Wolf Dietrich von Raitenau
Picotazos de historia
Wolf Dietrich von Raitenau, el arzobispo de Salzburgo que vivió 22 años con su amante y tuvo 15 hijos
El arzobispo no ocultó ni trató de disimular el hecho de su relación con la señorita Alt. La incluyó en la corte; participaba en los almuerzos y cenas, sentada entre los invitados de más rango
La familia von Raitenau puede documentar sus orígenes a partir del siglo XIII en la ciudad de Lenzburg, en el cantón de Argovia, en la Suiza actual. En el siglo XIV, una rama de la familia se trasladó a Hofen, junto al lago Constanza.
Ahora me gustaría que nos centráramos en la persona de Wolf Dietrich von Raitenau (1559–1617). Su padre fue hombre de armas al servicio del Imperio; su madre —Helene von Hohenems— aportó una excepcional red de contactos dentro de la Iglesia. Les explico: la buena señora era sobrina del Papa Pío IV, hermana del obispo de Constanza, Mark Sittich von Hohenems (que era una estrella en ascenso en el complicado mundo de la curia romana), y cuñada del cardenal Carlos Borromeo, quien terminaría siendo canonizado y elevado a los altares el 1 de noviembre de 1610.
Con semejante red de contactos, no extrañará a nadie que la madre tomara el futuro de sus hijos en sus manos. Wolf fue destinado a la Iglesia y se esperaba de él que hiciera una gran carrera.
Lo enviaron a estudiar a Roma, al Collegium Germanicum et Hungaricum. Una vez que completó sus estudios, con buenas notas —aunque no excepcionales—, se le ordenó que volviera a casa, desde donde se organizaría su progresión.
Primero le consiguieron un puesto dentro de la catedral de Salzburgo, donde desempeñó varias funciones a satisfacción de todos, hasta que en el año 1587 fue elegido —como opción de compromiso— para ocupar la sede vacante del poder político y religioso del principado-arzobispado de la ciudad libre de Salzburgo. Wolf tuvo que recibir las órdenes sagradas de prisa y corriendo para poder asumir su cargo.
El nuevo arzobispo-príncipe aplicó las líneas aprobadas por la Contrarreforma, volviendo a autorizar el regreso de las órdenes religiosas que habían abandonado el territorio bajo la jurisdicción de Salzburgo. Pero pronto empezó a mostrar un perfil más conciliador, hasta abogar por una política de tolerancia religiosa y convivencia política.
Wolf también fue un apasionado de la arquitectura barroca y de su estética. Si hoy la ciudad y el entorno de Salzburgo se presentan como ejemplo del barroco alemán, es en gran medida gracias al arzobispo Von Raitenau.
Pero el arzobispo tenía un secreto. Un secreto a voces, porque todos en la ciudad y los alrededores lo sabían. Y muchos lo aprobaban, viendo el efecto moderador y benéfico que tenía en el humor del eclesiástico y en su relación con sus súbditos, tanto en lo terrenal como en lo espiritual. Y es que el arzobispo tenía una amante.
Que nadie se rasgue las vestiduras ni clame al cielo. Estamos en el siglo XVI, en Centroeuropa, y no era ni el primer ni el único —y mucho menos el último— caso de este tipo. Lo excepcional vino por lo que les contaré.
En 1596, durante uno de los festejos de acción de gracias por la elaboración de la cerveza (acontecimiento importante en la cultura alemana), el arzobispo conoció a una joven de veinticinco años que le deslumbró: Salomé Alt.
Salomé Alt
Nos dicen las crónicas que era agraciada —esto es, bonita, pero no como para tirar la gorra al aire—, de cabello castaño rojizo y ojos grisáceos. Pero era su sonrisa y su personalidad dulce y atenta lo que arrebataba el corazón de los hombres. Y el pobre Wolf cayó hechizado.
Esa misma noche, Salomé acompañó al arzobispo al palacio episcopal de Salzburgo, donde permanecieron varios días encerrados en una cámara secreta. Salomé jamás regresaría a casa de su padre, y su relación con Wolf von Raitenau duraría veintidós años, teniendo que utilizar la fuerza para separarlos.
El arzobispo no ocultó ni trató de disimular el hecho de su relación con la señorita Alt. La incluyó en la corte; participaba en los almuerzos y cenas, sentada entre los invitados de más rango. Trató —y consiguió— que el emperador ennobleciera a la guapa Salomé, transformando su apellido de Alt a Altenau.
El arzobispo compró terrenos, contrató arquitectos y levantó el castillo de Altenau para que fuera residencia de ella y de la prole que estaban produciendo. Llegaron a tener quince hijos.
Entretanto, el pobre Wolf buscaba por todos los medios cómo solucionar la situación tan incómoda —para él y para sus familiares— en la que el pícaro Cupido le había puesto. Por un lado, dos tíos y un primo (dos cardenales y un obispo) templaban gaitas dentro de la Iglesia en relación con su travieso pero no descarriado pariente. Lo que tenía muy claro Wolf es que amaba apasionadamente a Salomé, y de ninguna manera estaba dispuesto a soltar el control de las rentas de la ciudad-estado de Salzburgo.
Wolf no se decidía en sus prioridades, y como diplomático adolecía de una negativa: tenía tendencia a dejarse llevar por arrebatos de ira. Lo que no era bueno y acabó trayéndole la desgracia.
Existía un conflicto entre Baviera y Salzburgo con motivo de los impuestos de tránsito y aranceles por el comercio de la sal, que imponía el arzobispo en su territorio. Lo que podía haberse discutido y negociado delante de una jarra de vino, terminó decidiéndose en el campo de batalla.
La guerra fue breve y no hubo grandes batallas heroicas. Incluso su propia familia se volvió contra el pobre Wolf Dietrich, y terminó siendo capturado por el enemigo mientras trataba de mantener a salvo a su numerosa prole y a su amante. Al principio fue encerrado en el castillo de Hohenwerfen, en cuyos muros grabó, ayudándose de la hebilla de su cinturón:
—El amor es el inicio de todos los sufrimientos.
—Hay mucho engaño en el mundo: haz lo correcto y teme la mentira.
Trasladaron a Wolf a la fortaleza de Hohensalzburg, que domina la ciudad de Salzburgo desde la cima del monte Festungsberg (monte de la fortaleza, en alemán). Según testimonio posterior de los diferentes barberos que le atendieron, tomó la prisión con cristiana resignación, solo doliéndose de la separación de su amada y de sus hijos. Así, con el corazón destrozado por la separación de su familia, entregó su alma a Dios el 16 de enero de 1617.
En cuanto a Salomé von Altenau —el nuevo apellido que le había conseguido el arzobispo para ella y sus hijos, y que fue lo único que no le pudieron quitar—, fue expulsada del castillo que Wolf había construido para ella. El nuevo arzobispo de Salzburgo, un primo de Wolf, le cambió el nombre por Mirabell y jamás quiso poner un pie en la casa, prefiriendo que se arruinara y viniera abajo.
Salomé fue encerrada, junto con sus hijos, en el castillo de Flachau, donde permaneció hasta la muerte de Wolf. Ya liberada, sufrió una profunda depresión tanto por los infortunios como por la tristeza de haber perdido a su único amor. Siempre vistió ropas de luto, como correspondía a una viuda. Falleció en la ciudad austriaca de Wels el 27 de junio de 1637.
Su tumba está perdida, pero la historia del amor imposible entre la hija de un comerciante y el noble príncipe arzobispo de Salzburgo sigue siendo recordada con ternura —y sin escándalo— en Austria.