Isabel Barreto
Isabel Barreto, la primera mujer almirante que lideró una expedición en el Pacífico en el siglo XVI
En medio de una travesía marcada por enfermedades, conflictos internos y enormes dificultades, terminó asumiendo el mando de una empresa que parecía condenada al fracaso
¿Sabía que una mujer española llegó a mandar una expedición en pleno océano Pacífico en el siglo XVI? Su nombre era Isabel Barreto de Castro y su historia, aunque poco conocida, forma parte de una de las aventuras más extraordinarias de la expansión española por el Pacífico. Isabel se convirtió en la primera mujer que ostentó el cargo de almirante en una expedición al servicio de la Monarquía Hispánica.
En medio de una travesía marcada por enfermedades, conflictos internos y enormes dificultades, terminó asumiendo el mando de una empresa que parecía condenada al fracaso. Este 8 de marzo, su figura merece ser recordada como la de una mujer de carácter firme y valentía poco común, capaz de mantener el rumbo de una expedición en uno de los momentos más difíciles de la navegación española.
Los orígenes de Isabel Barreto no están del todo claros. Algunos autores sitúan su nacimiento hacia 1567 en Pontevedra, mientras que otros sostienen que pudo haber nacido en Lima, en el virreinato del Perú. Lo que sí parece seguro es que creció en el seno de una familia acomodada vinculada al comercio y al mundo marítimo, en un ambiente donde las noticias de descubrimientos y expediciones formaban parte de la vida cotidiana.
Fue en Lima donde conoció al navegante Álvaro de Mendaña y Neira, adelantado del Mar del Sur y descubridor de las islas Salomón, con quien contrajo matrimonio en 1585. Aquella unión la vinculó directamente a uno de los grandes proyectos de exploración del Pacífico.
Mendaña llevaba años obsesionado con regresar a las islas Salomón, que él mismo había descubierto décadas antes. Muchos creían que aquellas tierras podían albergar grandes riquezas e incluso relacionarse con la mítica Ophir mencionada en la Biblia, el lugar del que el rey Salomón habría obtenido el oro para su templo.
Álvaro de Mendaña y Neira
Con esa convicción organizó una nueva expedición que partió en abril de 1595 desde el puerto del Callao, en Lima, con cuatro navíos y varios centenares de personas a bordo, una empresa que fue posible en gran parte gracias a la importante dote aportada por la familia de Isabel. El objetivo era regresar a las islas Salomón y fundar allí un asentamiento español.
La travesía pronto se complicó. Tras semanas de navegación, el 21 de julio divisaron finalmente tierra, aunque pronto comprendieron que no se trataba de las islas que buscaban. Habían llegado a un archipiélago desconocido que Mendaña bautizó como las islas Marquesas en honor al virrey del Perú. A pesar de la decepción, la expedición continuó su rumbo con la esperanza de alcanzar la isla de San Cristóbal, el lugar al que Mendaña deseaba llegar para retomar la empresa iniciada años atrás.
Finalmente llegaron a una nueva tierra que bautizaron como la isla de Santa Cruz, donde intentaron establecer un asentamiento. En un primer momento pareció abrirse una oportunidad para la convivencia con la población local.
Mendaña consiguió establecer relaciones pacíficas con los habitantes de la isla, especialmente con el cacique Malope, con quien intercambió regalos y gestos de amistad que parecían anunciar una convivencia posible.
Pero aquella calma duró poco, las rivalidades entre algunos de los españoles, el cansancio acumulado tras meses de navegación y la frustración de quienes esperaban encontrar riquezas comenzaron a generar un clima cada vez más tenso. A ello se sumó la aparición de enfermedades que causaron numerosas muertes, el propio Mendaña cayó gravemente enfermo y su autoridad comenzó a debilitarse en medio de conspiraciones y enfrentamientos entre los miembros de la expedición.
Antes de morir dejó claro en su testamento quién debía asumir el mando. Nombró a su esposa Isabel Barreto gobernadora y heredera de sus derechos y designó al hermano de ésta, Lorenzo Barreto, como almirante de la expedición. Pero el destino volvió a golpear a la empresa, poco después Lorenzo murió tras ser alcanzado por una flecha envenenada durante los enfrentamientos con los indígenas.
Con el adelantado fallecido y el almirante muerto, Isabel Barreto quedó al frente de una expedición debilitada y rodeada de tensiones internas. Fue entonces cuando asumió plenamente el mando de la empresa, dirigiendo tanto las decisiones en tierra como la navegación. De ese modo se convirtió en la primera mujer que ostentó el cargo de almirante en una expedición de la Monarquía Hispánica.
No todos aceptaron su autoridad, uno de los personajes que más tensiones mantuvo con ella fue Pedro Fernández de Quirós, piloto mayor de la expedición. Las discusiones entre ambos fueron constantes durante los momentos más difíciles del viaje y, en sus escritos posteriores, Quirós describió a Isabel como una mujer autoritaria y de carácter duro.
De hecho, los relatos de Quirós constituyen una de las principales fuentes que se conservan para conocer muchos episodios de la vida de Isabel y de aquella compleja expedición.
Ante la imposibilidad de mantener el asentamiento en Santa Cruz, Isabel tomó la decisión de abandonar la isla y poner rumbo a Filipinas. El viaje fue extremadamente duro. El hambre, la sed y las enfermedades continuaron causando estragos entre una tripulación que llevaba meses sufriendo penalidades, muchos murieron. Tras aquella travesía solo una de las naves logró llegar finalmente al puerto de Cavite, en Manila.
Ilustración del ensayo de Julio Verne «Découverte de la terre» («Descubrimiento de la Tierra»), realizada por Léon Benett o Paul Philippoteaux.
La llegada causó una enorme sorpresa entre las autoridades de la ciudad, que supieron entonces que aquella nave venía desde las lejanas islas del Pacífico y que había sido conducida hasta allí bajo el mando de una mujer. Por ello muchos comenzaron a referirse a Isabel Barreto con un sobrenombre tan llamativo como simbólico, la Reina de Saba.
En Manila, tras ser recibida con honores, comenzó una nueva etapa de su vida. Allí conoció a Fernando de Castro, pariente del gobernador de Filipinas, con quien contrajo matrimonio tras enviudar de Mendaña. Ambos compartían el deseo de continuar la empresa iniciada años atrás y durante un tiempo intentaron impulsar nuevas expediciones hacia aquellas tierras del Pacífico.
Con ese propósito viajaron posteriormente a Acapulco y durante años Isabel mantuvo una posición destacada dentro del mundo colonial. Sin embargo, sus derechos sobre las tierras descubiertas por Mendaña terminaron siendo disputados por Pedro Fernández de Quirós, quien logró obtener de la Corona los privilegios sobre aquellas islas.
La historia de Isabel Barreto es la de una mujer capaz de mantenerse firme cuando todo parecía perdido. En una época en la que cruzar el océano Pacífico era una empresa llena de peligros, ella asumió el mando de una expedición debilitada y consiguió conducirla hasta puerto seguro. Su nombre, durante mucho tiempo olvidado, merece ocupar hoy el lugar que le corresponde entre las figuras más fascinantes de la historia del virreinato del Perú y de la navegación española.