Por qué la regeneración de España empieza por la cocina, la familia y la mesa
Antes de transformar las instituciones, conviene recuperar las costumbres. La cocina, la familia y la mesa siguen siendo algunos de los lugares donde se forjan los hábitos que sostienen una sociedad
Hombre comiendo judías, obra de Annibale Carracci
España necesita una honda regeneración. No solo política ni económica, aunque también tenemos un problema con raíces muy profundas y es necesaria una regeneración moral, cultural y cotidiana, una transformación que no se limite a las grandes estructuras, sino que concierna a la manera de vivir, de educar, de relacionarnos con aquello que nos sostiene.
La degradación de una sociedad no comienza siempre en sus instituciones, es algo mucho más sutil, aparece cuando se abandonan la veracidad, la honestidad, los principios en aspectos aparentemente pequeños. Solo después esa pérdida íntima termina por alcanzar lo institucional.
El criterio relativo a las cosas pequeñas importa más de lo que parece, porque desde ahí crece y acaba modelando el conjunto de la sociedad. Cuando se hace indistinguible lo bueno de lo mediocre, lo verdadero de lo frívolo o lo necesario de lo superfluo, algo ocurre.
Cuando una sociedad acepta sin resistencia que todo sea más rápido, más fácil, más cómodo, más barato, más falso, más ruidoso y feo, algo ocurre. La decadencia se instala en los gestos diarios, y se modela a través de la falta de esfuerzo, de moral y de principios.
En España ha sido necesario hablar de regeneracionismo en otros momentos históricos. Los arbitristas, en los siglos XVI y XVII, propusieron «arbitrios», remedios para los problemas fiscales, económicos y morales de la Monarquía Hispánica, particularmente visibles en Castilla. Pedro Fernández Navarrete o Martín González de Cellorigo fueron algunas de las voces que reclamaron una restauración económica y política de la Monarquía.
Más tarde, la Ilustración española, con Feijoo, Campomanes o Jovellanos, trató de combatir la superstición, el atraso intelectual, la pérdida moral y la inercia social mediante la educación, la mejora de la agricultura y la reforma de las costumbres.
Y a finales del siglo XIX, en torno a la crisis de 1898, el regeneracionismo adquirió una formulación más explícita: Joaquín Costa resumió su programa con la célebre expresión «escuela y despensa», mientras Ángel Ganivet reflexionó sobre la pérdida de la energía espiritual, buscando una recuperación íntima.
La generación del 98, con Unamuno, Maeztu o Azorín, buscó en la propia España —el pueblo, la dignidad de lo sencillo, el campo, el pan— las claves del cambio necesario. Después, Ortega y Gasset y la Generación del 14 dieron un nuevo giro, propugnando la modernización cultural, la educación y la exigencia intelectual.
Todos ellos, desde posiciones muy distintas, comprendieron que una nación no se transforma únicamente desde arriba. Un proceso regenerador exige instituciones mejores, sin duda, pero también costumbres más nobles, hábitos más limpios y una vida cotidiana auténtica. En ese terreno de lo cotidiano la mesa ocupa un lugar central, porque es un indicador evidente del estado de una sociedad.
No importa solo lo que comemos, sino cómo lo compramos, cuánto tiempo dedicamos a cocinar, qué productos elegimos, qué conversación sostenemos alrededor de un plato, qué transmitimos a los hijos y qué relación mantenemos con la naturaleza. Todo ello expresa quiénes somos y cómo vivimos.
Durante años se nos ha repetido que el progreso consistía en liberarnos de la cocina. Comer cualquier cosa, a cualquier hora, de cualquier manera, parecía una conquista. La industria prometió comodidad, la publicidad añadió emoción y las grandes superficies ofrecieron abundancia a bajo precio mientras las aplicaciones traían comida inmediata a la puerta de casa. Y, sin embargo, en medio de esa exuberancia hemos perdido algo esencial: el criterio, la honestidad.
Cuando hablamos de regeneración no debemos idealizar el pasado. Debemos reaprender a comprar, a cocinar, a reutilizar y a aprovechar. Saber distinguir un alimento de un producto comestible y percibir que no todo lo que se vende como saludable lo es; que no todo lo que se vende como tradicional nace de la tradición; que no todo lo que se presenta como sostenible nace del respeto a la tierra; que no todo lo que lleva una etiqueta llamativa contiene verdad.
La regeneración empieza cuando una familia decide volver a sentarse juntos a la mesa, cuando hablan. Cuando alguien compra verduras de temporada y no únicamente envases con promesas, cuando se recupera una receta o se aprovechan unas sobras con dignidad. Cuando se enseña a un niño de dónde viene un huevo, qué es un garbanzo o cómo vive un cordero, cuándo maduran los tomates o por qué un pan de verdad no necesita una lista interminable de ingredientes. Empieza cuando dejemos de consumir pasivamente y volvamos a elegir.
La cocina no es una cuestión menor. Es expresión de una cultura material, de la economía doméstica y de la familia, de la salud y la agricultura. En la cocina se cruzan trabajos y habilidades de agricultores y ganaderos, de pescadores y artesanos. Despreciarla como una actividad secundaria ha sido uno de los errores más reveladores de nuestro tiempo.
España posee en este terreno una riqueza extraordinaria. Pocas naciones poseen una relación tan profunda entre territorio, cultura y cocina. Alimentos honestos, recetarios propios, mercados y producción conforman ese arte de una civilización alimentaria que no deberíamos entregar ni al olvido ni a la propaganda.
Pero para defender esa riqueza hace falta algo más que orgullo retórico. Hace falta una nueva corriente de opinión que nos llene de esperanza: serena, exigente y alegre. Una corriente que no convierta la alimentación en ideología, sino en criterio. Que no enfrente el campo con la ciudad, sino que recuerde que su dependencia mutua es sustancial. Que no desprecie la tradición, pero tampoco renuncie al conocimiento. Que no se conforme con denunciar la mala alimentación, sino que proponga una forma mejor de vivir.
Comer bien no significa comer caro. Significa comer con sentido. Significa volver a dar valor al producto, al tiempo, al origen y al cuidado. Significa entender que una olla de legumbres puede ser más civilizada que muchas sofisticaciones vacías, que una conserva casera enseña previsión, que un pan digno educa el paladar o que una mesa compartida ordena la vida.
La regeneración de España no llegará solamente de la mano de leyes, de programas o de discursos. Necesita asociarse a la recuperación de hábitos nobles, de familias que vuelvan a cocinar, de jóvenes que aprendan a comprar o de escuelas que enseñen cultura alimentaria. Necesita ciudades que no sean espacios 'turistizados'. Necesita el respeto a los productores y la mano de consumidores exigentes y conscientes.
Hay que abrir una ventana, porque frente al cansancio, necesitamos aire fresco. Frente a la confusión, criterio. Frente a la fealdad moral y física, belleza. Frente a la prisa, tiempo. Frente a la impostura, verdad. Y quizá uno de los primeros gestos para hacerlo sea tan sencillo como volver a mirar lo que ponemos sobre la mesa.
Porque la mesa no es solo el lugar donde comemos. Es el lugar donde una sociedad aprende a reconocerse. Y si propugnamos una necesaria regeneración, tal vez debamos empezar por ahí, por consumir alimentos honestos elaborados por manos humanas y con la conciencia clara de que ninguna vida buena se construye sin esfuerzo, rectitud, veracidad y abandono de la comodidad.