'La primera playa', de Augusto Ferrer-Dalmau
¿Qué fue realmente la conquista de América? Claves históricas para entender el proceso
Lejos de los tópicos y de la leyenda negra, varios historiadores replantean hoy qué significó realmente la conquista de América: ¿empresa militar, proceso migratorio o incorporación jurídica y cultural?
Cuando el historiador Juan Miguel Zunzunegui presentó su libro con Xavier Fortes en La noche en 24 horas, sus primeras palabras no dejaron indiferente a nadie: «lo que llamamos conquista de México no existió nunca… es la mentira fundacional de nuestro país. No existe una conquista…». Para el escritor mexicano lo que hubo fue, más bien, un complejo proceso migratorio. Para el politólogo argentino Marcelo Gullo la América prehispánica no era un paraíso, sino un infierno. Para él se trató de una liberación protagonizada por etnias indígenas sometidas y señala que un país con mentalidad de conquista no crea ciudades, hospitales y universidades.
El también argentino Patricio Lons piensa, en esa misma línea, que fue sobre todo un proceso de incorporación jurídica y cultural. Se trata de puntos de vista muy rompedores con la historiografía tradicional y, curiosamente, por parte de hispanistas americanos. De hecho, hispanistas españoles como Elvira Roca Barea, Iván Vélez o Alberto García Ibáñez, por citar a algunos de los más beligerantes contra la leyenda negra, no llegan a ir tan lejos, me refiero a negar el concepto mismo de conquista. Algo que si se hubiese afirmado hace tan solo un par de décadas hubiese merecido el desprecio académico más absoluto y, sin embargo, ahora se ha vuelto una pregunta lícita: ¿Hubo realmente una conquista de América?
Quizás antes de intentar contestar a esta pregunta deberíamos contestar a otras previas: ¿Cuál era la mentalidad de los gobernantes tras el descubrimiento de América? ¿Y de los europeos que participaron en ese proceso? ¿Cuál fue la postura de los académicos y de la Iglesia y cuál la de las potencias rivales?
Lo primero que habría que decir es que, en su inicio, el proyecto de Colón no era un proyecto de conquista, sino, fundamentalmente, un proyecto económico y comercial. Se trataba de llegar a la especiería por la ruta de occidente para romper el monopolio portugués del mercado de especias. Piénsese que el clavo, por ejemplo, podía llegar a multiplicar varias veces su precio en oro. Si se conseguía abrir dicha ruta no solo la Corona, por el quinto real (el impuesto de la época), sino que todos los inversores en el proyecto podrían hacerse inmensamente ricos.
Colón, quien murió creyendo que había llegado a las Indias, sí fue consciente, al menos, de que aquellas islas (las del Caribe) no eran exactamente las Molucas y que carecían de las especias con las que comerciaba Portugal, por lo que inmediatamente buscó fuentes de riquezas alternativas, pero, al mismo tiempo, y siendo consciente de que los habitantes de esas islas tenían un nivel de desarrollo muy primitivo y que, al principio, se mostraban curiosos y abiertos al trueque y, salvo excepciones, no les confrontaban, fue tomando posesión de todos los territorios que iba descubriendo en nombre de los Reyes Católicos, desembarcando ceremoniosamente con los estandartes reales y con el escribano de la armada.
'Llegada de Colón a América', según el cuadro de José Garnelo
Pero tanto en la mentalidad de Colón como en la de su tripulación el objetivo principal era el de enriquecerse. Por eso se centrarán en la búsqueda de oro o piedras preciosas y todo lo que pudiese tener valor en tierras europeas, tónica que se mantendría en el siglo XVI, aunque este no fuese el único interés de los conquistadores, como se caricaturiza a veces.
Hay que pensar que Cortés y sus capitanes se volvieron inmensamente ricos tras la caída de Tenochtitlan, pero no se quedaron a vivir cómodamente en sus grandes ranchos criando ganado, sino que la gran mayoría se embarcaron en nuevas aventuras y conquistas, lo que a algunos les costaría la vida. Pero, volviendo a Colón, como señala De las Casas, «llevó papagayos verdes… y guayças, que eran unas carátulas hechas de pedrería de hueso de pescado… y muestras de oro finísimo, y otras muchas cosas nunca antes vistas en España».
Pedro Mártir de Anglería también escribe sobre el algodón, semillas aromáticas, granos similares a la pimienta y ramas secas con olor a jengibre. A falta de clavo, pimienta negra y otras especias del Índico y el Pacífico, Colón trajo ají, maní, yuca, batata, maíz, algodón y maguey, así como algunas plantas medicinales y plantas colorantes. Sin embargo, y aunque muchas de estas plantas van a tener una gran importancia en el futuro, la primera isla en la que se asienta y de la que será nombrado gobernador, La Española (actual República Dominicana y Haití), no producía el suficiente oro ni otro tipo de productos para satisfacer las ambiciones económicas del almirante, por lo que desde 1495 comenzó una trata de esclavos, capturando a taínos y enviándolos para su venta a España, con la excusa de ser rebeldes y contrarios a la administración española (en realidad, a su desastrosa e injusta administración, que le costará ser arrestado por Bobadilla).
En el año 1500 la reina Isabel ordenó que los indígenas no fuesen esclavizados, por ser sus vasallos libres e incluso ordenó liberar a los enviados a España. Posteriormente, las Leyes de Burgos (1512-1513) pondrían negro sobre blanco este compromiso de la ya fallecida reina, añadiendo que los indios deberían recibir un salario por su trabajo e iniciando una legislación que se irá desarrollando a lo largo del siglo, tremendamente avanzada para la época.
Pero, dejando aparte esa búsqueda de fuentes de riqueza alternativa, desde el primer momento los Reyes Católicos se preocuparon de garantizarse el control de los territorios descubiertos y, en ese sentido, presionaron a Alejandro VI para que emitiese la bula Inter Caetera (1493), que otorgaba dichos territorios a Castilla, con la responsabilidad añadida de evangelizar a sus habitantes, antes de repartirse el mundo con Portugal mediante el Tratado de Tordesillas (1494).
Bula y tratado que, a la postre, serán ignorados por otras potencias europeas, aunque las mismas iniciarán sus respectivas conquistas con un siglo de retraso y en áreas mucho más reducidas, más pobres, menos pobladas y con climas más extremos. Además, el proceso de colonización de España con el resto de los países europeos será muy diferente.
Mientras tanto, dos de las instituciones más respetadas en la España de los Reyes Católicos tuvieron mucho que decir con respecto al descubrimiento y posesión de los nuevos territorios y sus habitantes. Por un lado, el mundo académico, liderado por la Universidad de Salamanca y más concretamente por la escuela de derecho de gentes fundada por el padre Vitoria y en la que también destacaron, entre otros, Domingo de Soto, Francisco Suárez y Melchor Cano. Todos ellos teólogos y juristas de un altísimo nivel.
Vitoria, en su obra De Indis, afirma que los indios no son seres inferiores, sino que poseen los mismos derechos que cualquier ser humano y son dueños de sus tierras y bienes, las cuales no se podían usurpar por el hecho de no ser cristianos. De Soto reflexionó sobre el derecho de conquista y, en general, sentaron límites humanitarios al proceso colonizador. Es decir, que el indio no podía ser esclavizado, que poseía derechos naturales y que el simple descubrimiento no concedía un derecho de conquista. De nuevo, planteamientos muy adelantados a su tiempo y que sentarán las bases del derecho internacional moderno.
En cuanto a la Iglesia, para el gran público quedan las diatribas de Bartolomé de las Casas en defensa de los indios, un polémico personaje, con un perfil de activista político y que basó su carrera eclesiástica en sus críticas a los conquistadores. Pero no se puede generalizar. La mayor parte de los misioneros que llegaron al Nuevo Mundo en el siglo XVI eran personas realmente admirables, que se ganaron el respeto de los indígenas al aprender sus lenguas, promover su educación y defenderlos ante las injusticias, pero sin cuestionar, en general, las bulas papales o los derechos del monarca, siempre que este aplicase políticas justas.
El célebre «Motolinía», uno de los denominados «12 apóstoles de México», se enfrentó a De las Casas señalando que la mayoría de sus datos eran falsos. Hay que recordar, por último, que la Inquisición en América nunca fue competente para juzgar a los indios.
En conclusión, en la época no se discutía si había conquista o no, sino si esta era justa y debía tener límites. Lo que sí es cierto es que la conquista española derivó en un sistema de virreinatos, capitanías generales y provincias y no en un modelo de colonias fundamentalmente extractivas, como el del resto de potencias europeas. España duplicó sus instituciones en las nuevas tierras, promovió los matrimonios interraciales y defendió los derechos de los indígenas desde épocas tan tempranas como el siglo XVI, mientras Gran Bretaña, en el siglo XIX, consideraba subhumanos a los aborígenes australianos, Leopoldo de Bélgica hacía barbaridades en el Congo y los Estados Unidos masacraban y encerraban en reservas a los mismos indígenas que las misiones españolas habían protegido hasta el final del virreinato.