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En la foto, un retrato de Enrique VIII del taller de Hans Holbein el Joven 1497/1498

En la foto, un retrato de Enrique VIII del taller de Hans Holbein el Joven 1497/1498

Enrique VIII, el rey que osciló entre la alianza y la traición con España

Durante la primera mitad del siglo XVI, los Habsburgo españoles y los Valois franceses se disputaron la hegemonía de Europa en una larga lucha. El rey Enrique VIII –conocido por sus seis matrimonios– intentó sacar el máximo partido de ese duelo

Enrique VIII se acercó a la monarquía española al desposar a la viuda de su hermano, Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos y tía de Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico. Con ello manifestó su voluntad de mantener amistad con la monarquía hispana, confirmada nuevamente en 1512, cuando participó en una coalición integrada por España, Venecia, el Imperio, los cantones suizos y el papado para frenar las ansias expansionistas de Francia en Italia.

El triunfo inglés en Guinegatte y la conquista de dos plazas sin valor estratégico causaron una gran satisfacción a Enrique VIII, al emular las hazañas de sus antepasados en tierras francesas.

Entre 1519 y 1521, Inglaterra practicó una política de neutralidad sin tomar partido ante el duelo entre Francisco I de Francia y Carlos I de España por la hegemonía europea, teniendo como especial escenario la península italiana. Ante las derrotas militares francesas, Enrique VIII estrechó sus lazos de parentesco y amistad con su sobrino Carlos, aliándose con él por el tratado secreto de Windsor en 1522.

Aseguró a la flota española la ruta marítima que unía los puertos castellanos con los de los Países Bajos, pero no pudo levantar un ejército en su ayuda por falta de dinero. La victoria española en la batalla de Pavía, en 1525, con la captura de Francisco I, hizo creer a Enrique VIII que era un buen momento para solicitar compensaciones. Sin embargo, Carlos I se negó a negociarlas, al considerar que había recibido una escasa ayuda de Inglaterra, por lo cual esta se alió con Francia por el tratado de More ese mismo año.

Al estar ya en trámites el divorcio de Enrique VIII con Catalina de Aragón, se pensó que ese giro diplomático agradaría al Papa Clemente VII, enemigo de Carlos I, y facilitaría la disolución del matrimonio, casándose con Ana Bolena.

Sin embargo, las victorias de Carlos I sobre los franceses y sus aliados italianos desembocaron en la paz de Cambrai en 1529, que reconoció la hegemonía de la Casa de Austria o Habsburgo en Italia. Enrique VIII, desengañado y obsesionado con divorciarse de Catalina de Aragón, se desentendió de la política europea, centrándose en aumentar su poder mediante la reforma anglicana en su reino.

Catalina suplicando en el juicio contra ella por parte de Enrique. Cuadro por Henry Nelson O'Neil

Catalina suplicando en el juicio contra ella por parte de Enrique. Cuadro por Henry Nelson O'Neil

Sus relaciones con Francia se deterioraron progresivamente, pues el reino rival de su isla, Escocia, estrechó lazos con los Valois, lo que motivó el temor de Londres a una injerencia militar francesa en la frontera norte de Inglaterra. En 1538, Enrique VIII fue excomulgado por el Papa, que intentó organizar una cruzada contra él bajo el liderazgo de España y Francia. Sin embargo, ni Francisco I ni Carlos I estaban dispuestos a eliminar a un posible aliado, por lo que la llamada papal resultó un fracaso.

Aconsejado por sus ministros anglicanos, Enrique VIII mantuvo conversaciones con los príncipes alemanes protestantes —enemigos de Carlos I—, llegando a casarse con una princesa luterana, Ana de Cleves. Pero terminó divorciándose de ella, lo cual, unido al convencimiento de que España no deseaba destronarle, y a las maniobras de Francisco I para fortalecer sus vínculos con Escocia, llevó a Enrique VIII a reforzar nuevamente su amistad con Carlos I.

En 1543, el rey de Inglaterra y el César Carlos se comprometieron a invadir Francia, aportando cada uno 35.000 soldados de infantería y 7.000 de caballería. Al llegar las fuerzas imperiales cerca de París, Francisco I solicitó negociaciones de paz inmediatas, firmando en septiembre de 1544 la paz de Crépy.

Enrique VIII, que había conquistado la plaza de Boulogne, se resistió a devolverla, pero, sin recursos financieros, tuvo que firmar con el gobierno francés el tratado de Campe-Ardres, por el cual devolvería la ciudad al cabo de ocho años, recibiendo 600.000 libras a cambio, y la restitución de pensiones antaño concedidas por París, valoradas en 25.000 libras anuales.

Esta última aventura militar de Enrique VIII supuso un elevado expendio para los escasos recursos de su Hacienda, que no fueron compensados por sus victorias. Para pagar los gastos se tuvo que recurrir a la venta de tierras confiscadas al clero y a préstamos ingleses y flamencos.

No obstante, el esfuerzo bélico no fue del todo en vano, pues Inglaterra, tras un largo periodo distanciada de la política internacional, alcanzó con Enrique VIII un protagonismo decisivo en la lucha mantenida entre los Valois y los Habsburgo. Eso motivaría a considerar la amistad inglesa como importante para los monarcas franceses y españoles de la segunda mitad del siglo XVI, sobre todo desde que estallara la rebelión de los Países Bajos contra el dominio español.

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