historia, que se lee como una gran novela:
Había más de lo que parecía. Muchísimo más. La neoyorquina Elizabeth Miller se murió de un cáncer en 1977, con 70 años. Ocurrió en su casona campestre de Farley Farm House, en East Sussex, en el Sureste de Inglaterra, donde vivía desde 1949 con su marido inglés, el artista, mecenas y coleccionista Roland Penrose. Sus allegados despedían a una granjera de carácter áspero, que en sus últimos años se había reinventado como experta en cocina tradicional (a veces con algún toque surrealista, como su intimidatorio «cerdo con salsa de Coca Cola»).
'Lee Miller', biopic protagonizado Kate Winslet
Su único hijo, Antony, criado por una nanny ante el desapego y la frialdad de su madre, no albergaba el mejor concepto de ella: «La madre que yo conocí era una alcohólica inútil, una histérica para la que algo tan sencillo como coger un tren para ir a la ciudad vecina suponía un episodio mayor».
Pero tras la muerte de Elizabeth Miller, su nuera Suzana se puso a revolver el desván de la mansión y halló un tesoro: 60.000 negativos fotográficos archivados en cajas de cartón. También cartas, crónicas, objetos de recuerdo... La memoria de una vida borrada. Acababan de descubrir la cámara acorazada que contenía un pasado único, arrumbado por Lee Miller bajo siete llaves. «Al ver todo aquello... Uff, no me podía creer que mi madre fuese la misma persona que había creado ese material. Era un libro de su vida que había cerrado hacía mucho tiempo».
Lee Miller, modelo, musa, fotógrafa y cocinera, hizo la guerra en las filas del Vogue. No es metáfora. Fue literalmente así. La edición británica de la revista de moda consiguió que en 1942 se convirtiese en una de las cuatro únicas fotógrafas que cubrieron la Segunda Guerra Mundial como corresponsales del Ejército estadounidense. Lee, una blonda belleza que entonces tenía 37 años, lo vio todo: de los sangrientos hospitales de campaña tras el Día D a la liberación de los infiernos de Buchenwald y Dachau. La memoria de lo que observó en los campos de concentración la martirizaría de por vida.
Petersham on wool, Vogue Studio, London, England, 1944.
Lee se aseó en la bañera del apartamento de Hitler en Múnich. Una estampa que ya es un clásico, inmortalizada por David E. Sherman, un compañero fotógrafo de la revista Life y su ocasional amante. En un singular acto de justicia poética, limpió sus botas del barro de Dachau en el lavabo del líder nazi. También durmió en su cama. Fue el mismo día en que el genocida se suicidaba en el Führerbunker de Berlín, la ratonera claustrofóbica donde se cobijó en sus últimos días.
Cuando los aliados liberan París, la cámara de la reportera de Vogue está allí puntual. Lee aprovecha también para visitar a un viejo conocido, Pablo Picasso, en su estudio del número 7 de la Rue des Grands Augustins. Antes ha fotografiado el cerco de St. Malo, con la salvajada de las primeras pruebas con nápalm («las bombas caían como si aquello fuese el Vesubio»).
Lee Miller y Picasso en París, 1944
Después avanza por Europa empotrada con las tropas americanas. Con precisión, y con una ambición de estilo propia de fotógrafa muy formada, retrata todos los horrores de la mayor guerra que ha conocido el mundo. En sus negativos está la fatiga de los soldados malheridos o exhaustos, cadáveres de SS en cunetas y despachos, las mujeres colaboracionistas francesas rapadas como represalia, los niños desvalidos extraviados en cruces de caminos de Austria. Ciudades hechas astillas, mujeres olvidadas que siguen manteniendo el mundo en marcha en medio del espanto…
…Y por supuesto, la liberación de los campos de concentración de Ohdruf, Buchenwald y Dachau, donde ve cómo algunos de los presos se desploman muertos por agotamiento justo cuando ha llegado una libertad que daban ya por imposible. «Te imploro que creáis que es verdad, que publiquéis estas fotos», rogaba la reportera a la directora de «Vogue», consciente de la oprobiosa desatención con que los aliados estaban minusvalorando las masacres de judíos.
Liberación de los trabajadores esclavos de Buchenwald
El 9 de enero de 1946, concluida ya la guerra, fusilan al ex primer ministro húngaro Ladislao Bárdossy en las calles de Budapest como castigo por su entente con los nazis. Lee Miller todavía está allí, apostada tras el pelotón de cuatro soldados que apuntan a un reo firme y desafiante ante a los sacos terreros. Sus últimos pasos bélicos serán por Rumanía, en busca de una familia gitana que había tratado antes de la guerra, solo para descubrir que ha sido exterminada.
El maratón de tres años por el averno destrozó a la fotógrafa: depresión crónica y un alcoholismo que solo empeoraba su abatimiento. En 1944, en pleno desembarco del Día D en Normandía, Lee Miller posa ante las cámaras con su casco y su flamante uniforme militar, que en un toque de coquetería ha sido cortado en Savile Row, la meca de la sastrería londinense. Sus labios gruesos sonríen. Pero es solo una mueca. Sus ojos claros semejan un glaciar deshabitado, circundado por unas ojeras delatoras. Las heridas son antiguas, incurables y en parte anteriores a la guerra. Datan de su infancia, con una violación a los siete años.
Elizabeth «Lee» Miller, aquí en un retrato que se pudo tomar en 1943
Lee Miller había nacido en la pequeña ciudad de Poughkeepsie, 121 kilómetros al Norte del corazón de Manhattan, la meca donde siempre quiso triunfar. Su padre, el ingeniero y hombre de negocios Theodore, era un fotógrafo aficionado de ancestros alemanes, un tipo sexualmente turbio, que en su adolescencia la hacía posar desnuda para él. Su hermano, Johnny Miller, se convertiría en un aviador legendario, que voló hasta los 101 años de edad.
En la edad de la inocencia, con solo siete años, Lee descubrirá la maldad de manera brutal. Sus padres la envían a Brooklyn a pasar un fin de semana en la casa de una familia amiga. El anfitrión la viola y además le contagia la gonorrea. Al shock de los abusos se suma un doloroso tratamiento médico. En su adolescencia, otro golpe: el chico que le gusta muere ahogado en un estúpido accidente en un bote. Esa infancia traumática lastra sus estudios y la expulsan de varias escuelas. En 1925, con 18 años, decide dar un giro y viaja a París a estudiar Diseño.
De vuelta en Nueva York al año siguiente se va decantando como una persona curiosa, de temperamento artístico. Estudia dibujo y pintura en Manhattan y se enrola en el teatro experimental. Con solo 19 años, el destino se cita con ella al borde de una acera. Cuentan que Lee, despistada en su nube, iba a cruzar la calzada cuando un hombre la sujetó evitando que la atropellasen. Era Condé Montrose Nast, el editor de Vogue, Vanity Fair y New Yorker. Deslumbrado por su apariencia, la convierte en modelo.
Lee Miller como modelo de Kotex
El 15 de marzo de 1927, Lee ocupa la portada de la edición estadounidense de Vogue. Inicia así una carrera de dos años como musa de pasarela. Pero pronto comienza a aburrirse. Le interesa más el trabajo técnico de quienes la fotografían que posar. Sin su permiso, uno de sus retratos es utilizado para un anuncio de Kotex, la compañía más popular de tampones y compresas.
Pasa a ser conocida en toda América como «la chica Kotex», una caricatura que le desagrada y que además dinamita una carrera como modelo en la que ya no creía. Decide romper con todo y emigrar de nuevo a París, entonces capital mundial del arte. Su propósito está claro: convertirse en discípula de Man Ray, el maestro de la fotografía avant-garde. Ella misma relató su primer encuentro: «Fui a su estudio y le dije: ‘Hola, soy su estudiante y aprendiz’. Él me respondió: ‘No, yo no tengo ni estudiantes ni aprendices’. Le dije: ‘Ahora ya sí’». Funcionó. Trabajaron juntos tres años. Se convirtieron en amantes y en su exploración artística hasta descubrieron técnicas como la fotografía solarizada.
Pero Ray se obsesiona con ella. La atosiga. La vigila. Lee se harta de sus celos y su creciente control. Lo planta y retorna a Manhattan, donde monta un estudio de fotografía y donde la aguarda otro giro más de una vida increíble: va a convertirse en la mujer de un riquísimo magnate egipcio, Aziz Eloui Bey. El millonario, un tipo plácido que ha acudido a Nueva York en busca de material para el ferrocarril de su país, se queda tan fascinado al conocerla que se casan de inmediato en el consulado egipcio.
Es el año 1934. Tras una rápida luna de miel en las cataratas del Niágara, se instalan en El Cairo, donde Lee lleva una vida muelle, de riqueza absoluta y similar sopor. De aquella etapa quedan sus sugerentes fotos en el desierto, tomadas con su cámara Rolleiflex. Una de ellas inspirará un cuadro de René Magritte.
Infeliz, deprimida en El Cairo, acuerda con su tolerante marido viajar a París para intentar recuperar el ánimo. Allí retoma el contacto con las amistades surrealistas de sus días con Man Ray. En una fiesta de disfraces del clan de Breton conoce a un artista y poeta inglés, Roland Penrose, pálido y elegante, vástago de una notable y muy pudiente familia quáquera. Se enamoran. O algo parecido, pues según su hijo Tony, «mi madre tenía problemas para querer a alguien». A Lee le cuesta romper con su marido egipcio: «Cuando me casé lo hice para bien o para mal», se excusa ante su amante inglés. En 1937 retorna a su casa de El Cairo y durante dos años vivirá el cortejo intermitente y distancia de Penrose, que finalmente la convence para que se vaya con él.
En 1939, todavía casada con Bey, Lee Miller se instala en Londres con su pareja inglesa. Tipo de buena pasta humana, su marido egipcio le había asegurado que la dejaría irse y buscar su felicidad en cuanto apareciese un hombre a su altura, capaz de cuidarla. Penrose parece cumplir esas exigencias y Bey la invita a volar. Miller comienza a trabajar como fotógrafa de moda para Vogue en Londres. Pero con la guerra cambia de temática y su cámara pasa a recoger los destrozos del Blitz de Hitler en la capital británica. Sus próximos pasos serán el frente del Noroeste de Francia y tres años de recorrido por el corazón de las tinieblas.
Miller en 1943 con otras corresponsales de guerra que cubrieron el Ejército de EE.UU. en el Teatro Europeo durante la Segunda Guerra Mundial
Tras la guerra, Lee Miller vuelve a casa tan tocada que necesita tres meses de internamiento psiquiátrico. Recuperada, todavía trabajará un par de años más en Vogue, como fotógrafa de moda y vida social. Pero arrastra una depresión severa, fruto de lo que hoy denominaríamos «estrés postraumático».
En 1946 se divorcia por fin formalmente de su marido egipcio, se casa con Penrose y se queda embarazada. Nace su hijo Antony. Una sorpresa, o un milagro, porque los médicos le habían dicho tajantemente que jamás podría tener hijos. Tras el parto se agrava su abatimiento. Mientras tanto, Farley Farm, la finca familiar, se ha convertido en uno de los lugares artísticamente más interesantes de Inglaterra, debido a las amistades de sus propietarios. Por allí desfilan en un ambiente de bohemia burguesa muchas de las luminarias de su tiempo: Cocteau, Picasso –de quién Penrose escribirá una biografía y será su comisario para una gran exposición en la Tate- Paul Éluard, Max Ernst, Miró, Braque...
Miller y Penrose, feligreses surrealistas, conciben su matrimonio como una «relación abierta». Al principio parece funcionar. Conversan libremente sobre sus respectivos amantes. Pero su intimidad se irá agriando por los celos. El físico y el tono vital de Lee decaen. Poco queda en esa mujer corpulenta, amarga y alcoholizada de la joven de belleza hipnótica de los años veinte y treinta que inspiró varios cuadros de Picasso. Penrose inicia una sostenida relación con la hermosa trapecista Diane Deriaz, amante también de Lawrence Durrell. La aventura hiere a su mujer, que ahora se siente amenazada por las constantes infidelidades de su marido.
La estima del establishment por Penrose va creciendo. Se convierte en un gran pope de las artes y acaba siendo elevado a «sir» por Isabel II. Lee, en cambio, muere olvidada por el público en el verano de 1977, tras un lustro relativamente bueno, en el que había logrado dejar el alcohol e ilusionarse escribiendo de gastronomía en House and Garden y Vogue.
Sir Roland Algernon Penrose, el introductor del surrealismo en Inglaterra, el pacifista cuáquero que contribuyó al esfuerzo bélico ideando sistemas de camuflaje para las tropas, morirá de un ictus a los 84 años, el 23 de abril de 1984. En un guiño del destino es la fecha del cumpleaños de Lee, la fotógrafa triste y brillante de las cuatro vidas.
Hoy los museos del mundo sigue mostrando los negativos que Lee Miller escondió un día en un desván y Hollywood le dedica una película. Nadie se acuerda de Sir Roland.