El error de Roma que Europa repite ahora: debilitar su campo y aumentar su dependencia alimentaria
Las élites europeas apelan al racionamiento a la vez que dificultan la producción agroalimentaria
Detalle de un mosaico romano mostrando la recolección de frutas, siglo II
Europa atraviesa peculiares fases históricas en las que la realidad empieza a desmentir con crudeza las intenciones declaradas por sus gobernantes. Mientras se multiplican las advertencias sobre posibles tensiones en el abastecimiento y se apela a la necesidad de moderar el consumo, o incluso a posibles racionamientos, se consolida un modelo que debilita la producción propia y favorece la dependencia exterior. Confieso que me cuesta creer que hayamos llegado hasta aquí, y que podríamos vivir una situación similar, e imagino que a ustedes tampoco.
Porque, en el fondo, no se trata solamente de un problema pasajero o de una incoherencia política más, sino de una terrible paradoja estructural. Porque, al mismo tiempo que se dificulta la actividad agrícola y ganadera dentro del continente, se acepta y hasta se estimula la importación de productos desde lugares cada vez más lejanos, asumiendo con ello un coste creciente en transporte, energía y vulnerabilidad logística. Dicho sin rodeos: en aras de la globalización, se renuncia a lo cercano y propio para pagar más por lo distante y ajeno. Para complicar aún más la situación, esto ocurre en un contexto en el que el precio del combustible, la inestabilidad geopolítica y la fragilidad de las rutas comerciales son realidades.
Esto ya ha ocurrido, y les pongo un ejemplo muy interesante: en el siglo V, el Imperio romano de Occidente dependía en buena medida del grano de las provincias norafricanas, mientras Oriente lo hacía de Egipto. Cuando los vándalos de Genserico tomaron Cartago en el año 439, no solo ocuparon un territorio: se hicieron con una de las principales despensas del Mediterráneo.
Saqueo de Roma por los bárbaros
El tratado de 442, por el que Roma reconocía de facto ese dominio, supuso algo más que una cesión política: implicó la pérdida de un sistema de abastecimiento. Finalmente, en 455, Genserico saqueó una Roma hambrienta y desabastecida, que sin duda era el peor escenario para una confrontación.
La historia de la alimentación ofrece aquí una enseñanza clara y sometida a la lógica más aplastante: ninguna civilización ha podido sostenerse indefinidamente sobre un sistema en el que la producción local se debilita mientras se incrementa la dependencia exterior. Arnold J. Toynbee insistió en que las civilizaciones no sucumben tanto por los ataques externos como por su incapacidad para responder a los desafíos que ellas mismas generan, que es justamente el dilema que vivimos en el presente.
Desde esta perspectiva, la evolución reciente de Europa plantea interrogantes difíciles de eludir; por ejemplo, en qué nos convierte haber renunciado a la industrialización primero y, en la actualidad, a la producción primaria. Acciones que nos han debilitado, porque sustituir la auténtica producción por el turismo, que genera riqueza inmediata, pero no estructuras de independencia, ha sido un auténtico disparate.
Roma lo comprendió tarde, y, a medida que su sistema se orientaba cada vez más hacia el abastecimiento de las grandes ciudades mediante importaciones de grano, el equilibrio interno se resentía. La presión fiscal sobre el campo, la pérdida de incentivos para el productor y la creciente complejidad logística generaron un sistema eficiente en apariencia, pero profundamente frágil.
Hoy, Europa parece recorrer un camino que, salvando las distancias, presenta rasgos inquietantemente similares al caso romano. Las élites políticas y administrativas impulsan marcos regulatorios que, en nombre de oscuros objetivos, están haciendo progresivamente más difícil producir en el propio territorio. Mientras tanto, el sistema se apoya en cadenas de suministro globales que implican largos recorridos, mayor consumo energético y una inexplicable exposición a factores externos que llevamos varios años denunciando. No son trigo limpio.
La pregunta es inevitable, porque, si tanto se recurre a la aburrida y cacareada sostenibilidad, ¿cómo se explica que se incremente la distancia entre el origen del alimento y su consumo? Una cuestión que, en su concepto, es una cuestión de equilibrio, porque no hay mesura posible cuando se desincentiva la producción próxima y se encarece la adquisición de lo lejano, renunciando temerariamente a la soberanía alimentaria.
Por otro lado, conviene no simplificar, porque el comercio siempre ha sido una fuente de riqueza; el problema no es importar, la clave se encuentra en el momento en el que el intercambio deja de ser un complemento para convertirse en sustituto de lo básico. Cada explotación que cierra, cada agricultor que abandona, cada hectárea que deja de cultivarse no se sustituye por un sistema equivalente, y, paralelamente, se pierden capacidad de respuesta y autonomía. Y eso no se recupera con rapidez.
Y en este contexto, al que hemos llegado abrumados por toda la fuerza de su poder coercitivo, los mismos que han desligado la alimentación de la producción autóctona europea empiezan a intervenir hablando sobre la necesidad de consumir menos, de ajustar el gasto energético o de prepararse para escenarios de escasez. Y a insinuar la posibilidad de racionamiento, el momento en el que la paradoja se vuelve aún más evidente. Porque no se puede advertir de posibles limitaciones futuras mientras se debilita el origen mismo del abastecimiento.
No se puede pedir contención sin garantizar la producción cuando, sobre todo, está en nuestras manos. No se puede construir seguridad alimentaria sobre una base cada vez más lejana y costosa. Europa dispone de recursos, de conocimiento agrario, de diversidad climática y de una tradición productiva sólida; sin embargo, en lugar de reforzar ese potencial, la administración europea obliga a optar por un modelo en el que la proximidad pierde valor frente a la disponibilidad global.
Y esa elección tiene un coste para los ciudadanos de a pie. Por una parte, un coste económico, porque transportar alimentos desde miles de kilómetros nunca será más barato en un contexto de energía cara. Y, por otra parte, un coste estratégico, porque depender de otros implica asumir sus riesgos. Sin hablar del coste cultural, por la desaparición del vínculo entre territorio y alimentación, que se debilita hasta casi desaparecer.
Y aunque esta paradoja no es nueva, sí es insólita la velocidad a la que se desarrolla y el grave alcance de sus consecuencias.
Quizá por eso conviene recordar algo que la historia ha repetido con insistencia: las sociedades que han perdurado son las que han gestionado mejor sus recursos. Y entre todos ellos, hay uno que no admite frivolidad: el alimento. Porque ninguna sociedad puede permitirse tratar con ligereza aquello de lo que depende su supervivencia.