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El gran sueño de Cervantes no era ser escritor sino capitán de los Tercios

El Cervantes escritor era ya un hombre maduro y golpeado por la vida y las desgracias, pero hubo una versión previa: joven, valiente, temerario incluso, un soldado curtido en numerosas batallas, comenzando por la victoria de Lepanto

Cervantes en Lepanto, imaginado por el pintor Augusto Ferrer-Dalmau en 2016

En el imaginario popular visualizamos siempre a Miguel de Cervantes, cumbre de las letras españolas y mundiales, como un señor ya de avanzada edad, casi —o sin casi— un anciano, canoso, manco y consumido. Y no está desencaminado el retrato. El Cervantes escritor era ya un hombre maduro y golpeado por la vida y las desgracias.

Pero hubo un Cervantes previo, cuando aún no se había añadido el literario «Saavedra»: joven, valiente, temerario incluso, un soldado curtido en numerosas batallas, comenzando por la «más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros» (prólogo a la segunda parte del Quijote, 1615), la victoria sobre el Imperio otomano en el golfo de Lepanto.

Ese fue el «otro» Cervantes, mucho más desconocido, cuya aspiración —que estaba a punto de conseguir— era llegar a capitán de aquellos temibles y gloriosos Tercios, invencibles y dueños de Europa durante más de siglo y medio. En pos de ellos, y con una carta de recomendación nada menos que de don Juan de Austria y otra del duque de Sessa, es por lo que había dejado Italia, donde había pasado los últimos seis años sirviendo en el Tercio «Lope de Figueroa», a las órdenes de Manuel Ponce de León.

Fue cuando ya llegaba a la península, y teniendo ya a la vista Palamós, cuando la galera en que venía con su hermano Rodrigo —soldado también— fue apresada por los piratas berberiscos y conducido como cautivo a Argel. Allí murieron sus sueños de mandar una compañía, aunque peleó por conseguirlos, protagonizando cuatro intentos frustrados de fuga y no pudiendo regresar libre a España sino ya hasta finales de 1580, con 33 años cumplidos y muy quebrantado su cuerpo por los castigos sufridos.

Había nacido en Alcalá de Henares, en el año de 1547, posiblemente el 29 de septiembre, día de san Miguel, siendo bautizado el 9 de octubre en la iglesia de Santa María la Mayor. Lo digo porque saldrá —ha salido ya— el falsario psico-historiador catalán diciendo que era de Olot. El padre era un cirujano modesto y Miguel, el cuarto de los siete hijos que tuvo el matrimonio.

El linaje paterno tenía ascendencia gallega, y antes habían andado por Córdoba, donde un antepasado —su abuelo, el licenciado Juan de Cervantes— tuvo cargos de alguna relevancia, entre ellos el de abogado de la Inquisición. Fue justo el que le seguía en edad, Rodrigo, con quien tuvo más cercanía y compartió sus años mozos y sus peripecias militares.

Sus padres marcharon pronto de Alcalá y, cuando él tenía cinco años, se establecieron en Valladolid, donde aún les fue peor, acabando su progenitor arruinado, embargado y en la cárcel, de la que al cabo se libró al lograr que se le reconociera su condición hidalga. O sea, que la familia andaba a ramal y media manta y en continua mudanza, pues una vez liberado el padre marcharon a Córdoba primero, luego a Sevilla, para acabar por recalar en Madrid en el año 1566, con Miguel a punto de cumplir ya los 20 años.

Algo había estudiado, aunque no mucho, y es dudoso que pisara siquiera Salamanca, pero sí que estuvo en algún colegio jesuita, como él mismo evoca en su novela El coloquio de los perros, y con certeza ya se sabe que en Madrid recibió clase de un catedrático de gramática, Juan López de Hoyos, en uno de cuyos libros Cervantes incluye tres poesías por encargo de su maestro, a quien consideraba «nuestro caro y amado discípulo». Y como escritor —por entonces y para buenos lustros más después— ya no hubo más letras que juntar.

Lo que no tuvo más remedio que hacer —y que demuestra que no eran aquellos caminos tranquilos por los que andaba— fue salir a escape de la península para no acabar en prisión, pues a ello había sido condenado en rebeldía el 15 de septiembre de 1569 por haber herido con varias estocadas a un tal Antonio de Segura. Miguel, junto con su hermano Rodrigo, había puesto rumbo a los dominios españoles en Italia, para hurtar ese trance e intentar sentar plaza como soldados.

Desde allí, más a salvo, Miguel pidió a Madrid y consiguió certificado de limpieza de sangre —es decir, de no tener ascendencia judía— que se le otorgó y que le permitió respirar más tranquilo, pues ello aminoraba los peores efectos de su condena, entre los cuales se incluía que, «con vergüenza pública, le fuese cortada la mano derecha», amén de un destierro por diez años.

Llegado a Nápoles, todo aquello quedaba atrás. Un pariente suyo, Gaspar de Cervantes, que andaba por allí, lo colocó de camarero de un obispo italiano que llegaría a cardenal, pero no duró ni un año en el oficio, pues en el año 1571 ya estaba alistado en la compañía del capitán Diego de Urbina, del Tercio de Miguel de Moncada. Justo para llegar a tiempo a Lepanto.

Miguel de Cervantes, junto con su compañía, embarcó en la galera Marquesa, una de las que estaban al mando de don Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz, y que resultaron cruciales para el resultado de la batalla vencida por la flota cristiana comandada por don Juan de Austria, hermano del rey Felipe.

Su bautismo de sangre en combate tuvo lugar aquel glorioso 7 de octubre de 1571, y el joven Cervantes dio pruebas sobradas de valor, como recogió un acta judicial realizada años después en Madrid (1578), en la que varios testigos hicieron pública declaración sobre su comportamiento en aquella jornada. Así lo cuenta el alférez Gabriel de Castañeda:

«[…] El dicho Miguel de Cervantes estaba malo y con calentura, y este testigo vio que su capitán y otros amigos suyos le dijeron que, pues estaba malo, no pelease y se retirase y bajase debajo de cubierta de la dicha galera; […] y entonces vio este testigo que el dicho Miguel de Cervantes respondió […] muy enojado: ‘Señores, en todas las ocasiones que hasta hoy se han ofrecido de guerra a Su Majestad, y se me ha mandado, he servido muy bien, como buen soldado; y ansí agora no haré menos, aunque esté enfermo y con calentura; más vale pelear en servicio de Dios y de Su Majestad, y morir por ellos, que no bajarme so cubierta’. […] Y ansí, el dicho capitán le entregó el lugar del esquife con doce soldados, adonde vio este testigo que peleó muy valientemente como buen soldado contra los dichos turcos, hasta que se acabó la dicha batalla, de donde salió herido en el pecho de un arcabuzazo, y en una mano, de que salió estropeado. Y sabido por el dicho señor don Juan de Austria cuán bien lo había hecho, le acrecentó cuatro o seis escudos de ventaja de más de su paga».

Cervantes ante Hassan Pasha en Argel

O sea, que pudiendo escaquearse, no lo hizo, sino que luchó como un león en un puesto de máximo peligro; que, aun herido, combatió hasta el final de la lid y que el propio capitán general don Juan de Austria supo de ello y lo premió aumentándole la soldada.

Un cuadro del gran pintor contemporáneo Augusto Ferrer-Dalmau ha querido plasmar, en contraposición con la imagen habitual que tenemos de él, a ese Cervantes poco conocido, a aquel hombre joven, aguerrido y valiente, que, como tantos otros, formaron parte de aquellos Tercios sin rival y que he querido elegir —con su permiso— para ilustrar esta parte de su vida a la que no se ha prestado apenas atención.

De los dos arcabuzazos tardaría un tiempo en reponerse: pasó seis meses en el hospital de Messina, pero, a la postre, el que le dejó secuelas fue el disparo sufrido en la mano izquierda, donde un trozo de plomo le seccionó un nervio y se la dejó para siempre un poco anquilosada. Le valdría luego el apodo de «el manco de Lepanto», del que se sentía orgulloso, pero no le impedía seguir en el oficio de las armas, sentando plaza en la compañía del capitán Manuel Ponce de León, del tercio del aguerrido y famoso Lope de Figueroa, cuya memoria Calderón de la Barca, al retratarlo en El alcalde de Zalamea, hizo perdurar hasta hoy.

A sus órdenes sirvió y fue creciendo en prestigio en tales cometidos en las expediciones de Navarino (1572), Corfú, Bizerta y Túnez (1574), que culminaron con la toma de esta última ciudad por don Juan de Austria. Tras aquella nueva victoria, retornó a Italia y allí permaneció hasta mediados del año 1575, recorriendo con las tropas las guarniciones de Sicilia, Cerdeña, Génova y la Lombardía.

Decidido a ascender en la vida militar, aspiraba a que le concedieran el grado de capitán. Regresaba a España al lado de su hermano Rodrigo, con cartas de recomendación del hermano del propio rey y máxima figura entonces de todos los ejércitos cristianos, don Juan de Austria, cuando, teniendo ya a la vista tierra española, la Costa Brava, entre Palamós y Cadaqués, la galera Sol en la que iban fue asaltada (26 de septiembre de 1575) por una flotilla pirata al mando de un renegado griego, Arnauti Mani, que consiguió apresarles, y los dos hermanos Cervantes fueron conducidos cautivos a Argel.

Encontradas entre sus ropas aquellas cartas del hermano del Rey —y además otra del duque de Sessa—, sus captores supusieron que era persona de gran importancia. Adjudicado como esclavo a otro renegado, el griego Dalí Mani, este consideró que la cifra por su rescate sería de 500 escudos de oro. Una cifra que, unida a otra similar para su hermano, haría inviable el pago por parte de su familia, nada sobrada de recursos. Un largo cautiverio, al que Miguel de Cervantes no se iba a resignar, intentando fugarse una y otra vez, acababa de comenzar.

Su vida y sueños como soldado iban a acabar en cierto modo allí. Los recuerdos de Italia, de las batallas libradas y las peripecias sufridas iban a seguir, sin embargo, para siempre en su recuerdo, una memoria que permanecería para siempre en su visión de la vida, su carácter, sus principios y valores, y estaría siempre presente en el fondo de sus obras.

Uno de sus poemas posteriores rendiría homenaje a un hecho anterior a su llegada a Italia, pero que estaba fijado en el corazón de los Tercios españoles allí destacados: el asedio de Castelnuovo por el pirata Barbarroja, con 50.000 hombres, a la fortaleza defendida por 3.000 soldados españoles comandados por el maestre de campo Francisco Sarmiento, quienes, antes de perecer, les causaron 30.000 bajas.

Los pocos supervivientes fueron trasladados a Constantinopla y allí acabaron por protagonizar una increíble fuga en la que la veintena que aún quedaba viva consiguió la libertad. Su ejemplo pareciera ser el espejo en que Cervantes se miraba para intentar huir de Argel.

De entre esta tierra estéril, derribada,
destos terrones por el suelo echados,
las almas santas de tres mil soldados
subieron vivas a mejor morada,
siendo primero en vano ejercitada
la fuerza de sus brazos esforzados,
hasta que al fin, de pocos y cansados,
dieron la vida al filo de la espada.

Y éste es el suelo que continuo ha sido
de mil memorias lamentables lleno
en los pasados siglos y presentes.

Mas no más justas de su duro seno
habrán al claro cielo almas subido,
ni aun él sostuvo cuerpos tan valientes.