Fundado en 1910

Ruinas del templo de Atenea en Assos

Picotazos de historia

Assos, la ciudad griega que dio origen a los sarcófagos «devoradores de carne»

La inhumación era preferible a la incineración. Ahora bien, para las familias más notables se presentaba una nueva opción, si no más higiénica, sí más exclusiva y duradera

Ubicados sobre una colina rocosa que contempla el mar Egeo, que, a su vez, baña la costa noroeste de Turquía, se encuentran los restos de lo que en la Antigüedad se conoció como la próspera polis de Aso o Assos. Esta región histórica fue conocida como la Tróade.

La ciudad fue fundada como colonia de Mitilene, ciudad de la próxima isla de Lesbos, y se eligió el lugar en donde se encuentran sus restos por su estratégica posición y su cercanía al río Satnoeis, que hoy llamamos Tuzla.

Un acontecimiento notable que sucedió en esta ciudad fue que Aristóteles, padre de la filosofía occidental, se casó allí con Pitias, la hija adoptiva —posiblemente sobrina— de su amigo Hermias de Atarneo. Pitias de Aso —o Assos— está considerada como la primera persona que llevó a cabo estudios de lo que con el tiempo sería conocido como embriología, una subdivisión de la genética.

Antiguo teatro de Assos con vistas al mar Egeo, con la isla de Lesbos en el horizonte a la derecha

Aso, durante el gobierno de Hermias, quien, por cierto, fue alumno de Platón, se convirtió en un referente cultural para toda Grecia. En su polis se acogía y era bienvenido todo filósofo y científico. Hasta que los persas pusieron fin a tanto desmelene intelectual.

Pero la ciudad de Assos viene a cuento en el presente artículo por un motivo muy diferente al de los filósofos. Y es que la ciudad producía unos objetos que tenían una característica única: tenían un tipo de enterramiento que dejaba mondos los huesos de un cadáver, acabando incluso con los huesos, en un periodo breve de tiempo.

Estas tumbas estaban hechas con una piedra de la zona y, por la especial característica mencionada, eran denominadas «sarcófagos», que en griego significa «devoradores de carne». Parece que el motivo principal de este curioso fenómeno reside en la propia piedra utilizada.

Se trata de una piedra ígnea, de origen magmático, cuyo proceso de enfriamiento ha sido intermedio –cuando es rápido produce basaltos; si el enfriamiento ha sido lento, granitos–. Se cree que la alta composición ferromagnésica de la misma, junto con su porosidad, se combinarían para acelerar los procesos de descomposición de los cadáveres.

Sarcófago «devorador de carne» de Assos

Esta peculiar característica hizo que estos «sarcófagos» de Assos fueran muy apreciados. Piensen que la incineración era una alternativa cara en la zona mediterránea, donde la madera era un bien necesario. La inhumación era preferible a la incineración. Ahora bien, para las familias más notables se presentaba una nueva opción, si no más higiénica, sí más exclusiva y duradera.

El sarcófago era como un monumento exterior en el que se depositaba el cuerpo del difunto —bien simplemente amortajado, bien dentro de otro recipiente que llamamos ataúd—, que permitía mostrar la riqueza e importancia de ese individuo y de su familia.

Además, la especial característica de la piedra de Aso lo hacía una opción higiénica al limitar los efluvios de la descomposición solo a un limitado espacio de tiempo. Según escribió Plinio el Viejo, en apenas cuarenta días solo quedaban los dientes dentro del sarcófago. Comparen con los pudrideros de El Escorial.

Como les mencioné antes, Plinio el Viejo (? - 79 d. C.), el historiador y naturalista que encontró la muerte mientras trataba de salvar a las víctimas de la erupción del Vesubio, en su magna obra Historia natural –en concreto, en el volumen XXXVI– nos habla de estos sarcófagos y de lo peculiares que eran. También de que la ciudad hacía un buen negocio tallando o enviando bloques de piedra para la fabricación de estos sarcófagos. El tener a un familiar, o a varios, dentro de un sarcófago hecho con piedra de Assos era entonces una pieza de prestigio.

Estatua de Mausolo

Llámenlo ironía o pícaro sentido del humor por parte de alguien, la ciudad que dio origen a los sarcófagos fue sitiada por un sátrapa persa —gobernador de la provincia de Caria— cuyo nombre también tenía relación con los enterramientos. El sátrapa en cuestión se llamaba Mausolo y mandó construir en su capital de Halicarnaso un sepulcro tan magnífico en tamaño y decoración que se llamó Mausoleo. Ahora, según el diccionario de la Real Academia, mausoleo es sinónimo de sepulcro fastuoso.

Fíjense al final cómo nos han ido apareciendo diferentes palabras para indicar o precisar formas de enterramiento y el diferente y extraño origen de las palabras que hoy usamos, incluso demasiado ligeramente, a veces.

Vista frontal del Panteón de Agripa

Así, el ataúd es el recipiente donde se deposita el cadáver para trasladarlo al lugar donde tendrá lugar el enterramiento. Féretro y ataúd se consideran sinónimos; el primero viene de la palabra griega pheretrón, que significa camilla o instrumento para llevar o cargar, y el segundo nos llega del árabe y significa caja o cofre. Hoy, el sarcófago ha pasado a ser el contenedor o recipiente externo, normalmente de piedra, aunque no necesariamente, donde se deposita el ataúd que contiene el cuerpo del finado.

El sarcófago puede señalar el lugar de la tumba cuando el enterramiento está dentro de una unidad mayor, distinta y ajena a la persona o familia, como es el caso de una iglesia o una catedral. Mientras que, si es lugar de enterramiento particular de la persona o familia o un grupo concreto, será panteón, que también viene del griego y significa «todos los dioses». En este caso, remite al famoso Panteón de Agripa o Adriano en Roma, que acabó siendo lugar de enterramiento de personajes ilustres. En muchas ciudades de España encontramos panteones de hombres ilustres.

También tenemos en España mausoleos, antiguos y modernos, que son otra y última categoría de lugar de enterramiento.

Me ha salido un poco tétrico el artículo de hoy.