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Escena de la agricultura romana

La historia de Roma y Atenas alerta a Europa: sin campo no hay ciudad

La historia no se repite, pero insiste. Y casi siempre lo hace por el mismo lugar: el alimento

No dejan de inquietar, aunque apenas ocupen ya espacio en las noticias más leídas, las protestas de agricultores y ganaderos en Europa. En Irlanda han llegado a paralizar la isla; en otros países se suceden con menor estruendo e idéntica persistencia. Sin embargo, no se trata de episodios aislados, sino de síntomas que hay que saber reconocer para actuar ante ellos.

Dar la espalda al campo es, en términos históricos, una anomalía que conviene observar con atención, porque quizá estemos asistiendo a uno de esos momentos en los que el equilibrio fundamental de una sociedad empieza a quebrarse.

Hoy, las ciudades crecen, pero el campo no lo hace con el mismo ritmo. Y ese desfase entre crecimiento y producción, que suele interpretarse erróneamente como progreso, ha sido en otras épocas el primer indicio de una tensión más profunda.

Las ciudades son espacios dependientes, a pesar de que sean centros de poder. No producen su propio alimento en cantidad suficiente, por lo que requieren otro espacio que se ocupe de esto y, por tanto, viven de la producción generada en el campo. Cuando ese excedente crece al mismo ritmo que la población urbana, el sistema funciona, pero cuando el excedente crece a un ritmo inferior, la tensión deja de ser coyuntural para hacerse estructural.

Este patrón se repite desde la Antigüedad. En la Roma tardía, Diocleciano reformó el sistema de annona a comienzos del s. IV, reorganizándose la fiscalidad territorial mediante la iugatio-capitatio, un sistema de evaluación de tierras, personas, ganado y capacidad productiva para evaluar y repartir la carga fiscal, recaudada en gran medida en especie.

La creciente importancia de la fiscalidad en especie tendió a fijar al campesino a la tierra, dificultando su movilidad. El colonato tardorromano fue el resultado de una evolución gradual en la que confluyeron fiscalidad, dependencia laboral y control administrativo.

Además, poco después, en el año 301, el Edicto de Precios Máximos intentó contener por decreto la grave tensión del abastecimiento, fijando topes para una amplia gama de bienes, servicios y salarios. El Edicto fue inaplicable y se terminó abandonando, convirtiéndose en uno de los ejemplos más conocidos de intervención de precios en la Antigüedad tardía.

Ni siquiera Atenas, paradigma de la ciudad clásica, fue ajena a esta tensión. Dependía en gran medida, y lo sabía, del cereal importado. Por eso no dejó el abastecimiento al azar, sino que lo vinculó a su poder naval y al control de rutas estratégicas. Roma perfeccionó ese modelo: no solo importó grano, sino que organizó su flujo mediante una compleja arquitectura administrativa. En ambos casos, la ciudad sobrevivía gracias a los recursos de un territorio que ya no era exclusivamente el suyo.

Hoy, el problema adopta otra forma y la globalización nos ha conducido a una interdependencia vertiginosa. El alimento recorre miles de kilómetros hasta llegar a una ciudad que parece desconocer el proceso por el que esos productos llegan hasta las mesas. Así, se ha perdido conciencia de que el abastecimiento está muy alejado del horizonte inmediato.

Los síntomas empiezan a ser visibles hoy, y el encarecimiento de los alimentos no es solo una cuestión coyuntural, sino que es también una señal. Cuando el sistema productivo se tensiona, las respuestas suelen seguir una secuencia conocida: se incrementa la presión sobre el productor, se intentan corregir los precios, se recurre a la importación. En otras épocas, incluso a la coerción. Ninguna de estas soluciones ha demostrado ser estable si no se corrige el problema de fondo.

Y el problema de fondo es siempre el mismo: la desconexión entre quien produce y quien consume. Cuando la política se orienta a proteger el consumo urbano sin sostener la producción rural, se inicia un círculo vicioso en el que el productor pierde incentivos. Después, el sistema se debilita y, finalmente, la dependencia exterior aumenta. En la Europa contemporánea, este proceso se ha acelerado.

La concentración urbana, la especialización económica y la externalización de la producción alimentaria han creado una ilusión de autonomía. Pero el alimento sigue llegando de algún lugar. Y cuanto más lejos está ese lugar, mayor es la vulnerabilidad. La historia demuestra que ninguna civilización puede sostener indefinidamente ciudades que viven de un territorio ausente o extenuado, y, como es el caso actual, de un sector irritado, empobrecido y agotado debido a la presión que se ejerce sobre él.

La historia no anuncia los colapsos con estruendo; los procesos son más sutiles y solo los insinúan: hoy han comenzado primero como encarecimiento, luego como escasez; históricamente, el ciclo termina en conflicto. Cuando el problema se hace evidente, suele ser ya demasiado tarde para corregirlo con facilidad.

En realidad, observar serenamente lo que está sucediendo nos lleva a concluir que existen unos límites que conviene tener en cuenta, y que tienen estrecha relación con la pérdida de la soberanía alimentaria.

Ese límite se alcanza cuando la ciudad deja de reconocer que su existencia depende, en última instancia, de un territorio que no puede permitirse olvidar. No sería necesario llegar al autoabastecimiento, pero es cierto que la producción de nuestro territorio nos daría muchas alegrías si lo protegiéramos y utilizáramos adecuadamente.

La historia no se repite, pero insiste. Y casi siempre lo hace por el mismo lugar: el alimento.