Magallanes encontró el paso al Pacífico, pero nunca dio la vuelta al mundo
Descubrió el estrecho que lleva su nombre, cruzó el océano más grande del planeta y abrió una ruta que parecía imposible. Sin embargo, cuando la gloria estaba al alcance de la mano, la muerte le salió al paso en una remota playa de Filipinas
Fernando de Magallanes
Juan Sebastián Elcano no había sido un gran navegante, ni era un reputado cosmógrafo, ni había entrado en las cortes ni tenido trato con reyes.
Fernando de Magallanes sí, y por ello era reconocido y afamado tanto en Portugal como en España, las entonces dos grandes y competidoras potencias marítimas europeas. Había salido tarifando con su soberano natural y se había puesto al servicio de Carlos, el español.
Elcano sí era, desde luego, y bien lo demostró, un avezado piloto, un extraordinario marino y poseía una indudable capacidad de liderazgo y la determinación necesaria para tomar la decisión más acertada en el momento más difícil. Y por eso fue el primero en circunnavegar el globo y darle la vuelta al mundo.
Pues fue él y ningún otro quien la dio, aunque no falten quienes le atribuyan a este o a aquel, los ingleses a Drake, la hazaña y la suya, la de verdad, se empeñen en no quererla recordar. Y no solo en otras naciones, sino, tristemente para nosotros, en la misma España que le vio nacer.
Magallanes no la dio. No solo no era ese el objetivo de su expedición, sino que tenía la terminante prohibición del Rey Carlos de hacer tal cosa. Su misión era encontrar un paso, que se llevaba infructuosamente buscando desde el año 1502, cuando lo intentó encontrar el almirante Colón por el istmo de Panamá, para cruzar del Atlántico al mar que había al otro lado y al que unos años antes, por tierra, Balboa había llegado. Y ello sí lo consiguió, siendo su descubridor y por ello lleva su nombre el Estrecho.
Después de conseguirlo, su misión era ir adelante por aquel océano hasta llegar a las Molucas, las islas de las especias, que valían más que el oro y a las que los barcos portugueses, doblando África por el Cabo de Buena Esperanza y prosiguiendo por aguas del Índico, habían logrado llegar, y el clavo, la canela y la nuez moscada (mostaza) estaban haciendo del reino portugués el más rico de Europa.
Si los españoles lograban llegar por el otro lado, Carlos, que andaba bastante tieso, lo sería también. La faena habría de culminar después de tomar posesión de aquellas islas que, tras la repartición en el pacto de Tordesillas, entendían que quedaban del lado español, cargando los barcos de especias y regresar por donde habían venido sin meter quilla alguna en aguas portuguesas. La primera parte de esta segunda tarea casi la concluyó también, pero de ahí no pasó por la simple razón de que los indígenas de la isla de Mactán acabaron con él.
Descubrimiento del estrecho de Magallanes
Pero, si su imprudencia –hubo bastante de ello en su final– no le hubiera costado la vida, Magallanes tampoco hubiera dado la vuelta al mundo porque eso no estaba ni en sus planes ni hubiera significado obedecer la orden que personalmente, de viva voz y por escrito también, le había dado el Rey.
Que es lo que sí se atrevió a hacer Elcano, cuando tras su muerte y la de otros capitanes le fue entregado el mando de la nao Victoria, una de las dos que quedaban. La otra, la Trinidad, al mando de Gaspar Gómez de Espinosa. El primero hizo lo que tenían mandado: poner proa hacia América, donde no pudo llegar por más que lo intentó y acabaron por caer prisioneros de los portugueses.
Juan Sebastián Elcano, sin embargo, decidió tomar la ruta prohibida, burlar a las naves portuguesas, aunque al llegar y tener que abastecerse en Cabo Verde estuvieron a punto de capturarlos y, de hecho, apresaron a casi la mitad de la tripulación, y los 18 que lograron escapar regresaron a Sevilla, y ahora sí que sí, darle la vuelta al mundo y hacerlo saber.
Y ello fue hazaña y obra de Elcano y de nadie más, excepto, claro está, de los 17 que culminaron el viaje con él. El Rey le concedió honores y ponerlo como leyenda en su escudo, pero tuvo mala suerte cara a la posteridad. Entre esos 17 viajaba un tal Pigafetta, que era, entre otras cosas, escritor y muy admirador de Magallanes, mientras que le tenía mucho gato al guipuzcoano.
Tanto que hasta se le «olvidó» anotar en su diario que era Elcano quien comandaba la nave que, desde las Molucas, por el Índico, hasta doblar el cabo de Buena Esperanza y Atlántico arriba, acabó por conseguir arribar al sitio de donde partió: Sevilla.
Esa vengativa omisión no le ha dejado de lastrar y, a pesar de estar profusamente documentado y por todos los lados demostrado, el de Guetaria acaba una y otra vez siendo ninguneado. Y por ello he decidido incluirlo en esta saga y que, aunque se vaya escribiendo bastante sobre su peripecia y algunas muy buenas novelas como La ruta infinita, de José Calvo Poyato, o Poniente, de Albert Vázquez, lo han hecho, y mejor, también he querido rendirle este humilde homenaje.
Nuestro héroe, que lo fue, nació en la marinera población de Guetaria, donde he de decirles que fue donde yo, muy de secano y entonces un chaval hijo de emigrantes, vi por vez primera el mar. Gracias a la generosa amabilidad de un compañero de colegio que era de allí, Lazcano de apellido, lo recuerdo aún, y a la de su padre, patrón de un pesquero, que me hizo feliz dejándome embarcar en él. Comprenderán por ello que a Elcano no lo podía dejar de traer aquí.
Juan Sebastián, que tiene una muy visitada estatua allí, vino al mundo hacia 1486, en el seno de una familia que no marchaba nada mal, de los ricos del pueblo, vamos; el cuarto de ocho hijos, tres de los más pequeños también marineros como él. De hecho, lo acompañaron en su segunda expedición por el Pacífico, durante la que falleció.
Su padre murió siendo él joven aún, pero su madre le sobrevivió y, de hecho, la dejó como usufructuaria de sus bienes. Desde pequeño su sitio estuvo en la mar y a los 20 años ya era propietario y maestre de una nao con la que sirvió al Rey Carlos en sus guerras por el norte de África. Al no recibir la paga comprometida por ello, se arruinó y hubo de venderla a unos comerciantes del ducado de Saboya, con lo que incurrió en delito, pues no estaba permitido hacerlo a extranjeros. Por ello se le llegó a tachar de delincuente. El Rey, tras darle la vuelta al mundo, se lo perdonó en 1522.
Tres años antes había partido desde Sevilla, donde había sido contratado como contramaestre, en la nave con la que al final también retornó, la Victoria, aunque también, y a lo largo de la travesía, estuvo en la Concepción, con rango de piloto y maestre.
La flota estuvo compuesta por cinco naves: la Trinidad, la capitana, mandada por el propio Magallanes, junto a la Victoria, la Concepción, la San Antonio y la Santiago, la más pequeña, y unos 250 hombres en total, de los cuales tres quintos eran españoles, la inmensa mayoría castellanos, junto a 28 portugueses, parecido número de italianos, así como griegos, franceses y hasta algún alemán. También iba a bordo un malayo, Enrique, esclavo del jefe de la expedición.
El 10 de agosto de 1519 partieron del muelle de Sevilla y descendieron hasta Sanlúcar de Barrameda, donde se quedaron durante 41 días. Demasiado tiempo empleado en avituallarse, pero que parece que pudo deberse a precaución porque la flota portuguesa podía estarlos acechando, dispuesta a abortar la expedición.
Los lusos parecían saber que su paisano, al que consideraban un traidor, quería llegar a las islas de las Especias y estaban dispuestos a evitarlo como fuera. También pudo deberse el retraso a que se esperaba a Juan de Cartagena, que como veedor real venía a ser el segundo al mando y el encargado de vigilar que se cumplieran las órdenes de la Corona.
Los problemas entre él y Magallanes empezaron a aflorar nada más salir a mar abierto y ya en Canarias, Magallanes fue instado con vehemencia a que revelara el destino al que tenían previsto llegar y que hasta entonces se había reservado para sí y algún otro portugués de su círculo más privado.
El primer incidente, sin embargo, no tuvo origen en estas disputas entre los dos mandos de mayor rango, sino que el causante fue el maestre de la Victoria por violar a un grumete. Fue condenado a muerte, aunque se pospuso la ejecución hasta llegar a tierra firme. Pero tras ello, y de inmediato, la tensión entre Cartagena y Magallanes estalló y este hizo meter en el cepo al español.
Por noviembre ya andaban por las costas brasileñas y en enero del siguiente año habían llegado a la desembocadura del Río de la Plata, la actual Argentina. Tuvieron la esperanza de que pudiera ser aquella la boca del estrecho y enviaron a la Santiago aguas arriba, donde comprobó, con decepción, que estas eran dulces y, por tanto, no había comunicación con el otro mar, pues de haberlo habido hubieran sabido algo a sal.
El invierno se les fue entre tormentas y cada vez más al sur, pero sin hallar paso alguno. Magallanes ordenó desembarcar en un lugar que se bautizó como San Julián y allí fue donde explotó con virulencia el descontento de buena parte de los mandos españoles, capitaneados por Cartagena, al que liberó el capitán de la Concepción, Gaspar de Quesada, quien hirió gravemente —terminaría por morir— al maestre de la misma, Juan de Elorriaga, que se lo intentó impedir. Junto a esa nao, otras dos, la Victoria y la San Antonio, en la que Elcano iba ya como maestre y que justificó el levantamiento, se sumaron a la rebelión.
Pero Magallanes reaccionó con mucha presteza y revirtió la situación. El alguacil mayor, Gonzalo Gómez de Mendoza, so pretexto de entregar una carta de Magallanes, dio muerte a quien había tomado el mando de la Victoria, Luis de Mendoza, y retomó el barco. La Trinidad hizo fuego contra la San Antonio y esta, junto a la Concepción, optó por rendirse.
Magallanes quiso entonces dar un escarmiento ejemplar. Hizo descuartizar el cadáver de Mendoza y decapitar y trocear también a Gaspar de Quesada por el apuñalamiento de Elorriaga. A Juan de Cartagena le reservó una suerte aún peor.
Ya por las costas de la Patagonia envió por delante a la Santiago, cuyos tripulantes dijeron haber encontrado a unos nativos de gran tamaño a los que pusieron, por su altura y corpulencia, el nombre de patagones. La nao naufragó, pero lograron salvarse todos sus tripulantes excepto un esclavo negro que se ahogó. Dos de los náufragos, tras atravesar un río y caminar 120 kilómetros a pie, lograron llegar a la bahía donde estaba la flota, dar aviso y conseguir que fueran rescatados con vida todos los demás.
Tras quedarse en San Julián durante varios meses y en pleno invierno patagónico, fue cuando Magallanes dictó la sentencia más terrible contra Cartagena y el clérigo Pedro Sánchez Reina por haberle apoyado. Desterró a ambos y los dejó allí a su suerte, que no era sino la peor condena: una muerte terrible en la desolación, y zarpó.
Retrato de Fernando de Magallanes en 1810
Fue ya a primeros de noviembre cuando dieron con lo que podía ser el ansiado estrecho, si es que lo era, y vieron que iba a ser muy difícil de cruzar. Hubo por ello fuerte discusión sobre si seguir adelante o regresar a España. Magallanes decidió continuar y se adentraron por él, pero al llegar a una bifurcación y separarse los barcos, la San Antonio se dio media vuelta, retornó a la entrada y puso rumbo de vuelta a España, adonde llegó el 6 de mayo del año siguiente, 1521.
Así que ya solo quedaron tres naves y con ellas al fin consiguieron cruzar merced a un buen viento del este, pues el dominante del oeste se lo hubiera impedido. El 27 de noviembre de 1520 llegaron a la salida y al mar abierto, al que llamaron Pacífico.
Se llenaron de alegría sin saber que lo peor para ellos iba a comenzar ahí. Aquel océano era inmenso, mucho más grande de lo que se suponía y no parecía tener final. La travesía se hizo eterna y cada vez más angustiosa. Las provisiones se fueron agotando hasta reducirse a nada y tenerse que comer los cueros que protegían los palos y considerar una rata como un festín, por la que se llegaba a pagar medio ducado. Las enfermedades, el escorbuto en particular, hicieron estragos. No fue hasta primeros de febrero cuando pudieron desembarcar en una pequeña isla y pescar para conseguir algo de que alimentarse.
Llegarían luego a la isla de Guam, que ellos llamarían de los Ladrones, pues sus habitantes subían a los barcos y se apoderaban de todo aquello a lo que podían echar mano. Acabaron por robarles un batel. Magallanes hizo desembarcar un pelotón de 40 hombres armados que lo recuperó, incendió el poblado y mató a siete indígenas.
Su siguiente escala fue un archipiélago que más tarde sería bautizado por López de Villalobos como Filipinas, en honor al monarca que ya entonces había sustituido al emperador Carlos.
En abril Magallanes llegó a la ciudad de Cebú. El trato con el rey nativo fue amistoso y fueron recibidos bien. Tanto que se procedió a evangelizarlos y con inusitada rapidez se bautizó a 800; entre ellos, el rey y la reina. Se erigió una cruz en la plaza y, al enseñarle a la reina unas imágenes de la Virgen y el Niño Jesús, quiso quedarse con el Niño, que se le entregó. La cruz se ha perpetuado allí hasta hoy y el Niño Jesús de Cebú sigue siendo objeto de extraordinaria devoción.
Muerte de Magallanes en la batalla de Mactán (grabado del siglo XIX)
Luego todo se torció. El rey de Cebú avisó a Magallanes de que en la isla vecina los nativos eran hostiles y querían acabar con ellos. Magallanes, sin querer ayuda ninguna, partió hacia allí, a Mactán, y desembarcó con un destacamento de medio centenar de hombres. En la misma playa y aún con los pies en el agua sufrieron un feroz y masivo ataque de los indígenas que logró romperles las filas y los derrotó, dando muerte al propio Magallanes.
Magallanes había encontrado el estrecho que buscaba, había cruzado el océano más grande de la Tierra y había llevado la expedición hasta las puertas de las islas de las Especias. Pero en la playa de Mactán su fortuna se agotó de golpe.
Allí, rodeado por centenares de guerreros indígenas, cayó muerto el hombre que había concebido y dirigido la empresa desde su salida de Sevilla.
La expedición acababa de perder a su jefe. Y lo peor aún estaba por llegar.