Fundado en 1910

Retratado de José Ortega y Gasset por Joaquín Sorolla en 1918

Dinastías y poder

Ortega y Gasset, el intelectual que apoyó la Segunda República y terminó alertando contra su radicalismo

Avivó una frenética campaña para poner fin a la monarquía. «Hay que hacer muchas cosas antes de hacer la Revolución», manifestó cuando hizo su llamamiento a crear un Estado nuevo

José Ortega y Gasset fue el impulsor de la «Agrupación al Servicio de la República». Pero pronto se dio cuenta de que el radicalismo llevaría al régimen del 14 de abril hacia el desastre. José Ortega y Gasset, el filósofo más relevante de su tiempo, fue diputado en las primeras Cortes republicanas, igual que otros intelectuales de su tiempo.

Junto a él habían liderado la campaña a favor del cambio de régimen nombres como Gregorio Marañón o Pérez de Ayala. Pero el desencanto llegó rápido: las quemas de conventos que se produjeron en mayo de 1931 llevaron a muchos al desengaño.

El filósofo pertenecía a una dinastía de ilustres periodistas. Su padre había ejercido durante décadas como director de El Imparcial; su hermano, Eduardo, también escritor y colaborador en diarios, había cubierto para La Libertad la guerra del Rif y fue uno de los escasos pensadores, junto a Unamuno, opuesto al golpe de Miguel Primo de Rivera en septiembre de 1923.

Incluso el abuelo de Ortega, Eduardo Gasset y Artime, había tenido vínculos con la política como ministro de Ultramar, senador y propietario de El Imparcial. Y aunque José Ortega y Gasset no abrazó con entusiasmo el comienzo de la dictadura, tampoco se había opuesto.

Fue a partir de la publicación de su Delenda est Monarquía —15 de noviembre de 1930—, también conocido como el Error Berenguer, cuando empezó a mostrar abiertamente sus discrepancias con la figura de Alfonso XIII. El Sol, diario que animaba, era en 1930 una clara voz a favor del cambio de régimen. A esas alturas, Ortega ya había puesto en marcha la revista España (1915), Revista de Occidente (1923), impulsado la editorial Espasa y publicado España invertebrada (1921) y La rebelión de las masas (1930).

José Ortega y Gasset

Ortega era una especie de «aristócrata» de las letras; buen tertuliano, de gustos finos y afición a los espacios en los que se gustaba. Pero las designaciones de Berenguer y Aznar como presidentes del gabinete por parte del rey no le convencieron. Empezó a avivar una frenética campaña para poner fin a la monarquía. «Hay que hacer muchas cosas antes de hacer la Revolución», manifestó cuando hizo su llamamiento a crear un Estado nuevo, típicamente español, «sin romper revolucionariamente con el actual» (Crónica, 14 de diciembre de 1930).

Pensaban que aquellas elecciones municipales programadas para el domingo 12 de abril podrían suponer lo que ellos entendían como la modernidad. Parece, incluso, que lanzó el anzuelo sobre el eminente Ramón y Cajal, Nobel de Medicina en 1906 y senador vitalicio, por designación real, desde 1910. Este rehusó, no por falta de convicción, sino por una especie de lealtad al soberano que había contribuido a la creación del prestigioso Instituto Cajal de Investigación. Y ello a pesar de la larga amistad que mantenía con el doctor Negrín, dispuesto a dar el salto a la política en las filas socialistas.

Las elecciones se celebraron. Se fueron conociendo los resultados y en casa de Marañón, «a las dos y cinco de la tarde», como publicará el protagonista en El Sol en mayo de 1931, el conde de Romanones entregó el poder a lo que se hacía llamar Gobierno Provisional de la República.

El rey se fue al exilio y poco después se inauguraron unas Cortes Constituyentes con el objetivo de sacar adelante una Constitución. Ortega, igual que hizo Azaña —nuevo preboste del republicanismo burgués y que había dirigido España— y otros compañeros de tertulias, ocupó su escaño. Pero para Ortega y su agrupación, nada fue como esperaban.

En el mes de mayo de 1931 se producían las primeras violencias anticlericales que desencadenaban las «quemas de conventos». La cuestión religiosa no iba a ser un tema fácil de torear en el Parlamento. Tampoco el tema estatutario ni, incluso, el derecho al voto femenino. En pocas semanas, se había llegado a un clima de agitación que no presagiaba nada bueno.

Ortega lo advirtió en un discurso pronunciado en el cine de la Ópera cuando afirmó: «La República es una cosa y el radicalismo es otra, sino al tiempo». La República llevaba siete meses entregada a unos grupos de personas que libérrimamente habían hecho de ella lo que les recomendaba su espontánea inspiración. Y no se equivocaba.

José Ortega y Gasset ofreció un diagnóstico muy certero de la problemática del nuevo arteEuropa Press

Ortega dejó de ser diputado en 1932. Varios de sus compañeros «intelectuales» tampoco repitieron en las bancadas. Ayala fue nombrado embajador en Londres, pero la realidad era que ese régimen que se presumía como de derechos y libertades se había convertido en una democracia fallida de luchas por el poder. Ortega se quedaba ejerciendo como catedrático de Metafísica en la Universidad de Madrid.

Ortega estaba en Madrid cuando comenzó la Guerra Civil. Pero ya no encajaba en la nueva realidad del Frente Popular. Era incluso molesto. Salió de España en agosto de 1936. También lo hizo Marañón. Menos suerte tuvieron Maeztu, Muñoz Seca o Manuel Delgado Barreto, director del monárquico La Nación, asesinados en Paracuellos. Discípulos de Ortega como María Zambrano o José Gaos mantuvieron posiciones complejas.

La República logró aglutinar a una generación de intelectuales, entre ellos también Claudio Sánchez-Albornoz o Salvador de Madariaga, aunque no fueron los únicos. Sin embargo, muchos no vivieron conformes con una realidad en la que la polarización, los radicalismos y las violencias los alejaron del discurso inicial. ¿Era ser o no republicano lo que llevó al fracaso del régimen? Probablemente no, y de eso dio cuenta tempranamente el propio José Ortega y Gasset.