Fundado en 1910
Españoles en el Colorado por Augusto Ferrer-Dalmau

Españoles en el Colorado por Augusto Ferrer-Dalmau

De Florida al dólar: el legado español que Estados Unidos ha preferido olvidar

Pese a esos 300 años de presencia española, una gran mayoría de estadounidenses tiene, en general, un enorme desconocimiento de las raíces hispanas de su país e, incluso muchos, una percepción o muy negativa

El escritor Julián Ríos afirmó, muy convencido, en una ocasión: «No hay nada más ignorante en Occidente que un estadounidense ignorante», dando a entender que un español o un francés ignorante estaba a un nivel superior. Me lo dijo blandiendo una maliciosa sonrisa en una de aquellas lejanas tertulias en su casa de Juan Bravo. Aun reconociendo que es simpática la frase, no se puede generalizar.

Estados Unidos es también el país de estadounidenses muy ilustrados, de brillantes académicos y excelentes universidades. Pero sí es cierto que, como dice un dicho gringo, «el estadounidense medio desconoce lo que acontece 40 millas más allá de sus narices».

Por cierto, que el término gringo no viene, como cuenta la leyenda urbana, de las casacas verdes que vestían los soldados de ese país en la guerra con México y que motivaría a estos a gritar green, go home o «verde, vete a tu casa», ya que diccionarios españoles recogían el término durante la época virreinal. Estaría más relacionado con el «me habla griego» —es decir, no le entiendo— que los novohispanos les soltarían a sus vecinos del norte, que intentaban hablar castellano con muchos errores y un fuerte acento. El «griego», con el tiempo, se convertiría en «gringo».

Sea como fuere, y volviendo al tema de la indolencia cultural, se estima que entre un 10 % y un 15 % de estadounidenses no son capaces de ubicar su propio país en un mapamundi, y 7 de cada 10 jóvenes serían incapaces de indicar dónde se encuentran países de la relevancia de Francia o Reino Unido. En un costa a costa (San Diego–Ottawa) que hice siendo estudiante, una recepcionista de Salt Lake City me aseguraba que yo no podía ser español porque tenía pinta de europeo.

Pero hagamos, en este punto, un paréntesis para recordar algunos relevantes hechos históricos. Desde que en 1513 el castellano Juan Ponce de León desembarcase en la Florida, comenzó un proceso de exploración, expansión y conquista por el territorio de los actuales Estados Unidos de América que se extendió hasta el hundimiento del virreinato de la Nueva España y la independencia de México en 1821.

Al cabo de esos siglos, España dejaría un importantísimo legado. Empezando por el español, que, con 45 millones de personas que lo utilizan como lengua materna, es el segundo idioma más importante del país. La religión: el catolicismo fue introducido en la época virreinal y aún en la actualidad se considera la confesión más numerosa, si se tiene en cuenta que los protestantes están divididos en múltiples iglesias. Y aunque la emigración irlandesa, italiana y polaca la ha reforzado, los hispanos siguen teniendo un peso decisivo.

España ha sido el origen de multitud de nombres de estados, ciudades, accidentes geográficos, heráldica, arquitectura, sin olvidarnos de grandes personalidades históricas como Menéndez de Avilés —que fundaría la primera ciudad europea en actual territorio estadounidense y celebró el primer banquete de acción de gracias—, Cabeza de Vaca, Hernando de Soto, Coronado, Castaño de Sosa, Oñate, Junípero Serra, Bernardo de Gálvez, Gayoso de Lemos… la lista se nos hace interminable.

Además, dos de los iconos estadounidenses por antonomasia tienen origen español: el dólar y su símbolo, y el vaquero y su inseparable caballo. Sin embargo, pese a esos 300 años de presencia española, tal y como apuntaba en mi introducción, una gran mayoría de estadounidenses tiene, en general, un enorme desconocimiento de las raíces hispanas de su país e, incluso muchos, una percepción o muy negativa o, en el mejor de los casos, tremendamente superficial y confusa, mezclando la historia virreinal con la de las naciones iberoamericanas ya independientes.

Algunos países se enorgullecen del legado histórico de las culturas que les precedieron y les conformaron. Otros, sin embargo, pretenden borrar del mapa dichas culturas previas. Antonio Manuel Carrasco nos recuerda el caso marroquí hablando de Tarfaya. También se podría decir del Reino Unido en los territorios que disputamos en América: los ingleses incluso rebautizaron como «Paso de Drake» el «Mar de Hoces», pese a que el corsario nunca llegó a navegarlo. Igualmente, en Canadá eliminaron el «Quadra» (por el marino español Juan Francisco de la Bodega y Quadra) de la Isla de Quadra y Vancouver.

Dos casos anecdóticos, pero muy significativos. Otro ejemplo de este «borrado histórico» fue el caso de Filipinas tras la guerra de 1898 y su cesión –o venta forzosa, siendo puristas– a Estados Unidos. De hecho, el principal líder independentista filipino, Emilio Aguinaldo, llegó a admitir que «en época española eran considerados ciudadanos, mientras que en la estadounidense eran tratados como parias».

¿Ocurrió lo mismo en los territorios estadounidenses heredados del virreinato, o —de nuevo, siendo puristas— tomados militarmente a un México ya independiente? La respuesta es compleja. Posiblemente habría que decir que en parte sí y en parte no.

l diplomático Eduardo Garrigues —autor, por cierto, de una excelente novela histórica sobre Bernardo de Gálvez— recuerda la obra del historiador Henry Adams y cómo los habitantes de Tennessee tenían el mismo empeño en deshacerse de los indios como de los hispanos para ocupar sus tierras.

Las guerras indias de los Estados Unidos son calificadas, hoy en día, por muchos historiadores, de genocidio. No hay que olvidar que, desde el primer gobierno estadounidense independiente, los asuntos indios estuvieron a cargo del Ministerio de la Guerra; que la Indian Removal Act de 1830 dio carta blanca al desalojo de los indios de sus territorios históricos para confinarlos en reservas, y que el profesor Marcelo Gullo resalta cómo muchos militares estadounidenses —desde Custer a Chivington—, con el beneplácito del Gobierno, perpetraron matanzas sangrientas contra mujeres y niños indefensos.

Oficiales que mantienen estatuas o que han dado nombres a ciudades, con poca autocrítica o cuestionamiento histórico. De hecho, la conquista estadounidense del salvaje oeste es una gran falacia, porque este ya había sido colonizado y cristianizado por España.

Por otro lado, la prensa sensacionalista de finales del XIX y Hollywood desde el XX han sido los grandes amplificadores de la leyenda negra. Desde las clásicas películas de beatíficos piratas que luchaban contra el imperio del mal —España— hasta más recientes productos cinematográficos de pésima calidad pero de grandes audiencias, como Eternals, que ya en pleno siglo XXI mantienen lo del genocidio español y la destrucción de Tenochtitlan.

Por supuesto, sin recordarle al incauto espectador que los españoles no llegaban a ser ni el 10 % del ejército, muy mayoritariamente indígena, que se enfrentó a sus verdaderos verdugos mexicas. Eso sí, se blanquea su pasado histórico atribuyendo papeles protagonistas a actores afroamericanos en roles que nunca tuvieron, en vez de su verdadero y triste papel de esclavos, mientras que la esclavitud en Nueva España nunca llegó al 1 % de la población.

Son las paradojas del wokismo imperante y de la ignorancia profunda de muchos de sus fieles. No se cuestionan las estatuas de Custer, cuyas matanzas de indios están perfectamente documentadas, y se atenta contra las de Junípero Serra, que además de ser considerado un hombre santo para la Iglesia católica, fue un gran misionero y defensor de los americanos originarios.

Pero hay que reconocer que Estados Unidos ha sido, al mismo tiempo, cuna de grandes hispanistas, como Prescott, Lummis, Irving, Carrie Gibson o el decano de la Universidad de Los Ángeles, Brown Scott, que pasó de ser un furibundo antiespañol a convertirse en uno de los máximos defensores de la escuela del derecho de gentes de Salamanca y de figuras como Vitoria o Suárez.

Por otro lado, si bien es cierto que se rebautizaron lugares, se hicieron desaparecer archivos y se reescribió la historia —por ejemplo, como señala Jorge Luis García, equiparando el papel histórico de Francia, que apenas estuvo de convidada de piedra 80 años en la Luisiana, con el de España—, también lo es que se respetaron muchos nombres de ciudades y accidentes geográficos españoles, se rescataron figuras fundamentales como Bernardo de Gálvez, se rinden homenajes al pasado español de no pocas ciudades, se preservan con veneración monumentos históricos españoles y se admitió, desde la Presidencia de la República, la fundamental aportación española en la guerra de la independencia.

Por último, hay que señalar que, si bien todos los tópicos negativos se mantienen muy arraigados, el punto de vista es muy diferente dependiendo del estado. En los 26 estados cuyo territorio fue, en algún momento, parte de España, existe, en general, un mucho mejor conocimiento y una imagen histórica claramente más positiva.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas