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El primer primer ministro israelí, David Ben-Gurion, en la proclamación oficial del Estado de Israel, el 14 de mayo de 1948, en Tel Aviv

El nacimiento del Estado de Israel o la proclamación que desató la primera guerra árabe-israelí

En el Primer Congreso Sionista, celebrado en Basilea en 1897, Theodor Herzl barajó opciones tan dispares como Uganda o la Pampa argentina para el asentamiento del pueblo judío antes de decantarse definitivamente por Palestina

A las cuatro de la tarde del 14 de mayo de 1948, en el Museo de Arte de Tel Aviv, bajo un retrato de Theodor Herzl, David Ben-Gurión, líder del movimiento sionista, tomó la palabra: «Por consiguiente, nosotros, miembros del Consejo del Pueblo, representantes de la comunidad judía de Eretz Israel y del movimiento sionista, proclamamos el establecimiento de un Estado judío en Eretz Israel, que será conocido como el Estado de Israel», sentenció. El momento coincidía con el arriado de la bandera británica, poniendo fin al Mandato británico sobre Palestina. Con su proclamación empezó también el conflicto árabe-israelí.

Menos de 24 horas después de estas palabras del Acta de Independencia, los Ejércitos de Siria, Egipto, Jordania, Irak y Líbano iniciaron una ofensiva desde todos los frentes contra el nuevo Estado judío. ¿A qué se debía ese ataque? Parte de la respuesta está en que el Acta de Independencia de Israel no nació de la nada, sino que se sustentó sobre un «derecho natural e histórico» y la Resolución 181 de la ONU, de noviembre de 1947, en la que se planteaba el fin del Mandato británico y la partición de Palestina.

Además, el documento estipulaba un plan de partición del territorio: el 55 % se destinaba al Estado judío, mientras que el 45 % restante quedaba bajo control árabe. Hay que tener en cuenta que, antes de la resolución, los árabes palestinos controlaban la mayor parte de la extensión territorial. Por supuesto, los países árabes rechazaron la resolución.

Otro punto a tener en cuenta es que los judíos llevaban décadas comprando terrenos a través del Fondo Colonial Judío como medio para regresar a Eretz Israel, lo que generó ya desde la década de 1930 enfrentamientos entre judíos y árabes palestinos en la región.

La diplomacia frente a la realidad del campo de batalla

Aunque el acta fundacional de Israel incluía promesas de «buena vecindad» y un compromiso con el «progreso de todo Oriente Medio», la realidad militar se impuso en cuestión de horas. La ofensiva de los países árabes, que se suponía que pillaría por sorpresa a los israelíes, terminó con una victoria israelí tras varias treguas y embargos internacionales.

Al finalizar esta Primera Guerra Árabe-Israelí —o Guerra de Independencia para los israelíes—, quedó demostrado que los israelíes eran capaces de repeler ataques e incluso imponerse a sus rivales árabes. También sirvió para afianzar el nuevo Estado de Israel, porque tras la contienda pasó a controlar el 78 % del territorio del Mandato británico de Palestina.

A partir de entonces, el mapa de la región se transformó radicalmente y empezó un conflicto eterno que se tradujo en nuevas guerras, atentados terroristas de grupos islamistas y palestinos, anexiones territoriales sustentadas en el «derecho natural e histórico» y un sinfín de problemas que siguen activos casi 80 años después.

La consecuencia más directa y visible a corto plazo fue que Jerusalén, el epicentro espiritual del conflicto, quedó fracturada: la zona oeste, bajo control israelí, y la este, administrada por los jordanos. Unos acuerdos nacidos de un armisticio que no buscaba la paz, sino el momento oportuno para avanzar en las pretensiones individuales de palestinos e israelíes. Israel nació como un Estado en guerra que transformó el tablero geopolítico de Oriente Medio hasta la actualidad.