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Francisco de Sandoval y Rojas, duque de Lerma. Obra de Juan Pantoja de la Cruz

Francisco de Sandoval y Rojas, duque de Lerma. Obra de Juan Pantoja de la Cruz

Corrupción en la corte de Felipe III: así amasó el duque de Lerma su fortuna

Solicitó a Roma el capelo cardenalicio, lo que le otorgaba inmunidad eclesiástica y lo protegía frente a eventuales actuaciones judiciales

«Para no morir ahorcado, el mayor ladrón de España se vistió de colorado», decía una copla satírica atribuida a la época. Aquella coplilla hacía referencia a Francisco Gómez de Sandoval, duque de Lerma, una figura ampliamente criticada por sus contemporáneos y acusada públicamente de protagonizar uno de los episodios de mayor concentración de poder y enriquecimiento irregular de la historia de España.

Su salvación fue una repentina vocación religiosa, así como el favor del rey Felipe III, quien nunca dejó de apoyarle. Al fin y al cabo, fue su favorito y en quien se apoyó nada más subir al trono para delegar en él buena parte de las responsabilidades de gobierno. El hispanista John Lynch ha subrayado la escasa implicación personal del apodado el Piadoso en los asuntos de Estado, una percepción ya apuntada por Felipe II, cuando dijo de su hijo que era «alguien poco interesado en los asuntos de Estado».

Por ello buscó apoyo en el duque de Lerma, amigo de la infancia y su valido desde 1598, quien fue acumulando cargos y asumiendo de facto el control del poder político. Cuando alcanzó la cúspide de su influencia, convirtiéndose en el hombre más poderoso del reinado de Felipe III, fue situando en los principales cargos del reino a familiares y nobles afines a su red clientelar.

Crónicas contemporáneas le describen como un hombre arrogante y avaricioso, siempre atento a incrementar su fortuna mediante la venta de cargos, la concesión de favores y el aprovechamiento patrimonial de los recursos del Estado. Aunque estas prácticas no eran desconocidas en la corte —Antonio Pérez, valido de Felipe II, también utilizó su posición para enriquecerse—, el duque de Lerma destacó por la amplitud de su red de influencias y por el grado de dependencia que el monarca llegó a tener de su persona.

Un ejemplo de ello fue el traslado de la corte de Madrid a Valladolid en 1601. Lerma se benefició de la operación tras haber adquirido previamente terrenos y palacios en la ciudad, que posteriormente vendió a la Corona. Cinco años más tarde, y tras haberse consolidado como uno de los hombres más ricos del Imperio español, logró que Felipe III restableciera la corte en Madrid.

El historiador Alfredo Alvar Ezquerra señala en su obra El duque de Lerma: corrupción y desmoralización en la España del siglo XVII que los precios inmobiliarios se habían desplomado tras el traslado de la corte y que el valido, aprovechando la información privilegiada de la que disponía, «compró las casas del inmenso espacio que va desde la actual plaza de Neptuno hacia casi Atocha».

En este sentido, algunas fuentes calculan que Francisco Gómez de Sandoval adquirió propiedades por decenas de millones de maravedíes, obteniendo enormes plusvalías gracias a operaciones urbanísticas y especulativas durante su etapa como valido de Felipe III.

Retrato ecuestre del duque de Lerma. Obra de Rubens

Retrato ecuestre del duque de Lerma. Obra de Rubens

Pero cuanto más rápido es el ascenso, más doloroso es el golpe de la caída. Tras años de ejercicio casi absoluto del poder, 1618 marcaría el inicio de su fin. El deterioro económico de la Monarquía era cada vez más evidente y el número de enemigos políticos del valido no dejaba de crecer, incrementando las tensiones en la corte.

En este contexto, la reina Margarita de Austria, esposa de Felipe III, se convirtió en una de las principales figuras críticas con el duque de Lerma. Desconfiando de su modo de ejercer el poder, favoreció la articulación de un círculo cortesano contrario al valido, integrado por nobles y eclesiásticos perjudicados por su corrupción.

Así, comenzaron a examinarse las finanzas y los mecanismos de acumulación patrimonial de Lerma, sacando a la luz prácticas irregulares y abusos en el ejercicio del poder. No obstante, la reina murió en 1611, antes de que estas investigaciones tuvieran consecuencias políticas directas.

El duque de Lerma como cardenal

El duque de Lerma como cardenal

Entre los personajes implicados en los procesos posteriores se encontraba Rodrigo Calderón de Aranda, hombre de máxima confianza del valido, que fue ejecutado en la Plaza Mayor de Madrid en 1621. Por su parte, el duque de Lerma contaba aún con un último recurso: solicitó a Roma el capelo cardenalicio, lo que le otorgaba inmunidad eclesiástica y lo protegía frente a eventuales actuaciones judiciales.

«El mayor ladrón del mundo, por no morir ahorcado, se vistió de colorado… Y aquel que atemorizaba, / temblando está de temor; / que, como se ve acusar, / y el caso es tan sin segundo, / teme que le han de ahorcar, / y en eso vendrá a parar / el mayor ladrón del mundo».

Aunque lo cierto es que, en 1618, el rey le indicó que se retirara de la vida pública, fijando su residencia en Valladolid. Con la llegada de Felipe IV al trono, se ordenó el embargo de las rentas y bienes del cardenal-duque y se restringieron sus movimientos a sus dominios en Valladolid y Burgos. Privado de su influencia política y con la salud cada vez más deteriorada, Lerma elevó una queja al Papa en una carta en la que resumía con amargura su situación: «Yo estoy destruido en reputación, en salud y en hacienda, sin que nadie haga caso de mi dignidad y sacerdocio».

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