Fundado en 1910

Imagen de John Ogilby que muestra en 1671 la Florida, entonces española

El estadounidense que no se tragó la leyenda negra y defendió a España desde América

Según él, a principios del siglo XX la huella de la presencia española aún era profunda y clara en la franja que recorre EE. UU. de este a oeste

«Se solía enseñar a nuestros hijos que España había fracasado: que los españoles no habían colonizado, sino simplemente explorado; que habían matado a todos los indios; que habían sido meros buscadores de oro, mientras que los ingleses habían llegado a América [del Norte] a fundar hogares y crear comunidades, olvidando que aquellos buscadores de oro habían constituido hogares y organizado comunidades».

La frase anterior fue escrita por el norteamericano Herbert E. Bolton, profesor sucesivamente en las universidades de Texas, Stanford y Berkeley entre 1901 y 1944. En 1921 publicó The Spanish Borderlands: A Chronicle of Old Florida and the Southwest (Las tierras fronterizas españolas: una crónica de la antigua Florida y el sudoeste), libro con el que dio a conocer su tesis sobre la importancia que lo español había tenido en la creación y configuración de los Estados Unidos.

El historiador Herbert Eugene Bolton

Hasta ese momento, en los planes de estudio de Historia norteamericanos solo se reconocían las aportaciones de Inglaterra, Francia y Holanda. Situación similar a la que se daba en la sociedad de origen anglosajón —normalmente la más pudiente—, que consideraba lo español como algo decadente y sin valor alguno.

Bolton, que había conocido de primera mano el legado español durante sus años como académico en Texas, definió el término borderlands como «las regiones entre Florida y California, ahora pertenecientes a Estados Unidos, sobre las cuales España ejerció su dominio por siglos». Según él, a principios del siglo XX la huella de la presencia española aún era profunda y clara en la franja que recorre EE.UU. de este a oeste y es conocida como el Sun Belt (el Cinturón del Sol). Su tesis, a pesar de levantar ampollas en ciertos círculos universitarios, fue bien recibida por el resto de la comunidad científica.

En poco tiempo, sus alumnos fueron tantos que se llegó a hablar de una «Escuela boltoniana», en la que destacaron Charles Wilson Hackett, George P. Hammond, Max L. Moorhead y John Francis Bannon, entre otros muchos. Sus trabajos se centraron en los actuales estados de Florida, Alabama, Misisipi, Luisiana, Texas, Nuevo México, Arizona y California durante los siglos XVI al XVIII, y estudiaron a los personajes de origen español o criollo —Francisco Vázquez de Coronado y Luján, Juan de Oñate y Salazar, el padre Kino, Diego de Vargas Zapata y Luján Ponce de León, José de Gálvez, Bernardo de Gálvez, fray Junípero Serra, etc.— que destacaron en la expansión de las fronteras españolas en Norteamérica.

También analizaron las instituciones que ordenaron la vida en aquellas tierras lejanas, entre las que sobresalían los presidios militares y las misiones religiosas, además de los cabildos y ayuntamientos de las poblaciones que se fundaron gradualmente.

Para los boltonianos, ese mundo no había desaparecido con la independencia de México o, mucho menos, con la apropiación de esos territorios por parte de los Estados Unidos, sino que se había mantenido vivo y formaba parte de la historia de Norteamérica. Además, era el lugar donde se había encontrado la civilización inglesa con la española, y donde aquella había asimilado mucho de esta. El ejemplo más característico fue el de los cowboys, que tomaron su vestimenta, forma de trabajo e idiosincrasia de los vaqueros de México.

Pero, como suele pasar en este país tan ingrato con quien lo ama, en España aquellos estudios sobre las fronteras del lejano septentrión hispanoamericano pasaron completamente desapercibidos. Ninguno de los libros publicados entonces llegó a ser traducido al español.

Otros estudiosos más jóvenes —habría que recordar a J. Manuel Espinosa, John L. Kessell, Marc Simmons o David J. Weber— se unieron a Bolton y sus seguidores en una segunda ola, lo que aumentó el número de monografías que poblaron las estanterías de las secciones de historia de Florida o del Southwest en las librerías norteamericanas. Pero en España se ignoraron las actividades de todos ellos hasta el siglo XXI.

Weber vio dos de sus obras finalmente traducidas al español: La frontera española en América del Norte, publicada en México por el Fondo de Cultura Económica en el año 2000, y Bárbaros: los españoles y sus salvajes en la era de la Ilustración, editada en Barcelona por Crítica en 2007. Hubo que esperar hasta 2022 para que una obra menor de Kessell —coescrita con Javier Torre Aguado—, Forjado en la frontera. Vida y obra del explorador, cartógrafo y artista don Bernardo de Miera y Pacheco en el Gran Norte de México, fuera traducida por la editorial madrileña Desperta Ferro.

En España, a menudo nos quejamos de las opiniones y trabajos de los hispanistas anglosajones, a quienes los políticos y diversas instituciones reconocen más que a los historiadores nacionales. Pero no es de recibo que Bolton, su escuela y otros estudiosos posteriores de las Spanish Borderlands sigan siendo unos perfectos desconocidos tanto para la historiografía española como para la audiencia generalista, cada vez mayor, interesada en la historia de España más allá de sus fronteras actuales.