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Historias de la historiaAntonio Pérez Henares

Séneca, el filósofo cordobés que gobernó Roma antes de caer por orden de Nerón

El hispanorromano ha sido a lo largo de los siglos el gran referente de esta doctrina, que ha gozado de predicamento a lo largo de los siglos y se ha estudiado como uno de los grandes referentes del pensamiento humano

La muerte de Séneca, de Peter Paul Rubens.

Si alguien se le pregunta hoy por Séneca, en estos tiempos de mucha red social donde no se priva de escribir en ellas nadie, pero donde la ignorancia ha invadido el escenario humano y alardea de ello con alborozo, quizás —y con suerte— alcance a decir que fue un filósofo romano y cordobés, y hasta incluso que Nerón, al que educó, le obligó a suicidarse. Pero creo que serían menos que pocos los que supieran que no solo fue quien durante años gobernó la propia Roma, y aún más, que fue considerado por bastantes el mejor que Roma tuvo.

Filósofo también lo fue, desde luego, y su filosofía de vida, el estoicismo, muy mentada pero la menos practicada de todo el mundo y, en este nuestro en concreto, tenida por desperdicio. El hispanorromano —aunque fuera el griego Zenón el primero en enunciar sus principios— ha sido a lo largo de los siglos el gran referente de esta doctrina, que ha gozado de predicamento a lo largo de los siglos y se ha estudiado como uno de los grandes referentes del pensamiento humano. Tan apreciada y alabada como teoría como no practicada a la hora de los hechos, todo hay que decirlo. Y de ello se acusó, y no sin alguna razón, al propio Séneca.

Lucio Anneo Séneca nació en la Córdoba romana en el 4 antes de Cristo, hijo de un importante caballero, Marco Anneo Séneca, que ya había dado a conocer su apellido en el Foro y gozaba de gran prestigio en Roma. La gens hispana comenzaba ya a destacar y a ser un elemento de peso y creciente en el Imperio. Su madre era también de la Bética, Helvia de nombre, de familia patricia también, y natural de Urgavo —o sea, la actual Arjona (Jaén)—, de donde, cosas de la vida, vino a nacer, aunque eso mucho después, el precursor y maestro de la actual novela histórica española, Juan Eslava Galán.

Muy joven marchó a Roma y allí vivió bajo la protección de una tía suya, Marcia, y comenzó sus estudios de retórica, gramática y filosofía, destacando prontamente entre los alumnos del filósofo Atalo, que lo introdujo en el estoicismo. El marido de su tía fue nombrado por el emperador Tiberio gobernador de Egipto, y el joven Lucio, con doce años, lo acompañó a Alejandría, impregnándose allí de nuevos saberes, pues amén de estudiar administración y finanzas, se apasionó por la geografía y las ciencias naturales, no solo de aquel país sino de todo el mundo romano y hasta de la lejana India. El influjo de las corrientes místicas orientales le atrajo de inicio, así como el culto a la diosa Isis, pero al poco retornó —y esta vez ya sólidamente— al estoicismo, al que permaneció fiel de por vida. Y hasta para su muerte.

Retrato de Séneca según modelo de la antigüedad (pseudo-Séneca), por Lucas Vorsterman I (1638)

Volvió a Roma cumplidos ya los 24 años y consiguió el nombramiento de cuestor, destacando de inmediato como orador y a ser conocido como escritor. Su mala salud, que le persiguió siempre —era asmático—, y también su propio desinterés por ello lo apartó de la carrera militar, algo común entre los hijos de las nobles familias romanas.

En el Senado le fue muy bien durante todo el mandato de Tiberio, convirtiéndose en el más estimado orador de la aristocrática cámara, pero a la postre le granjeó la animadversión de su sucesor, nada menos que el atrabiliario y vesánico Calígula. Su vida pendió de un hilo y hasta parece ser —si se cree al historiador Dion Casio— que el emperador ordenó su ejecución, de la que, por chiripa y por la intercesión de una dama muy cercana al emperador, se libró. Su salvadora –quizás su hermana Agripina, con la que luego tanto tuvo que ver– arguyó que, con su asma y aquejado encima de tuberculosis, se moriría en nada y no merecía la pena matarlo.

Séneca, sabiendo que en un parpadeo Calígula podía volver a cambiar de opinión y mandar degollarle, optó por desaparecer por completo de la vida pública, no fuera a ser que cualquier palabra suya desatara la furia homicida del emperador. A la muerte de este, asesinado por su propia guardia pretoriana, no le marcharon mejor las cosas a Lucio Anneo. Ocupado el trono por Claudio, en el año 41, y vuelto Séneca al Senado, le cayó otra nueva sentencia de muerte. Le acusaron de adulterio, nada menos que con otra de las hermanas de Calígula, Julia Livila, algo que no se creyó nadie en toda Roma, que sabía quién era la inductora y la causa real de su condena.

El Senado, con Séneca de nuevo como voz destacada del mismo, se había opuesto a la entronización de Claudio, y la esposa de este, Mesalina —que era de cuidado—, lo consideraba un peligro para su marido y, para ella, aún más. Le salvó de nuevo la campana y, in extremis, se le conmutó la pena por la de destierro en la isla de Córcega. En los ocho años que pasó allí se dedicó a escribir y dejó para la posteridad su Consolación a Helvia, su madre, tras el fallecimiento de su padre Marco. Una obra esencial de comportamiento estoico ante la adversidad y la muerte.

No parece en absoluto haber sido Séneca un mujeriego, pero su suerte estuvo de continuo en manos de mujeres. Mesalina acabó a la postre víctima de sí misma y de sus infidelidades continuas a Claudio. Se prendó del cónsul Cayo Silio, se casó furtivamente con él —cometiendo bigamia— y quiso hacerlo emperador, para lo cual se dispuso a darle capote con veneno al viejo Claudio. Descubiertos, fueron condenados a muerte y se les permitió —la ley romana lo indicaba así para las gentes de su condición— que se la dieran ellos. Lo hizo el cónsul, pero Mesalina, aunque lo intentó, no se llegó ni a pinchar, por lo que el centurión encargado de comprobarlo la degolló.

Con la siguiente mujer de Claudio, Agripina —aunque este había dicho que lo mataran si volvía a intentar casarse de nuevo, y mejor hubiera sido, a tenor de lo que le pasó después, pues esta terminó por envenenarlo—, a Séneca le fue mucho mejor. De inicio y por deseo suyo, Claudio le levantó el destierro, se le rehabilitó, fue llamado a Roma y se le nombró pretor de la ciudad. Y en el año 51, algo aún más trascendental: tutor del hijo de Agripina, de un matrimonio anterior, conocida como la Menor, para ser diferenciada de su madre, Agripina la Mayor, esposa del noble y querido general Germánico, destinado a ocupar el trono imperial y a quien, por celos, el emperador Tiberio ordenó envenenar. El niño se llamaba Lucio Domicio Enobarbo, o sea, Nerón, para que sepamos quién es.

Agripina —que, al igual que su hermana Julia Livila, la del falso adulterio de Séneca, había mantenido relaciones incestuosas con Calígula— no tuvo otra meta desde que llegó al palacio imperial que convertir a su hijo en emperador. Pero para ello había un problema: estaba por delante Británico, hijo de Claudio y Mesalina. Agripina lo arregló convenciendo a Claudio de que, en realidad, no era hijo de él, sino fruto de una de las infidelidades de su antecesora. Conclusión: Británico fue apartado y Nerón, aceptado por Claudio como su sucesor. Un plato de setas venenosas comestibles acabó con el estorbo final —o sea, Claudio— y consiguió para su Neroncito el trono imperial, aunque, el día de su nacimiento, su propio padre, el cónsul Cneo Domicio Enobarbo, exclamó que de la unión de Agripina y él «solo podía nacer un monstruo», y un astrólogo caldeo, además, había advertido a su madre: «Será rey, pero matará a su madre». A lo que ella replicó: «Pero reinará».

Agripina protegió y apoyó a Séneca. Y lo hizo por una muy buena e inteligente razón y, quizás, con la esperanza de que, si este lograba inculcarle al niño una mejor y más humana disposición, tal vez no la matara a ella. Cuenta el historiador Tácito que la hija de Germánico comprendió que la fama y el prestigio de Séneca serían muy beneficiosos para la imagen de la familia imperial, que estaba realmente por los suelos con su comportamiento, el de sus mujeres y hermanas, que más parecía su residencia un prostíbulo y sus actos, los de asesinos en serie.

A Claudio, tan conocido hoy por la famosa serie basada en la novela de Robert Graves —el inglés de nuestra cala de Deià, en Mallorca—, Séneca no le perdonó ni después de muerto, por cómo se las había hecho pasar, y en su obra satírica titulada Calabacificación del divino Claudio se burló de él y lo hizo acabar como un simple y oscuro burócrata del Hades romano.

Escultura de Nerón y Séneca

Séneca actuó de preceptor de Nerón ya en vida del viejo emperador, y pareció que sus enseñanzas calaban en el muchacho. Prosiguió también a su lado, y con creciente influencia, cuando, a los 16 años, Nerón fue nombrado emperador y él se convirtió en su principal consejero político y una especie de ministro plenipotenciario, junto a un austero militar, Sexto Afranio Burro. De hecho, aquellos años —ocho en total— ambos se convirtieron en los gobernantes de hecho de todo el Imperio romano. Un periodo luego añorado y valorado como pocos en la historia de Roma, quizás también por lo que vendría después. Trajano, el gran emperador —hispano como Séneca—, describió aquel tiempo como «el mejor y más justo gobierno de toda la época imperial». Y así pareció ser: rebajaron impuestos a productos básicos, combatieron la corrupción, pacificaron con una exitosa campaña militar las fronteras armenias e incluso enviaron una expedición en busca de las fuentes del Nilo, alentada por el interés geográfico del cordobés y su primera juventud en Egipto.

Nerón parecía tranquilo, pero en realidad estaba cada vez más harto de su tutor, y comenzó a rodearse de jóvenes consejeros y a mostrarse cada vez más decidido a actuar siguiendo su propia y exclusiva voluntad, pues para ello era el emperador. Y a Séneca no le faltaban enemigos, ni envidias, ni asuntos pasados que sirvieran para enturbiar su prestigio, ya algo desgastado por casi una década de ejercicio —aunque fuera muy discreto— del poder.

Al lado de acusaciones sin recorrido –como haber mantenido relaciones con Agripina, como antes se dijo con su hermana–, hubo otras que sí hicieron mella, como su enorme riqueza, que, en efecto, muy estoica no parecía. Y era muy cierta, fruto de su acierto en los negocios, algo para lo que demostró estar muy dotado también. Le sacaron de todo: hasta un empalagoso escrito al liberto favorito de Claudio, buscando el perdón de aquel. Pero, sobre todo, su proverbial riqueza, sus maravillosos jardines y sus fastuosos banquetes hicieron mella en la opinión de Roma y le sirvieron a Nerón —inductor último de la campaña—, que ya no solo tenía celos de su prestigio y fama intelectual, sino también de sus riquezas, de las que decidió apropiarse, pues no iba a consentir que también en ello le superara.

Pero antes tenía que acabar con su propia madre. Y las profecías del caldeo y de su padre se cumplieron. El monstruo salió a la luz. El primero en perecer, sin embargo, no fue ella, sino su hermanastro Británico, el hijo de Claudio al que había suplantado y arrebatado el Imperio. Al detectar una cierta aproximación de su madre a él, lo mandó asesinar durante un banquete. Tras ello, Agripina fue obligada a abandonar el palacio imperial. Después, Nerón hizo asesinar a su último y joven amante, al que le obligó a hacerle una felación para decir luego: «Que venga ahora mi madre y bese a mi sucesor», y hacerlo degollar tras ello.

Popea Sabina, la hermosa amante de Nerón, que anhelaba la boda que la convertiría en emperatriz, fue ya determinante, pues veía en Agripina un enemigo a eliminar, y a Nerón no hacía falta animarle mucho. La intentó envenenar en varias ocasiones, pero ella era muy versada en tales artes y lo evitó; luego, haciendo caer el techo de la habitación donde dormía, pero lo descubrió a tiempo, y, en otra ocasión, pretextando una reconciliación, invitándola a una cena íntima en un barco a la que ella acudió, pero no tardó en comprender que la intención era hundirlo con ella dentro y escapó a nado. Harto de fracasos, optó por la vía directa: la acusó de conspirar contra él y ordenó su ejecución. Punto final. O punto y aparte.

Porque muerta Agripina fue a por Séneca. Pero antes, disimulando sus intenciones, hizo que Burro y él hicieran una campaña exculpatoria de su persona, y Séneca escribió una de las páginas más infames de su existencia: una carta al Senado justificando la ejecución de Agripina y dando veracidad a su supuesta conspiración contra él. Aquello se volvió contra el filósofo, al que muchos calificaron de hipócrita y miserable, y por ello perdió gran parte de su crédito personal y político, lo que lo hizo aún más vulnerable.

Consciente de su debilidad, y ya con 58 años, cuando Nerón ya hablaba con sus nuevos cortesanos de librarse cuanto antes de él, le pidió permiso para retirarse por completo de la vida pública, que le fue concedido, y hasta le ofreció su fortuna, que aquel aparentó rehusar.

Decidió entonces poner tierra por medio y se marchó al sur de Italia, pensando que fuera de su vista y de Roma, Nerón quizás le dejaría vivir en paz. Lo dejó un par de años, que le dieron para escribir su maravilloso ensayo y su obra cumbre: Cartas a Lucilio.

Pero Nerón no le había olvidado. Un intento de envenenamiento frustrado llevó la marca del emperador y, cuando se destapó –esta vez, una verdadera conspiración contra él: la de Pisón–, aprovechó la ocasión e hizo incluir a Séneca entre los conjurados, sin prueba alguna de que lo estuviera. Lo hizo también con otros patricios a quienes consideraba peligrosos, de cuyas fortunas quería apoderarse, pero Séneca fue su principal objetivo. En el año 65, y cumplidos los 69, fue condenado a muerte.

El tribuno Silvano, avergonzado de tener que ser él quien le llevara la notificación —pues sí era uno de los verdaderos conspiradores que no había sido descubierto—, se la hizo entregar por otro. Un patricio romano, al recibir tal condena imperial, según la costumbre y, en cierto modo, el privilegio, procedía a suicidarse. Y es lo que, tras meditarlo, decidió hacer Séneca: abriéndose las venas. Pero su achacoso cuerpo y su mala salud de hierro se resistieron, y ni aun con un refuerzo de cicuta conseguía el objetivo, hasta que, al fin, fue llevado a un baño caliente y, allí, por el mayor fluir de la sangre y los vapores que exacerbaron su asma, expiró al fin.

No fue el único de su familia que pereció aquellos infaustos días. Su segunda esposa, Paulina, y también sus dos hermanos, que tenían puestos de cierta relevancia en Roma. Galión, que fue gobernador y que fue quien envió a san Pablo a Roma a ser juzgado, y Mela, optaron por hacer lo que él también. Galión, un hábil mercader, era el padre de Lucano, cordobés también, el sobrino más querido del filósofo, a quien había prohijado y educado cuando vino con su familia a residir en Roma.

Lucano fue un portento desde muy joven y laureado como un excelso poeta desde su más temprana edad. Entre sus obras destaca La Farsalia, la epopeya que cuenta la guerra entre Pompeyo y Julio César. Su talento chocó con la envidia de Nerón, quien primero lo agasajó y llenó de honores, y luego, sabiéndolo superior —él también quería ser poeta—, lo aborreció y le prohibió realizar lecturas públicas de sus obras. Detenido igualmente a causa de la conspiración de Pisón, en la que él sí había tenido que ver, fue condenado también a muerte y se suicidó, al igual que su tío, cuando tan solo contaba con 26 años de edad.

La muerte de Séneca deMuseo del Prado

Lucio Anneo Séneca no cayó en el olvido. Ha sido, sin duda, uno de los autores más recordados y admirados, junto a los griegos Platón y Aristóteles, de toda la Antigüedad clásica. Su fama superó incluso los momentos más oscuros y aumentó en la Edad Media por todo el mundo cristiano, en especial la Europa continental. No se le olvidó tampoco después entre los pensadores occidentales más destacados del Renacimiento y la Edad Moderna: Dante, Petrarca, san Agustín, Chaucer, Erasmo de Róterdam, Montaigne, nuestro Quevedo, Descartes, Diderot, Rousseau o Balzac.

En el siglo XX, sus ideas sobre la igualdad, la justicia y la equidad fueron igualmente muy valoradas y enseñadas. Es en este XXI, sí, que pareció ya que su figura y enseñanzas habían sido arrojadas al cubo de la basura —de la no reciclable, por supuesto—. Pero, cosas veredes, amigo Sancho: resultó que, tras el éxito mundial de la película Gladiator, Máximo Décimo Meridio —o sea, también hispano, de Mérida en la ficción— hizo que sus Cartas a Lucilio, así como Las Meditaciones, de quien puede considerarse su continuador en la Roma clásica, el emperador Marco Aurelio, estoico como él y, aunque no de nacimiento, sí también de ascendencia hispana, tuvieran una gran acogida en Estados Unidos.