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Ferdinand Marcos con el secretario de Estado estadounidense George Shultz, 1982

Ferdinand Marcos con el secretario de Estado estadounidense George Shultz, 1982

Las cuatro claves que explican la caída del dictador filipino Marcos: «La retirada de EE.UU. fue fundamental»

Hablamos con el profesor universitario Roberto Blanco Andrés, autor del ensayo 'El Estado en Filipinas'. Marco político y relaciones internacionales, 1986-2010' para desentrañar las claves del derrocamiento de la dictadura en Filipinas

El 25 de febrero de 1986, Manila presenció, con una hora de diferencia, dos tomas de posesión por parte de dos presidentes distintos: en el Club Filipino, Corazón Aquino, viuda de Benigno Aquino, líder opositor asesinado en 1983 al bajar del avión que le traía de regreso al archipiélago, y legítima vencedora de los comicios del 7 de febrero, juraba su cargo sobre una Biblia prestada por su suegra.

Corazón Aquino, viuda del líder opositor asesinado Benigno Aquino Jr., presta juramento al cargo el 25 de febrero de 1986

Corazón Aquino, viuda del líder opositor asesinado Benigno Aquino Jr., presta juramento al cargo el 25 de febrero de 1986

En el palacio presidencial de Malacañang, el dictador Ferdinand Marcos, máximo responsable del fraude electoral, hacía lo propio en presencia, entre otros, de su mujer, Imelda Romuáldez, famosa a nivel planetario por los miles de pares de zapatos que había atesorado.

La ceremonia de Malacañang fue el canto de cisne del régimen de Marcos, ungido democráticamente en 1965 y 1969, antes de emprender una deriva autoritaria a partir de la imposición de la ley marcial en 1972. Catorce años después, entre corruptelas masivas y deterioro de la situación económica, los argumentos que pudieron justificar la instauración de la dictadura —lucha contra la guerrilla islámica o necesidad de fortalecer el frente anticomunista en el sureste asiático— se esfumaban. Al sátrapa ya solo le quedaba el fraude y la represión.

De lo primero ya había dejado constancia. En cuanto a la represión, las dudas de Marcos —plasmadas en los audios de sus diálogos con el jefe de Estado Mayor, general Fabián Ver— en cuanto a su uso no hicieron sino consolidar la revuelta popular, con la avenida Epifanio de los Santos, en Manila, cada día más abarrotada. De ahí uno de los nombres de la revuelta: EDSA, por las iniciales de la avenida.

El 25 de febrero por la tarde —de nada sirvió la última canción interpretada por Imelda en el balcón de Malacañang—, Marcos se sabía acorralado. El 26 por la mañana, los Marcos huyeron hacia Hawái a bordo de un avión militar estadounidense.

Cientos de miles de personas llenan la avenida Epifanio de los Santos (EDSA), mirando hacia el norte, en dirección al cruce entre la avenida Boni Serrano y la EDSA.

Cientos de miles de personas llenan la avenida Epifanio de los Santos (EDSA), mirando hacia el norte, en dirección al cruce entre la avenida Boni Serrano y la EDSA.

Había triunfado un movimiento popular que había concitado la atención del mundo entero. Y con unas claves que, si bien fueron específicas, sirvieron —y podrían servir— para derrocar otras dictaduras. El profesor universitario Roberto Blanco Andrés, autor del ensayo El Estado en Filipinas. Marco político y relaciones internacionales, 1986-2010, ha aceptado desentrañarlas para El Debate.

Primera clave: la retirada del apoyo a Marcos por parte de la potencia tutelar, Estados Unidos. «Resultó un factor fundamental en su caída», señala Blanco Andrés. «Estados Unidos, haciendo gala de un ejercicio exprés de 'realpolitik', retiró radicalmente el apoyo a su antiguo y sólido aliado de la lucha contra el comunismo durante los años más duros de la Guerra Fría: Washington entendió que era contraproducente darle ningún apoyo ante las denuncias de masivo fraude electoral en los comicios presidenciales del 7 de febrero de 1986, ante las evidencias que lo incriminaban en el asesinato del principal líder de la oposición, Benigno Aquino, y por la movilización sin precedentes de buena parte de la población».

«De no haber mediado la presión norteamericana», prosigue, «probablemente Marcos se habría embarcado en un proceso de represión que podría haber degenerado en algún tipo de conmoción o, incluso, enfrentamiento civil. La revolución EDSA fue obra de los filipinos, pero debe reconocerse que la retirada del apoyo estadounidense facilitó unir los mimbres que forjaron el desarrollo de un proceso rápido y relativamente incruento».

Segunda clave: el cambio de bando de la cúpula de las Fuerzas Armadas, empezando por el general Fidel V. Ramos, futuro presidente —democrático— del país a finales de los noventa. Para Blanco Andrés, «Las circunstancias del 'tardomarquismo', que se desenvolvieron en clave de corrupción, ineficacia y nepotismo, llevaron a varios militares a oponerse crecientemente al régimen de Marcos. La defección de altos mandos militares que se habían distinguido en la arquitectura de la Ley Marcial, como Juan Ponce Enrile, ministro de Defensa, o de Fidel V. Ramos, jefe interino de las Fuerzas Armadas, catalizó la oposición contra Marcos».

Además, la negativa de estos militares a «secundar las órdenes de Marcos de represión del movimiento de EDSA, así como el reconocimiento de Corazón Aquino como presidenta legítima, significaron la grieta definitiva del apoyo de las Fuerzas Armadas».

Tercera clave: el papel de la Iglesia católica, representada por los cardenales Jaime Sin, arzobispo de Manila, y Ricardo Vidal, arzobispo de Cebú.

El cardenal Jaime Sin (derecha) emitió exhortaciones al público a través de Radio Veritas, a las que se atribuye el inicio de la revolución.

El cardenal Jaime Sin (derecha) emitió exhortaciones al público a través de Radio Veritas, a las que se atribuye el inicio de la revolución.

En opinión de Blanco Andrés, «la Iglesia, y con ella el cardenal Jaime Sin, no es que se uniese a la revuelta cuando estaba en marcha, sino que fue uno de los motores que hicieron posible que se coronara con éxito. Sin convocó a las masas a través de Radio Veritas para salir en apoyo de Enrile y Ramos cuando estos se habían negado a obedecer las órdenes de Marcos de actuar contra los manifestantes y permanecían acantonados en situación desfavorable en Camp Aguinaldo».

Está convencido de que «sin esa llamada del cardenal es probable que las masas no hubieran acudido en su apoyo, actuando como auténticos escudos humanos. Por otra parte, la Iglesia, a través de su conferencia episcopal, había denunciado el fraude electoral del 7 de febrero y reconocido el éxito de Cory Aquino. El papel de la Iglesia en las protestas hizo que este levantamiento también fuera bautizado como la 'Revolución del Rosario', en recuerdo de los cientos de seminaristas, sacerdotes y monjas que se apostaron frente a los tanques con rezos y cánticos».

Cuarta clave: la unidad sin fisuras de la oposición al régimen. Blanco Andrés puntualiza: «En realidad, había grandes discrepancias dentro de la oposición. Lo que ocurrió fue que, en un ejercicio de realismo, las partes adoptaron el apotegma de Tácito, comprendiendo que quienes luchan por separado son derrotados juntos. De ahí que las distintas facciones que formaban la oposición civil, los militares, los movimientos sociales y la izquierda acordaran apostar por hacer un frente unido. Sin esa unión, sin duda habría sido muy complicado terminar con éxito la rebelión popular».

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