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Según la leyenda, los pájaros marcaban el camino de ZerzuraEFE

Zerzura, la ciudad perdida del Sáhara oriental que un explorador español sitúa ahora en Chad

Durante siglos, exploradores árabes y europeos buscaron Zerzura, la ciudad blanca perdida del desierto. Ahora, Miguel Gutiérrez-Garitano plantea que el origen de aquella leyenda no estaría en Egipto, sino en los lagos de Ounianga

Pocos escenarios han alimentado tantas leyendas como el desierto del Sáhara. Entre todos ellos destaca el desierto líbico, una vasta extensión de arena y piedra que se despliega por Libia, Egipto y Chad.

Allí, según la tradición, desapareció sin dejar rastro un ejército del rey persa Cambises; allí, en el oasis de Siwa, Alejandro Magno se proclamó dios; pero, sobre todo, allí pervive la leyenda de Zerzura, la ciudad-oasis perdida que exploradores árabes y europeos han perseguido desde la Edad Media hasta nuestros días, sin demasiado éxito.

Sin embargo, el explorador español Miguel Gutiérrez-Garitano cree estar más cerca de encontrarla. Según presentó este lunes en el Instituto Geográfico Nacional, el oasis de la mítica ciudad perdida de Zerzura podría estar en el norte de Chad y no en Egipto, como se creía hasta ahora.

Avalada por la Sociedad Geográfica Española, la expedición de Gutiérrez-Garitano llevó a este investigador, conocido por sus estudios arqueológicos en Perú y Pakistán, al desierto líbico de Chad, y las observaciones recogidas permiten plantear que Zerzura se inspiró en los lagos Ounianga de este país africano, ubicado al suroeste de Egipto, con el que no comparte frontera.

Imagen de los miembros de la expedición en un cerro de Ounianga, al norte de Chad.EFE

Los pájaros eran la llave para encontrarla

La primera vez que se menciona esta ciudad-oasis fue entre finales del siglo XII y el siglo XIII: «En estos escritos se describía Zerzura como una ciudad blanca como una paloma, y algunos la denominaban el oasis de las pequeñas aves», según apunta el escritor Andoni Garrido en Colega, ¿dónde está mi urbe?

Entre estos textos destaca el libro medieval árabe conocido como Kitab al-Kanuz o Libro de las Perlas Ocultas, una especie de guía para los beduinos hacia aquellos lugares del desierto donde se albergaban tesoros. En él se narraba las historias de tres oasis perdidos en aquel inmenso mar de arena, en uno de los cuales se encontraba la ciudad amurallada de Zerzura que custodiaba en su interior enormes riquezas.

La descripción más célebre de la ciudad procede precisamente de ese manuscrito: «En la ciudad de Wardabaha, situada tras la ciudadela de El Suri, verás palmeras, vides y manantiales. Adéntrate en el uadi y sigue el camino hasta él; encontrarás otro uadi que discurre hacia el oeste entre dos montañas. De este último uadi parte un camino que te llevará a la ciudad de Zerzura, cuya puerta encontrarás cerrada. Esta ciudad es blanca como una paloma, y en su puerta está tallada una figura de pájaro. Toma con tu mano la llave que está en el pico del pájaro y abre la puerta de la ciudad. Entra, y allí encontrarás grandes riquezas, así como al rey y la reina durmiendo en el castillo. No te acerques a ellos, sino toma el tesoro».

Aunque la obra está repleta de elementos mágicos, sortilegios y exageraciones, describe distintos lugares del desierto líbico que, en algunos casos, se han identificado con enclaves reales como el oasis de Kufra, documentado para los europeos por el explorador Gerhard Rohlfs en el siglo XIX.

En busca de la ciudad perdida

Una de las primeras referencias europeas a la posible ubicación de Zerzura fue del egiptólogo británico John Wilkinson, quien basándose en relatos de personas que vivían en el oasis de Dakhla en Egipto publicó en 1843 El Egipto moderno y Tebas: una descripción de Egipto.

Allí escribe que «a cinco o seis días al oeste del camino a Farafresh se encuentra otro oasis, llamado Zerzura, de un tamaño similar al del oasis Parva, repleto de palmeras, con manantiales y algunas ruinas de fecha incierta. Fue descubierto hace unos veinte años por un árabe que, mientras buscaba un camello extraviado, al ver huellas de hombres y ovejas, supuso que estaba habitado».

Pronto, las leyendas en torno a esta ciudad perdida obsesionaron tanto a aventureros como a aristócratas. Este fue el caso del húngaro Lazlo Almasy, quien, junto al explorador británico Ralph Bagnold, creó el Club de Zerzura con el objetivo de encontrar el lugar.

Ambos persiguieron juntos la pista del lugar hasta que la Segunda Guerra Mundial los puso en bandos opuestos. A pesar de no encontrar Zerzura, trazaron la cartografía de parte del desierto, incluyendo descubrimientos como la famosa Cueva de los Nadadores de Gilf al Kabir (Egipto), con pinturas rupestres del Neolítico.

Sin embargo, según el arqueólogo español, «ese lugar no conecta en absoluto con los elementos de la leyenda» al ser una zona conocida en Egipto. En su lugar, donde el Club de Zerzura tendría que haber buscado los vestigios de esta ciudad era «el área de los tubu, en Ounianga», al ser la única «tierra desconocida en época medieval para los árabes».

Asimismo, apunta que «el problema de los exploradores clásicos es que buscaban en un lugar concreto y no el eco de un mito» porque «las leyendas son deformaciones a partir de realidades que viajaban de boca en boca gracias a esclavistas y comerciantes».

En otras palabras, «Zerzura se encuentra en el lugar que inspiró estas leyendas, no en una 'x' en el mapa egipcio», explica Gutiérrez-Garitano, a quien, tras el estudio de este mito, los resultados han llevado hasta Ounianga, una agrupación de lagos en torno a los cuales se concentraba la población desde el Neolítico, en una región aislada y remota al norte de Chad.

Imagen de la expedición acampando en las colinas de Ounianga, de caliza blancaEFE

Según las fuentes árabes, el oasis estaba lleno de pájaros y esos lagos acogen una avifauna abundante en «un lugar alejado de todo, que solamente se podía intuir por la presencia de pájaros en el cielo: por eso la idea de las aves como llave para acceder», comenta el arqueólogo.

Además, era una ciudad de color blanco y, en su capital, Ounianga Khebir, existen canteras de caliza blanca con las que se construyen las viviendas, con recintos antiguos de adobe en sus cimas, que datan de época medieval y servían de fortalezas.

Esta zona generaba tal riqueza por el peaje que cobraban sus habitantes a las caravanas y por sus salinas con tumbas megalíticas que, «a ojos de comerciantes o caravaneros medievales, podían verse como grandes tumbas llenas de tesoros».