La gesta del Sandokán gaditano, trinitario y Apóstol de Borneo
Grandes gestas españolas
La gesta del Sandokán gaditano, trinitario y Apóstol de Borneo
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En un tiempo en que los mares del Sudeste Asiático rugían bajo el dominio de piratas, sultanes y tempestades, nacía en Cádiz en 1816 Carlos Cuarteroni Fernández, hijo de la sanluqueña Ramona y del genovés Giovanni. Sería un personaje casi olvidado hasta que una investigación reciente desveló una vida de derroteros increíbles y, además, mucho más conocida de lo que nadie hubiera sospechado jamás.
Placa que recuerda el lugar de nacimiento de Carlos Cuarteroni
Su padre, que a veces utilizaba su apellido españolizado en Cuarterón, era un comerciante genovés afincado en Andalucía que regentaba un almacén de suministros para las naves que partían hacia América y Filipinas. Allí creció Carlos, entre barriles, lonas, cuerdas y olor a brea, ayudando en el negocio y estudiando mientras escuchaba relatos de Macao, Batavia, Calcuta, Manila, piratas y mares indómitos. También oía gritar el arrive at town; cuando un barco entraba en la bahía que el ingenio popular transformaría en el compás flamenco arriquitaun, como si la música misma brotara del choque entre culturas y océanos.
Una brillante carrera en el mar
Por su origen familiar no pudo ingresar en la Real Escuela de Guardias Marinas, pero la vocación le llevó con apenas trece años a la academia de marinos mercantes y pronto embarcaba rumbo al Atlántico, bordeaba el Cabo de Buena Esperanza, se adentraba en el Índico y alcanzaba el archipiélago filipino. A los diecinueve años ya mandaba un bergantín y una fragata con destino a Hong Kong, Singapur, Cantón y los puertos de Filipinas. Parecía moverse —nunca mejor dicho— como pez en el agua entre tifones inesperados, estrechos infestados de piratas y enfermedades tropicales que diezmaban a sus tripulaciones.
En 1841 era ya capitán de la Marina Sutil de Filipinas y mandó las fragatas Buen Suceso y Bella Vascongada, transportando sedas, porcelanas, especias y también documentos oficiales. Se ganó fama de valiente y prestigio de fiabilidad.
Mártires de Tonkín y el hallazgo del tesoro
Poco después, dejaba la marina y se lanzaba a un oficio aún más peligroso: la pesca de perlas y tortugas carey en el mar de China. Compró una goleta a la que llamó Mártires de Tonkín, en memoria de los religiosos católicos recientemente asesinados en Vietnam por su fe, un gesto que resultaría premonitorio.
Mártires de Tonkín
Buceaba junto a sus veintisiete marineros indígenas en una labor que exigía paciencia, conocimiento de los fondos marinos y una resistencia física casi sobrehumana. Tan sobrehumana como su don de lenguas: inglés, francés, tagalo, bisayo, malayo y varios dialectos locales. Era un hombre hecho para atravesar fronteras.
Y entonces llegó el hallazgo: un tesoro colosal de seis toneladas de plata, equivalente hoy a decenas de millones de euros. Se dijo que lo encontró sumergido, pero Alicia Castellanos —la investigadora que rescató su historia— sostiene que estaba varado sobre un arrecife. Como fue el primero en explorarlo, aquel banco coralino lleva hoy su nombre: Arrecife Cuarteroni.
Arrecife Cuarteroni
La investigadora también aclara que Cuarteroni nunca había buscado perlas, sino al Christian, un barco inglés hundido meses atrás y cargado de monedas de plata procedentes del lucrativo comercio del opio con China, que era el tesoro que había encontrado Fuera cual fuese la versión exacta, lo cierto es que, con solo veintiséis años, el gaditano se convirtió en un hombre inmensamente rico. Depositó el tesoro en Hong Kong, entregó a los ingleses la parte que les correspondía y enriqueció también a toda su tripulación. Era el comienzo de una vida que aún no había mostrado su capítulo más deslumbrante.
Cartografía y horror ante la esclavitud
En 1846 adquirió una goleta inglesa, la Lynx, y continuó navegando ya por placer y puro impulso interior. Cartografió Borneo y los archipiélagos circundantes con una precisión tan extraordinaria que el Estado español le solicitó copias de sus trabajos. Al mismo tiempo realizaba una labor etnográfica minuciosa: estudiaba pueblos, etnias y costumbres, dejando observaciones demoledoras sobre la crueldad de los piratas musulmanes, tan parecidos a los que hoy persigue nuestra Armada en la Operación Atalanta.
Fue durante aquellas exploraciones cuando se topó con una realidad que lo desgarró: filipinos capturados por piratas moro malayos, vendidos como esclavos, arrancados de sus hogares y condenados a una existencia de sufrimiento. Hombres encadenados, mujeres separadas de sus hijos, niños tratados como mercancía y llevados a lugares donde jamás serían encontrados. En Cuarteroni se mezcló la compasión, la indignación y un deber moral que no admitía demora. Y actuó.
Comenzó a comprar esclavos cristianos a los piratas malayos, adentrándose en los puertos más peligrosos del archipiélago. Los liberaba y los devolvía a sus aldeas de origen. Durante ocho años recorrió la ruta de la esclavitud mahometana, convertido en un redentor solitario. La abolición se transformó en su causa personal. Castellanos relata que, cuando llegaba a un puerto, los esclavos filipinos se arrodillaban ante él suplicando ayuda. «Viajábamos guiados por la brújula divina que nos llevaba a lugares más desconocidos, pero donde más se nos necesitaba», dejó escrito.
Cuarteroni, Trinitario
Profundamente afectado por lo que había visto, tomó una decisión sorprendente en 1849 se presentó ante el papa Pío IX y solicitó la fundación de la primera congregación religiosa en Borneo destinada a combatir la esclavitud. Allí, en el corazón de la cristiandad, fue ordenado sacerdote e ingresó en la Orden Trinitaria, consagrada desde siglos atrás a la redención de cautivos. Presentó un proyecto audaz: crear nuevas misiones en Labuán y en el noroeste de Borneo, no solo para evangelizar, sino para proteger, educar y formar comunidades libres donde los filipinos no fueran presa fácil de los piratas.
Cuarteroni
Mientras desarrollaba su labor, Cuarteroni enviaba a la Santa Sede una documentación extraordinaria: el estudio más completo que existía en Europa sobre aquellas islas remotas. Describía con precisión geográfica y etnográfica la compleja amalgama de razas, los poblados y ciudades, las rutas de los esclavistas, los tifones, los arrecifes, los puertos y los jefes locales, así como detalladas narraciones de sus acciones y aventuras en las islas.
Cambió el uniforme de capitán por el hábito, pero no renunció al mar. Su goleta se convirtió en un instrumento de liberación. Navegaba hacia los puertos más peligrosos, negociaba rescates, pagaba sin regatear y devolvía a los suyos a su tierra. Jamás se atribuía mérito alguno: decía que solo obedecía a su conciencia y a Dios. Diez años después fue nombrado el primer prefecto apostólico de la historia de Borneo y tomó posesión de las misiones que él mismo había impulsado, con permisos del sultán de Brunéi y del gobernador inglés de Labuán.
Monseñor Carlos Cuarteroni
Belén: un pueblo que despertó recelos
Bajo su dirección nació Nuestra Señora de Belén, un pequeño poblado donde los filipinos liberados encontraban refugio, educación y dignidad. Era un enclave humilde, con huertos recién abiertos en la selva, chozas de palma, una capilla que servía de escuela y de hogar espiritual. Era la materialización de su sueño: un lugar donde los cautivos recuperaban su nombre, su familia y su futuro. Fue entonces cuando comenzaron a llamarle el Apóstol de Borneo. Alicia Castellanos esto relata: «Sus hazañas y bondad eran conocidas por todo el rosario de islas entre China y Filipinas. Era raro el lugar donde no se hubiera oído hablar del padre y de sus barcos de la libertad. [...] Se había convertido en un ángel para los cautivos cristianos, un enviado de Alá para los esclavos musulmanes, y un loco para muchos otros».
Pero el éxito de Belén despertó recelos. El gobernador inglés de Labuán, temeroso de que un asentamiento español frenara la expansión británica en la zona, comenzó a hostigar a Cuarteroni e incluso intentaron asesinarlo. Él jamás se amilanó. Mientras tanto, los abusos de los esclavistas continuaban y pidió auxilio al gobernador general de Filipinas, al sultán de Brunéi, a la reina Isabel II y más tarde a Amadeo de Saboya. Todos le escuchaban; ninguno actuaba.
Muere el Apostol de Borneo
Décadas de rescates imposibles, viajes interminables, misiones en territorios hostiles y el sostenimiento de Belén fueron minando su salud y consumiendo su fortuna, en aras de una causa que consideraba más que justa. Cuando comprendió que ya no podía seguir el ritmo que exigía su vocación, tomó una decisión dolorosa: regresar a casa.
Antes quiso detenerse en Roma para conocer al nuevo Papa León XIII e insistir una vez más en su denuncia sobre la esclavitud en Borneo. Después embarcó hacia Cádiz. Tres días después de llegar, el 12 de marzo de 1880, moría llevando en sus manos el crucifijo que le había acompañado en todas sus misiones. Fue enterrado en la cripta de la Catedral de Cádiz, bajo el nivel del mar, descansando muy cerca del océano que había marcado su destino.
Cripta submarina de la Catedral de Cádiz
Una historia usurpada
Pasados tres años después de la muerte de Cuarteroni, Emilio Salgari comenzó a publicar las aventuras de Sandokán, el Tigre de Malasia basadas en su propia experiencia como navegante por distintos continentes. Y poco después saltaba el escándalo que le llevaría a un duelo público: la denuncia del periodista Giuseppe Biasoli de que su biografía era una fantasía. Nunca había sido capitán, ni había navegado más que como pasajero ni más allá de Italia.
Emilio Salgari
La realidad es que utilizaba descripciones sorprendentemente similares a las que aparecían en los informes remitidos por el Apóstol de Borneo a Roma. De algún modo, Salgari había tenido acceso a la documentación de Cuarteroni. Aquella obra inédita de un marino real un mundo apenas conocido en Occidente cayó del cielo para un novelista que necesitaba materiales con los que construir un universo exótico y verosímil. La coincidencia de escenarios, tormentas, rutas, jefes locales y conflictos es demasiado exacta para atribuirla al azar. Uno de los puertos donde el gaditano estableció misión se llamaba Sandakan, al norte de Borneo. Salgari apenas solo le cambió una letra para bautizar a su héroe.
El escritor italiano hizo una especie de corta y pega y rellenó el relato De Cuarteroni al gusto aventurero de la época, inspirado en Julio Verne. La ficción triunfó. El verdadero héroe quedó en la sombra.
La realidad que mejoró la ficción
Salgari se había inventado su vida fantástica, pero el gaditano sí había vivido en Labuán, Mompracén y en Borneo. Había sido marino, comerciante, buscador de perlas, descubridor de tesoros, enemigo de los piratas malayos y, finalmente, misionero. Además, conoció personalmente a los personajes de Salgari el sultán de Brunéi, sir James Brooke, el famoso «rajá blanco» de Sarawak, y la sobrina rubia y blanca del gobernador inglés de Labuán, de belleza célebre y que no podía ser otra que Lady Mariana, la Perla de Labuán de las novelas. También Norak, la esclava de las Molucas que le quiso regalar un sultán y Cuarteroni no solo lo rechazó, sino que negoció su libertad y la de su hijo, fruto de la violación de un inglés.
Las once novelas de Sandokán fueron un éxito de ventas y convirtieron a Salgari en un referente indiscutible de la literatura de aventuras durante generaciones. Su propia muerte, sin embargo, tuvo un final digno de novela extrema, pero extrema. El escritor, arruinado y acosado por las deudas, se quitó la vida practicándose un harakiri —el ritual japonés reservado al honor— abriéndose el vientre y desangrándose.
El auténtico héroe bajo el nivel del mar
Hoy el nombre de Cuarteroni no figura entre los grandes misioneros del siglo XIX y apenas se recuerda su valor ni su esfuerzo humanitario. Pero la investigadora Castellanos logró devolverle el reconocimiento que merecía. Y quienes fuimos adolescentes en los años cincuenta y sesenta jamás imaginamos, mientras vivíamos nuestras aventuras con Ivanhoe, el Capitán Nemo, David Copperfield, Miguel Strogoff y tantos héroes de ficción, que entre aquellas páginas nos acompañaba también —sin saberlo— alguien real, mucho más admirable, con más riesgo, compasión y coraje que su doble novelesco: un fraile que se enfrentó a la esclavitud con la sola fuerza de su fe.
Busto en recuerdo de Cuarteroni
Tras el mítico Sandokán, el auténtico héroe dormía bajo el nivel del mar, en una cripta gaditana. Su realidad superó con creces la ficción que inspiró: el marino y explorador que cartografió un mundo; el aventurero que cruzó los siete mares y halló tesoros; el diplomático que negoció con sultanes. Pero, sobre todo, lo decisivo no fue haber inspirado a Sandokán, sino haber sido el Apóstol de Borneo: un padre trinitario que levantó un pueblo en mitad de la selva, que se volcó en la liberación de esclavos y oprimidos, y que desafió mares, piratas y reinos enteros movido por la fe, por el amor a sus semejantes y por un sentido inquebrantable de la justicia.
Porque hay vidas que no necesitan ficción para ser legendarias. Y la del gaditano Carlos Cuarteroni, el Apóstol de Borneo, pertenece a esa estirpe de seres humanos cuya existencia ilumina la historia de España.