Fundado en 1910

La batalla de Waterloo, óleo de William Sadler

Picotazos de historia

Siete heridas y una noche entre cadáveres: así sobrevivió un oficial británico en la batalla de Waterloo

Conscientes de haber sido partícipes de un acontecimiento importante de la historia, muchos de los soldados quisieron dejar testimonio de cuáles fueron sus vivencias

Hace poco les hablé de la batalla de Waterloo (18 de junio de 1815) y es que es un tema que he tratado de vez en cuando por diversos motivos. No cabe duda de que se trata de una batalla decisiva, de grandes consecuencias y exaltada por sus participantes. Esta exaltación ha permitido un estudio exhaustivo de la misma y ha facilitado que muchos de sus participantes, conscientes de haber sido partícipes de un acontecimiento importante de la historia, hayan querido dejar testimonio de cuáles fueron sus vivencias.

Hoy me gustaría hablarles de los heridos. No podemos hacernos, hoy en día, idea de los horrores que debieron de soportar. Piensen que los heridos británicos y de sus aliados empezaron a recogerse a la mañana siguiente de la batalla. Los heridos franceses, cuatro días después. Se dieron casos como el del soldado Peltier del 3.º de lanceros de Francia. Peltier había recibido un sablazo que le había abierto el vientre.

Con las tripas fuera sobrevivió devorando el cadáver de su propio caballo y lamiendo los jugos de la descomposición que brotaban de este. Fue recogido diez días después de la batalla. No hay información de que sobreviviera y, sinceramente, lo dudo.

Cuadros británicos de infantería reciben la carga de la caballería francesa

Ahora, siempre con su paciente permiso, les narraré las aventuras y desventuras de un oficial inglés que fue herido durante la batalla. El interfecto se llamaba Frederick Cavendish Ponsonby. Fue el segundo hijo del conde de Bessborough, un individuo con fama de afabilidad, empatía y buenos modales con todo el mundo excepto con su propia esposa. La pobre Henrietta Frances Spencer, hija del conde Spencer, era tratada a patadas incluso en público. También hay que decir que la señora era ludópata, acumulaba deudas como otros comen pipas y se dejaba embarazar por sus numerosos amantes.

El 18 de junio de 1815 Frederick era teniente coronel y estaba al mando del 12.º de dragones ligeros. Este regimiento estaba encuadrado en la 4.ª brigada de caballería bajo el mando del general sir John Vandeleur. A la una de la tarde, después de la carga de la brigada de la Unión, bajo el mando de un primo de Frederick, el general William Ponsonby (a quien mataron a lanzazos), recibió la orden de atacar.

El objetivo era una columna francesa que parecía flaquear. Con el ataque también se pretendía dar cobertura a los supervivientes de la brigada de su primo, que estaban siendo cazados por los lanceros y coraceros franceses.

Al poco de dar la orden de carga fueron interceptados por una unidad de caballería pesada francesa. Ponsonby recibió dos sablazos en el brazo derecho, otro en el izquierdo y un último en la cabeza que le derribó del caballo. Cuando recobró el conocimiento empezó a arrastrarse. El movimiento llamó la atención de un lancero francés que le clavó la lanza en la espalda, perforándole un pulmón.

Mayor general Sir Frederick Ponsonby por Thomas HeaphyNational Portrait Gallery London

Frederick, quien tenía problemas para respirar tanto por el agujero en el pulmón como por la sangre que le encharcaba el mismo, recobró el conocimiento al notar unas enérgicas sacudidas. Al abrir los ojos descubrió que el origen de esas sacudidas era un escaramuzador de la infantería ligera francesa que le estaba saqueando.

Frederick le dijo los objetos de valor que tenía encima, así como la cantidad de dinero que portaba y dónde se encontraba, esperando que no le rematara. El francés respetó la vida del herido y, una vez que le había despojado de cuanto tenía de valor, le abandonó. Frederick recibió la visita de dos saqueadores más, a los que tuvo que comunicar que llegaban tarde.

Con todo, le movieron y menearon para registrarlo, dejándole en una posición muy incómoda para él, que no podía valerse. En esa situación le encontró un oficial de 2.º de la Guardia Media (la Guardia Imperial se componía de la joven, la media y la vieja. En la media se ingresaba tras haber servido al menos ocho años y entre tres y cinco campañas). Este le dejó tumbado con una mochila como almohada y le dio un poco de coñac, pues entonces atribuían a las bebidas alcohólicas todo tipo de propiedades curativas y medicinales.

Le dejó el amable oficial francés prometiendo ocuparse de él después de que ganaran la batalla, y es que el combate continuaba en todo su furor. Caían las balas a su alrededor. Frederick volvió a perder el conocimiento o se adormiló debido a la pérdida de sangre. Cuando despertó se encontró con que era el parapeto de un tirador francés. Este se sorprendió de que su protección siguiera viva y, mientras disparaba, sostuvo una amigable conversación con Ponsonby hasta que tuvo que abandonarle.

Empezó a anochecer y un par de escuadrones de caballería prusiana cruzaron por donde estaba tendido el oficial inglés. Por fortuna ningún caballo le pisó, pero fue tan zarandeado que le movieron un par de metros. Afortunadamente no pasó ninguna unidad de artillería montada, pues las ruedas hubieran partido los cuerpos que yacían.

Cayó la oscuridad y los saqueadores empezaron a realizar su trabajo amparándose en ella. También era el momento más peligroso, ya que los saqueadores, en especial si eran civiles, no tendrían empacho alguno en rematar a los heridos. Para entonces Frederick se encontraba muy mal, pero la principal molestia que sentía venía de un pobre soldado herido perteneciente al 2.º de dragones (los famosos Scots Greys, cuya carga se representó en un magnífico cuadro de Lady Butler). Este se había arrastrado hasta situarse encima de las piernas de Frederick. Cada uno de los gemidos, movimientos agónicos, estremecimientos y toda la agonía del soldado eran sentidos por Ponsonby.

Otra vez volvió a ser saqueado, esta vez por soldados prusianos que no les pareció adecuado rematarle en consideración a que era un oficial británico. Sobre la medianoche Ponsonby sintió que alguien se acercaba.

Se trataba de un soldado británico del 40.º regimiento. El soldado parecía desorientado y estaba desarmado. Ponsonby llamó su atención y, cuando se acercó, le convenció para que pasara la noche junto a él para así protegerle de los saqueadores. Le prometió una recompensa y una mención favorable a su comandante. El soldado recogió del suelo un sable y se quedó haciendo guardia junto al herido toda la noche. En sus memorias Ponsonby cuenta: «En ese momento fui consciente de que iba a vivir».

'Después de Waterloo' por Samuel Drumond, obra presentada al concurso de 1816 de la Royal Academy of Arts

A la mañana siguiente el soldado paró a una patrulla y les indicó que había un oficial inglés herido que necesitaba asistencia urgente.

Frederick Ponsonby tenía los músculos y tendones del brazo derecho seccionados por los profundos cortes. La punta de lanza había penetrado en el pulmón derecho después de romper la sexta costilla. Tenía cortes en el brazo izquierdo, en el hombro del mismo lado, en la cabeza y en una pierna. En total siete heridas, dos de ellas muy graves. Además estaba tan magullado que el médico dudaba de que sobreviviera.

En las siguientes semanas los médicos le practicaron numerosas sangrías, llegando a sacarle unos 3,5 litros de sangre en total. No cabe duda de que pensaban que las sangrías eran lo más recomendable para alguien que se había pasado toda la noche desangrándose en un campo de batalla.

Una de las circunstancias que ayudó a que Frederick sobreviviera fue que su hermana Caroline, quien había protagonizado un sonoro escándalo siendo amante de Lord Byron, se ocupó personalmente del cuidado de su hermano.

Lord Byron definió a la señora como «mala, loca y peligrosa de tratar» y esta opinión, por parte de alguien que tendría que exiliarse por pervertido, es a tener en cuenta. Posiblemente las sangrías que sufrió Frederick fueran idea de ella y, si los médicos le hicieron caso, fue porque su palabra tenía mucho peso, ya que era la última y actual amante del duque de Wellington.

Frederick perdió el movimiento y fuerza del brazo y la mano derecha; el brazo izquierdo quedó afectado y la herida del pulmón le dio problemas el resto de su vida. Su salud quedó quebrada y tuvo que abandonar el servicio activo. Pasó a desempeñar funciones administrativas, alcanzando el grado de general y siendo nombrado caballero, pero a lo largo de toda su vida sufrió pesadillas y le persiguió el recuerdo de la batalla y de la horrible noche que pasó.