Proclamación del Imperio alemán en la Galería de los espejos de Versalles. Bismarck aparece en el centro, vistiendo uniforme blanco
Bismarck, el unificador alemán que declaró la guerra a socialistas y católicos
Promulgó las Leyes antisocialistas, que permitieron la disolución de asociaciones socialistas, ilegalizaron el Partido Socialista de Alemania (SPD) y censuraron sus boletines
El hombre de hierro del siglo XIX alemán, Otto von Bismarck, fue el gran artífice político del nacionalismo germánico. Autores y académicos como Henry Kissinger, Max Weber y George F. Kennan lo han citado con mayor o menor acierto; también políticos como Winston Churchill o el propio Volodímir Zelenski han hecho referencia al líder alemán en sus libros y discursos.
En enero de 1871 se constituía una nueva Alemania unida: había nacido el Imperio alemán. Bismarck se convirtió en canciller del nuevo Estado, centrado en el poder militar y en la creación de un nacionalismo social y cultural que fraguó en las partituras de El anillo del nibelungo, de Wagner, y en cuadros como La proclamación del Imperio en Versalles, de Anton von Werner.
Para entender al estadista, primero es necesario conocer al hombre. Antes de convertirse en el Canciller de Hierro, la vida de Otto von Bismarck estuvo ligada a sus orígenes. Nacido en 1815 en una familia de la baja nobleza terrateniente —los junkers—, pasó parte de su juventud ligado al mundo rural alemán.
Otto y Johanna von Bismarck como jóvenes matrimonios
En contra de los deseos de su padre, que soñaba con ver a su hijo de uniforme, el joven Otto acabó estudiando Derecho en Göttingen y Berlín por iniciativa de su madre, aunque siempre mantuvo una conexión casi mística con su procedencia campesina. La ciudad y el matrimonio afianzaron su conservadurismo luterano y la rigidez que definiría su carrera política posterior.
A pesar de su carácter algo tosco, Bismarck trabajó como representante diplomático en Frankfurt y llegó a ser embajador en San Petersburgo y París. En 1847 se produjo su salto definitivo a la política, cuando fue elegido diputado del Landtag prusiano (una suerte de parlamento regional). Tras una década dedicada a la política, su ascenso fue imparable. En 1862, Guillermo I escogió a Bismarck para liderar el Gobierno.
El canciller que unificó Alemania
La unificación alemana fue una obra que se sustentó en tres actos bélicos: la Guerra de los Ducados en 1864, para arrebatar Schleswig y Holstein a Dinamarca; en 1866, Bismarck rompió con Austria tras la victoria militar de Sadowa; y en 1870 venció al débil Napoleón III en Sedán, lo que permitió que los cuatro estados del sur —Baviera, Württemberg, Baden y Hesse-Darmstadt— se unieran a la Confederación Alemana del Norte, que lideraba la tierra natal de Bismarck: Prusia.
Un año después, en la ostentosa ciudad de Versalles, se firmó un tratado que puso fin a la guerra franco-prusiana y proclamó la creación del Imperio alemán en la Galería de los Espejos.
A partir de ese momento, Bismarck centró sus esfuerzos en construir una nación unida. Introdujo el sufragio universal masculino como medida para neutralizar a las clases medias liberales; impulsó una batalla cultural (Kulturkampf) de casi una década contra la Iglesia católica y el partido político Zentrum, a los que veía como una amenaza a la unidad nacional; y promulgó las leyes antisocialistas tras dos intentos fallidos de asesinato del anciano Guillermo I.
En concreto, con estas medidas se consiguió la disolución de asociaciones socialistas, se ilegalizó el Partido Socialista de Alemania (SPD) y se censuraron sus boletines. Además, creó una legislación social muy positiva que perseguía ganarse el favor de la clase obrera.
En cuanto a política exterior, diseñó la famosa Realpolitik, basada en el pragmatismo y el interés nacional. La obsesión de Bismarck fue aislar a Francia mediante un complejo sistema de alianzas con Rusia, Italia y Austria, y auspiciar la Conferencia de Berlín (1884-1885), que reguló el reparto colonial. Esto supuso la adquisición de inmensos territorios en África.
El ascenso de Guillermo II en 1888 marcó el fin del sistema bismarckiano. Tras dos años de desacuerdos y fricciones entre ambos, el káiser exigió al canciller su dimisión. El arquitecto de la unificación aceptó y se retiró a Friedrichsruh, donde escribiría sus memorias. Bismarck murió en 1898, dejando un legado complejo que marcó el devenir de Alemania en el siglo siguiente.