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Llamada a la yihad en la mezquita de Córdoba, según un cuadro decimonónico. Almanzor se presentó como

Llamada a la yihad en la mezquita de Córdoba, según un cuadro decimonónico. Almanzor se presentó como

Del poder absoluto de Almanzor al caos de al-Ándalus: así fue la rápida desintegración del Califato de Córdoba

Si Almanzor había supuesto el momento de mayor poderío militar islámico, sus esfuerzos se habían dirigido a aumentar su poder personal, a costa de la estabilidad del califato. Ahora, todo al-Ándalus pagaba cara su ambición

En el año 997 las razias de Almanzor golpeaban Santiago de Compostela. Cientos de cautivos cristianos se vieron obligados a cargar con las campanas de la catedral hasta Córdoba, la capital del califato omeya. Allí, el bronce de las campanas se fundió para hacer las lámparas de la Mezquita de Córdoba, y los desafortunados prisioneros compostelanos fueron vendidos como esclavos o, según algunas fuentes, directamente ejecutados.

Almanzor (nombre que proviene de su título «al-Mansur», «el victorioso») gobernó con mano de hierro como «hayib», o primer ministro. Relegó al califa Hisham II a la posición de mero títere, prisionero en Medina Alzahira, y se deshizo de cualquiera que pudiera amenazar su poder. Su gobierno fue el periodo de mayor sufrimiento para los reinos cristianos, continuamente azotados por sus expediciones. Y, sin embargo, en el 1009, el poderío de los omeyas se desintegraba. ¿Cómo cambió tanto la suerte del califato en tan poco tiempo?

Almanzor concentró sobre sí mismo tanto poder que prácticamente deshizo todo el tejido institucional del califato. Con su firme gobierno había acallado toda oposición, pero no había hecho desaparecer las tensiones internas; si acaso, las había aumentado. Apoyándose en los frecuentemente marginados bereberes, núcleo del ejército, Almanzor se granjeó el rencor de las dinastías árabes más pudientes, que se veían apartadas del poder.

Buscó asociar al poder a su hijo predilecto, Abd al-Málik, asegurando su sucesión. Cuando tiene solo dieciséis años recibe ya el cargo de primer ministro, y muestra su habilidad ayudando a su padre a aplastar diversas rebeliones contra su poder.

Tropas de Almanzor representadas en las Cantigas de Santa María

Tropas de Almanzor representadas en las Cantigas de Santa María

En el año 1002, fallece súbitamente Almanzor (hay debate sobre si por enfermedad o por heridas recibidas en su última campaña militar) y Abd al-Málik asume el gobierno del califato. Reanudó las aceifas contra los cristianos, prefiriendo pasar el tiempo entre soldados bereberes a estar con los árabes de la corte. Esta preferencia le costó varias conspiraciones palaciegas, pero, gracias a todo lo aprendido trabajando con su padre, pudo desmantelarlas.

Al igual que Almanzor, utilizó la guerra contra el infiel como herramienta de propaganda. En el verano de 1008, mientras dirigía una incursión contra Castilla, Abd al-Málik enfermó gravemente, obligándolo a regresar a Córdoba. Allí, en octubre, con treinta y tres años, moría.

Asumía el poder otro de los hijos de Almanzor: Abd al-Rahmán «Sanyul», o «Sanchuelo». Su madre era hija de Sancho Garcés II, rey de Pamplona, quien se había visto obligado a entregarla a Almanzor para evitar que su ira se dirigiera contra su reino. Fue por su parecido físico con su abuelo Sancho que Abd al-Rahmán recibió el mote de «Sanchuelo».

Pronto empezaron a correr rumores de que Sanchuelo había envenenado a su hermano para conseguir el poder. Pero, aunque resultaba impopular ante el pueblo, Sanchuelo gozaba de la amistad del califa títere, Hisham II, y consiguió que le nombrara nada menos que su heredero al trono.

Esto era más de lo que las élites cordobesas estaban dispuestas a soportar. Aprovechando que Sanchuelo salía de la capital para dirigir otra campaña militar, los miembros de la familia real organizaron una rebelión y obligaron a Hisham II a abdicar. El populacho, excitado, arrasó Medina Alzahira y perpetró auténticas masacres contra la población bereber.

Abd al-Rahmán Sanchuelo volvió sobre sus pasos para regresar a la capital, pero, con su poder minado, sus soldados empezaron a desertar y su ejército se desintegró antes de llegar a Córdoba. Fue arrestado por los omeyas, decapitado el 3 de marzo de 1009 y su cadáver fue crucificado a las puertas de la capital. No había llegado a gobernar cinco meses.

A la muerte de Sanchuelo siguió el caos. En poco más de tres meses, se sucedieron tres califas, incapaces de controlar a las masas. Los bereberes, que vivían en las tierras fronterizas y formaban el grueso del ejército, no apreciaron la masacre de sus congéneres y descendieron sobre la capital del califato, saqueándola. Por todas partes, gobernadores locales proclamaban su independencia y, para asegurarse contra sus vecinos, se colocaban bajo la protección de los reinos cristianos, pagándoles cuantiosos tributos, o parias.

Si Almanzor había supuesto el momento de mayor poderío militar islámico, sus esfuerzos se habían dirigido a aumentar su poder personal, a costa de la estabilidad del califato. Ahora, todo al-Ándalus pagaba cara su ambición y, pese a las ayudas de almorávides y almohades, los dominios musulmanes retrocederían desde ese momento ante el empuje de la Reconquista. Cuando en 1236 Fernando III el Santo tomó Córdoba, las lámparas de su mezquita fueron fundidas para formar, de nuevo, campanas.

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