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El carruaje de Bonaparte. Obra de Rudolph Ackermann

El día que Napoleón sufrió su derrota más insólita ante un ejército de conejos

El general militar Paul Thiébault, testigo de este insólito episodio, relata en su libro de memorias lo ocurrido: «Le atacaron por la espalda con un frenesí indecible»

Mucho antes de su gran derrota en Waterloo, en el año 1815, el Gran Corso, Napoleón Bonaparte, sufrió otra más humillante. Ocurrió en 1807, en pleno auge expansionista de su imperio. Acababa de vencer a Rusia en Friedland y había firmado la paz con el zar Alejandro I y con Federico Guillermo III de Prusia, a través del Tratado de Tilsit. Había consolidado su poder militar y político gracias a importantes victorias. Ahora, sintiéndose imparable, puso el punto de mira en el Reino Unido y Portugal.

Pero antes de comenzar una nueva fase de expansión, quiso celebrar sus triunfos con una jornada de festejos. Alexandre Berthier, jefe del Estado Mayor de Napoleón, organizó un almuerzo al aire libre y una cacería de conejos, a la que invitó a algunos de los altos mandos militares.

Para tal ocasión, Berthier reunió cientos de conejos, aunque otras fuentes afirman que llegó a preparar hasta 3.000 de estos pequeños y peludos animales. En cualquier caso, eran muchos los conejos que sus hombres enjaularon. Una vez liberados, en vez de mostrar la esperada reacción de estos animales asustadizos, los conejos no huyeron, sino que se agruparon en manada y, dándose la vuelta, atacaron al que entonces era el hombre más poderoso del mundo.

El general militar Paul Thiébault, testigo de este insólito episodio, relata en su libro de memorias lo ocurrido:

«Todos estos conejos, que, incluso separados, habrían intentado en vano escapar a los golpes que les destinaba la mano más augusta, se reunieron de repente en manadas, pronto en masa; en lugar de recurrir a una inútil huida, todos se dieron la vuelta y, de repente, toda la falange se abalanzó sobre Napoleón. La sorpresa fue máxima, al igual que la cólera de Berthier; orgulloso de encontrar por fin una ocasión decisiva para apelar a una palabra cruel que se le había escapado al Primer Cónsul en el campo de batalla de Marengo –dijo que Berthier no estaba hecho de la misma pasta de la que están hechos los hombres valientes–, se lanzó a la cabeza. Los conejos huyeron, Napoleón fue liberado; y este episodio ya no se consideraba más que un retraso –extraño sin duda, pero afortunadamente superado– cuando estos intrépidos conejos doblaron el flanco del emperador, atacándole por la espalda con un frenesí indecible, sin soltarlo jamás, se amontonaban sobre sus piernas hasta hacerle tropezar, y obligaban al conquistador de los conquistadores a retroceder y cederles el campo de batalla, aunque fue una suerte que algunos de estos conejos, habiéndose subido a los carruajes del emperador, no regresaran triunfantes a París».

Por su parte, el historiador británico David Geoffrey Chandler comenta en su obra Las campañas de Napoleón cómo el emperador intentó zafarse de los conejos con su fusta, mientras que el resto de los invitados intentaron ahuyentarlos con palos. En vano, el Gran Corso tuvo que huir y resguardarse en su carruaje.

Pero los ataques no cesaron ni siquiera entonces: «Con una mejor comprensión de la estrategia napoleónica que la mayoría de sus propios generales, la horda de conejos se dividió en dos frentes y rodeó los flancos del grupo y se dirigió hacia el carruaje imperial», describe el historiador británico. El combate terminó solo cuando el vehículo se alejó de aquel improvisado campo de batalla.

La culpa de esta gran humillación fue de Berthier. En lugar de traer liebres salvajes, su emisario había comprado conejos domesticados a granjeros locales, «sin saber que podía haber alguna diferencia entre un conejo y otro», advierte Thiébault en sus memorias.

Como resultado, «los pobres conejos habían confundido a los cazadores, entre ellos al emperador, con cortadores de coles, y que se habían abalanzado sobre ellos y vuelto a ellos tanto más ávidos cuanto que no habían comido desde el día anterior», continúa explicando el testigo de estos hechos.

Aquella «derrota» fue un golpe para la moral de Napoleón, pero también para su jefe del Estado Mayor, «quien, avergonzado y confuso, deplorando el hecho y lo ridículo del mismo, juró, pero un poco tarde, que no se dejaría engañar más», concluye su relato Thiébault.