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Pintura 'Rocroi, el último Tercio', de Augusto Ferrer-DalmauWikipedia

La paz que puso fin a la hegemonía de la España de los Habsburgo y sus Tercios en Europa

Una de las cláusulas confirmaba la libertad de culto para católicos, luteranos y calvinistas dentro de los territorios del Sacro Imperio

El año 1648 no es una fecha cualquiera, tampoco Westfalia es una región cualquiera de Alemania. En el otoño de ese mismo año terminó la Guerra de los Treinta Años, «devastadora para la población civil y para la economía.

Mientras los ejércitos iban y venían por el país, esparcían el terror y la peste», como señala el historiador británico Neil MacGregor.

Un conflicto que había empezado por una revuelta local religiosa se extendió hasta acabar siendo un conflicto internacional que implicó a varios estados europeos.

La paz que se firmó el 24 de octubre de 1648 en las ciudades de Münster y Osnabrück no solo puso fin a una guerra más de la historia de la humanidad, sino que inspiró principios como el de la soberanía o la no injerencia que sigue funcionando, con matices, en la actualidad.

Más que un simple pacto de rendición, aquel acuerdo se convirtió en un nuevo manual de convivencia europea, estrenando un nuevo orden político basado en la soberanía territorial.

La guerra había empezado en 1618, cuando unos nobles protestantes bohemios se rebelaron contra el emperador Ferdinando II, pero pronto se convirtió en una guerra total entre protestantes y católicos.

En un bando, el Sacro Imperio, la Monarquía Hispánica y la Liga Católica (algunos estados católicos alemanes como Baviera); el papado y Polonia también intervinieron de forma indirecta o parcial.

Enfrente el bando protestante: Suecia, pero también Francia, aunque católica, pretendía acabar con la hegemonía de los Habsburgo. Europa estaba en guerra, en un conflicto que iba a durar tres décadas, con todo lo que ello supone a nivel social, político, sanitario y militar.

Para hacerse una idea del impacto que tuvo a nivel demográfico, la académica Victoria Gierok, de la Universidad de Oxford, explica en un estudio académico cómo la población del Sacro Imperio pasó de 16 millones (ca. 1600) a 12,8 millones en 1650, lo que supone una caída del 20 %. Al factor de la guerra se suma la peste y otro sinfín de enfermedades.

El Imperio se estaba desangrando: ciudades arrasadas, malas cosechas, plagas y crisis económica, por lo que conseguir la paz se convirtió en una prioridad, y se logró.

La ratificación de los acuerdos en 1648 fue solo la conclusión de unas duras negociaciones que habían durado cinco años. Esa complejidad se tradujo en una Paz de Westfalia que engloba tres acuerdos diferentes.

Por un lado, la delegación española enviada por Felipe IV se reunió con los representantes de los Países Bajos protestantes en Münster el 15 de mayo de 1648, poniendo fin a la guerra de los 80 años.

En esa misma ciudad se firmó un segundo Tratado, entre el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Francia y sus aliados. Mientras, representantes imperiales, suecos y otros aliados acordaron la paz en Osnabrück el 24 de octubre de ese mismo año.

Una paz, un nuevo orden

«Que haya una paz cristiana y universal, y una amistad perpetua, verdadera y sincera, entre Su Sagrada Majestad Imperial... y el muy cristiano rey de Francia... pero principalmente entre los electores, príncipes y estados del Imperio, por una parte; y todos y cada uno de los aliados... por otra parte», expone el texto del Tratado de Münster.

Con esa voluntad ambos documentos dibujaron el presente y futuro de una nueva relación entre las naciones europeas y su identidad religiosa.

Una de las cláusulas confirmaba la libertad de culto para católicos, luteranos y calvinistas dentro de los territorios del Sacro Imperio; otro punto reconocía la independencia de la Confederación Suiza y de la República de los Países Bajos frente a España y el Imperio.

El mapa de Europa también cambiaría a nivel geopolítico, porque Francia se fortaleció, Suecia se consolidó como potencia báltica, al mismo tiempo que los Habsburgo perdieron poder y el Sacro Imperio quedó reducido a una federación de estados casi autónomos.

Pero más allá de lo que supuso a nivel práctico para las naciones implicadas, la Paz de Westfalia inauguró un nuevo lenguaje de la paz, la soberanía y la diplomacia que perdura en los manuales de relaciones internacionales cuatro siglos después.

Cuando las naciones firmantes se reunieron en ambas ciudades, fueran conscientes o no, además del fin de una guerra firmaron unas cláusulas que transformaron Europa.