El explorador y navegante Cristóbal Colón (1451-1506) regresando de su tercer viaje encadenado en la bodega
El viaje en que Colón pisó por primera vez el continente americano y acabó regresando encadenado
Seis años después del célebre 12 de octubre de 1492, el almirante llegó por primera vez al continente americano. Paradójicamente, aquella expedición, decisiva para la historia, marcaría también el comienzo de su caída
Todo el mundo recuerda las tres carabelas y la madrugada del 12 de octubre de 1492. Aquella fecha se ha convertido en uno de los grandes hitos de la historia universal y ha eclipsado casi por completo el resto de los viajes de Cristóbal Colón. Sin embargo, el navegante genovés no pisó el continente americano durante aquella primera expedición. Lo hizo seis años más tarde, en un viaje mucho menos conocido, pero probablemente mucho más trascendental.
El 30 de mayo de 1498, Colón zarpó de Sanlúcar de Barrameda al frente de seis naves con un doble objetivo. Por un lado, reforzar la presencia castellana en las nuevas tierras descubiertas. Por otro, continuar la búsqueda de la ruta hacia Asia, convencido de que las islas halladas en 1492 formaban parte de las Indias Orientales.
Nada hacía presagiar que aquella expedición terminaría cambiando para siempre su propia visión del mundo.
Un calor insoportable y una costa desconocida
Tras dividir la flota, Colón tomó rumbo hacia latitudes más meridionales que en sus viajes anteriores. El calor era sofocante. Durante días, las naves avanzaron lentamente por un mar casi inmóvil hasta que, el 31 de julio de 1498, apareció ante sus ojos una gran isla a la que bautizó como Trinidad. Poco después, penetró por el estrecho que hoy separa la isla del continente sudamericano, conocido como la Boca del Dragón, y comenzó a navegar por las tranquilas aguas del golfo de Paria.
Cristóbal Colón tomando posesión del Nuevo Mundo
Fue entonces cuando observó un fenómeno que lo dejó profundamente desconcertado. Frente a él desembocaba una enorme masa de agua dulce cuya fuerza era capaz de modificar incluso la salinidad del mar. Aquel caudal solo podía proceder de un río gigantesco. Y ningún río de semejantes dimensiones podía existir en una isla.
La intuición que cambió la historia
A diferencia de lo que suele creerse, Cristóbal Colón nunca llegó a comprender que había descubierto un continente completamente desconocido para los europeos. Hasta su muerte siguió convencido de que navegaba por las proximidades de Asia.
Pero durante aquel tercer viaje sí comenzó a sospechar que las tierras descubiertas eran mucho mayores de lo que había imaginado. La desembocadura del Orinoco planteaba un problema imposible de resolver con los conocimientos geográficos de la época. Ninguna isla conocida podía generar un río semejante. Era necesario que existiera una inmensa extensión de tierra situada más allá del horizonte. Por primera vez, un europeo contemplaba el continente sudamericano.
El Paraíso Terrenal
La explicación que encontró Colón resulta tan fascinante como reveladora de la mentalidad de finales del siglo XV. Profundamente religioso, interpretó aquel paisaje exuberante como una posible proximidad al Paraíso Terrenal descrito en la Biblia.
En una carta dirigida a los Reyes Católicos llegó incluso a imaginar que la Tierra no era perfectamente esférica, sino que tenía una forma semejante a una pera, elevándose precisamente en aquella región privilegiada donde Dios habría situado el Jardín del Edén.
Hoy esa teoría puede parecer extravagante, pero refleja hasta qué punto la geografía, la religión y la ciencia seguían profundamente entrelazadas en el pensamiento europeo de la época.
Mientras descubría un continente, perdía el control de las Indias
Paradójicamente, el viaje más importante de su carrera coincidió con el inicio de su declive político. Mientras Colón exploraba las nuevas tierras, la situación en La Española se deterioraba rápidamente. Las tensiones entre los colonos, las dificultades económicas y las acusaciones de mala administración comenzaron a multiplicarse.
Las noticias que llegaban a Castilla eran cada vez más preocupantes. Los Reyes Católicos decidieron enviar al comendador Francisco de Bobadilla con amplios poderes para investigar lo que estaba ocurriendo. Cuando este llegó a Santo Domingo en 1500, tomó una decisión que pasaría a la historia: destituyó a Colón, ordenó su arresto y lo envió de regreso a España encadenado.
El hombre que había abierto a la Corona de Castilla un mundo desconocido regresaba a la Península como prisionero. Aunque Isabel la Católica ordenó retirar inmediatamente aquellas cadenas y rehabilitó parcialmente su figura, el prestigio político del almirante nunca volvería a ser el mismo.
Mucho más que el viaje de 1492
La memoria colectiva ha convertido el primer viaje de Colón en un símbolo universal, relegando casi al olvido las expediciones posteriores. Sin embargo, fue durante el tercero cuando contempló por primera vez el continente americano; cuando comenzó a intuir que aquellas tierras no podían ser simples islas; cuando exploró la desembocadura del Orinoco y cuando su extraordinaria aventura empezó a transformarse en un complejo problema político para la Corona.
Quizá por eso este viaje resume mejor que ningún otro la verdadera dimensión de Cristóbal Colón: ni el héroe perfecto que durante siglos dibujó una parte de la historiografía ni el villano absoluto que presentan algunos discursos actuales.
Fue un navegante excepcional, capaz de alterar para siempre la historia del mundo; un hombre profundamente religioso que interpretaba sus descubrimientos a la luz de la Biblia; un administrador cuya gestión fue muy discutida por sus contemporáneos y un personaje lleno de contradicciones.
Tal vez esa sea la mejor manera de acercarse al descubridor de América: alejándose tanto de la hagiografía como de la caricatura. Porque, como ocurre con los grandes protagonistas de la historia, la realidad suele ser mucho más interesante que cualquiera de los mitos construidos a su alrededor.