Pedro de Toledo como caballero de la Orden de Santiago, por Tiziano
Pedro de Toledo, el virrey que frenó a Barbarroja y salvó Nápoles del Imperio otomano
En plena pugna por el dominio del Mediterráneo, el virrey se convirtió en una pieza clave para contener el avance otomano. Frente a la amenaza del pirata berberisco, su capacidad de reacción y organización militar resultó decisiva para evitar la caída de Nápoles
Al leer «virrey Toledo», lo más habitual es que creamos que se trata de Francisco Álvarez de Toledo, el magnífico virrey del Perú entre 1569 y 1581, buen administrador y excelente organizador del gobierno virreinal mediante unas ordenanzas modelo, que también anduvo en África contra el turco en jornadas en Túnez y Argel.
Pero esta historia se refiere a don Pedro de Toledo, hijo del segundo duque de Alba, nacido en Alba de Tormes en 1480. Siguiendo la tradición familiar y la tendencia de la nobleza, anduvo en las armas, combatiendo en el Rosellón en 1503 como capitán general y en otros reinos hispánicos.
En 1519 lo situamos en Flandes, acompañando al emperador en su séquito más próximo. Era comendador de la Orden de Santiago y marqués de Villafranca. En 1529 acompañó al emperador a Italia y parece que la tierra lo atrajo o que el destino lo encaminó porque, en 1532, el emperador lo nombró virrey de Nápoles.
Era importante este nombramiento porque ponía fin a casi treinta años de virreyes aragoneses y flamencos. Ahora, el castellano se hizo acompañar de consejeros importantes como el cardenal Loaysa, los nobles italianos Ferrante Bisbal y el marqués de Vico, y otros entre los que se encontraba el poeta Garcilaso de la Vega. Supo hacerse con el control de la administración y trabar relaciones importantes a través de los matrimonios de sus hijos. Una de sus hijas se casó con el príncipe soberano de Florencia, Cosme de Médici.
El emperador quería sujetar más el virreinato a la Corona de Castilla y, para eso, necesitaba a alguien de su confianza que tuviera la determinación suficiente para llevar a cabo reformas sociales y gubernamentales, impusiera la autoridad, sometiera a la nobleza y reforzara el poder militar. Sus reformas urbanas le costaron algunos disgustos por la oposición popular, pero acabó transformando la ciudad.
Sin embargo, la unión de pueblo y nobles italianos le hizo difícil el mandato: se produjeron enfrentamientos constantes y revueltas que alteraron lo que empezó siendo un pacífico encargo. Al final cedió y se volvió a España en las naves que le ofreció su antiguo enemigo Andrea Doria.
Andrea Doria
El virrey Toledo tuvo, a pesar de sus controversias, un papel fundamental en un episodio que pudo cambiar la historia de Europa. Eran tiempos en los que los turcos tenían mucha fuerza en el Mediterráneo. La costa de Nápoles era un objetivo de Barbarroja. Las noticias que llegaban de Oriente de corresponsales y espías no anunciaban nada bueno. En la primavera de 1534 se hablaba ya de un acuerdo entre Solimán y el rey francés Francisco I que podría concretarse en un ataque simultáneo del francés a Génova y del otomano a Nápoles.
El virreinato no tenía suficientes tropas españolas, solo seis compañías de buenos soldados, levantiscos y pendencieros, a los que se les debían pagas atrasadas, por lo que el virrey compelió a los nobles italianos a que se aprestaran a combatir a su lado en defensa de sus territorios.
A la vez, mandó evacuar de los lugares que podían ser objetivo de la guerra a las mujeres y niños. Toledo no contaba tampoco con una armada suficiente para enfrentarse a Barbarroja y se vio obligado a construir naves con rapidez y poner al mando de la escuadra a Andrea Doria, que había dejado a los franceses para ponerse al servicio de España.
Lo que se temía se cumplió. A finales de mayo de ese año, Barbarroja levó anclas en Constantinopla rumbo a Italia con una gran flota de setenta galeras y doce fustas. No le costó gran esfuerzo llegar a Mesina, donde apresó bajeles cristianos y recorrió las costas próximas. Después arrasó el castillo de Santo Lucito. Su idea de sembrar el terror en los reinos de Nápoles y Sicilia, tal vez como revancha de los éxitos cristianos en Morea, se concretó en las incursiones que hizo navegando por las aguas próximas a Capri, Nápoles, Ponza y Ostia, bombardeando algunos de esos puertos.
Pero las defensas previstas por el virrey en Calabria y Campania impidieron al almirante turco apoderarse de ciudades. Fue puesto en fuga en Gaeta. No obstante, siguió navegación hacia Cerdeña con el mismo objetivo de dar golpes rápidos y apoderarse del botín que pudiera capturar.
Entre sus objetivos estaba el rapto en Fondi de Giulia Gonzaga, famosa por su belleza, para llevarla al sultán e incorporarla a su harén. Tampoco en esto tuvo fortuna, porque la joven escapó antes de que Barbarroja destruyera la ciudad y esclavizara a su población.
Había logrado un enorme botín y tomado como esclavos a todos los que pudo albergar en sus naves. Los cristianos apenas pudieron defenderse en castillos y fortalezas. Pero el turco no pudo consolidar ninguna posesión territorial.
Barbarroja
Con técnica pirata, arrasaba y partía con los frutos de sus acciones. Barbarroja tenía muy buena información de sus espías: evitó los lugares mejor defendidos, donde había tropas españolas, y se contentó con atacar islas y ciudades con menores defensas bajo dominio de la nobleza italiana.
Ante esta situación, el emperador decidió armar una flota al mando de Doria y un ejército de socorro. Estas acciones italo-españolas impidieron que las costas del sur de Italia pasaran a ser dominio otomano.
El almirante otomano se dirigirá a Túnez, que conquistará en dos días. Aunque algunos autores entienden que ese era el objetivo real de la expedición, otros opinan que fue una reacción ante la imposibilidad de tomar tierras en Italia y el temor a la llegada de los socorros imperiales.
Esa necesidad de una armada poderosa se la venía advirtiendo Pedro de Toledo al emperador. Y, visto que este era el remedio frente a los ataques turcos, al año siguiente Carlos V organizó la Jornada de Túnez para tomar la ciudad, frenando por el momento la amenaza de Barbarroja.