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Bonaparte ante la Esfinge (1867-1868), obra de Jean-Léon Gérôme

Bonaparte ante la Esfinge (1867-1868), obra de Jean-Léon Gérôme

Quién rompió la nariz de la esfinge de Guiza: la falsa leyenda que culpa a Napoleón

El periodista estadounidense y autor de la famosa biografía sobre el Gran Corso Tras los pasos de Napoleón, James Morgan, advierte que la creencia de que los soldados de Napoleón no es más que «una leyenda para el turista»

Cuenta la tradición que, cuando Napoleón Bonaparte llegó al exótico país de los faraones y contempló la Gran Pirámide de Guiza, se dirigió a sus hombres diciendo: «Desde lo alto de esas pirámides, cuarenta siglos os contemplan».

También la leyenda le atribuye a él y a sus tropas el haber destruido la nariz de la famosa esfinge de la meseta de Guiza tras disparar contra ella cañonazos. Lo cierto es que, durante el verano de 1798, Napoleón llegó a Egipto con más de 30.000 soldados con el objetivo de liberar al país del control turco, así como de establecer una colonia francesa con la que podría amenazar los intereses británicos tanto en el Mediterráneo como en la India.

Aunque su campaña no salió según lo planeado, la ambición del general Bonaparte iba mucho más allá: en su afán por imitar a su gran ídolo, Napoleón no solo embarcó con soldados, sino que se llevó consigo a un grupo de unos 150 sabios encargados de investigar la historia, la naturaleza y la geografía de Egipto.

Ingenieros, geógrafos, naturalistas, médicos, arquitectos, cartógrafos y astrónomos convirtieron Egipto en un «laboratorio» cuyos estudios se recopilaron en la obra Description de l’Égypte.

Por ello, que «un ejército capaz de aplaudir ante la magnificencia de las ruinas de la antigua Tebas y que estuvo acompañado por un amplio grupo de sabios […] fuera a la vez tan insensible al legado faraónico como para destruirlo con su armamento», según advierte la página web de divulgación Amigos de la Egiptología.

El periodista estadounidense y autor de la famosa biografía sobre el Gran Corso Tras los pasos de Napoleón, James Morgan, advierte que la creencia de que los soldados de Napoleón infligieron a la esfinge «todas las cicatrices del tiempo y las heridas de cien guerras» no es más que «una leyenda para el turista» y afirma que «mucho antes del descubrimiento de la pólvora, los árabes habían puesto sus manos iconoclastas sobre la barba de este dios del desierto».

No obstante, esta justificación concreta no implica absolver a Napoleón de otras campañas marcadas por la destrucción y el expolio, como ocurrió años después en España durante la Guerra de la Independencia.

Víctima del fervor iconoclasta

Esta leyenda, perpetuada a lo largo de los años por «guías árabes» e «innumerables maestros de todo el mundo que han transmitido este fragmento de 'historia' a sus alumnos», según advierte Thomas Holmberg, investigador, historiador y colaborador principal de The Napoleon Series, un importante portal web académico dedicado al estudio de la era napoleónica, ha persistido a pesar de que la verdad se puede encontrar fácilmente en fuentes de referencia.

Holmberg menciona la Enciclopedia Americana, donde se indica que «en el año 1380 d. C., la esfinge fue víctima del fervor iconoclasta de un gobernante musulmán fanático». También cita el libro Las pirámides egipcias: una referencia ilustrada completa, de J. P. Lepre, quien señala que «el rostro [de la esfinge] fue desfigurado aún más por el gobernante de Egipto del siglo XVIII d. C.».

Frederic Louis Norden , Viaje de Egipto y de Nubie (1755)

Frederic Louis Norden , Viaje de Egipto y de Nubie (1755)

Es más, turistas europeos que visitaron Egipto para contemplar sus maravillas antes de la expedición de Napoleón ya habían descubierto los actos de vandalismo contra esta criatura mitológica, considerada una de las esculturas monumentales más antiguas que se conservan.

Según recoge el soldado, escritor, artista, periodista y egiptólogo Leslie Greener en El descubrimiento de Egipto, cuando el doctor Pierre Belon exploró el país de los faraones en 1546, la esfinge «ya no tenía el sello de gracia y belleza tan admirado por Abdel Latif en 1200».

Asimismo, 61 años antes de la expedición francesa, el danés Frederic Louis Norden realizó varios bocetos de la esfinge sin nariz. Estos dibujos constituyen una de las pruebas más claras de que la esfinge ya estaba mutilada antes de la campaña francesa.

Con ello, el principal señalado como culpable fue el iconoclasta y líder sufí Muhammad al-Dahr Sa’im en el año 1378, según explicó el historiador árabe al-Maqrizi en el siglo XV. Este líder sufí consideró ofensivo que los campesinos egipcios desarrollasen supersticiones relacionadas con la esfinge, «a cuya imagen incluso realizaban ofrendas para propiciar adecuadas inundaciones y conseguir buenas cosechas», tal y como detalla el portal Amigos de la Egiptología.

El portal también defiende que «Sa’im al-Dahr atacó por este motivo el monumento faraónico, destrozando su nariz y dañando también las orejas»; sin embargo, sus acciones no quedaron impunes: «poco después sus actos fueron juzgados y considerados vandálicos, y el culpable fue colgado». Así lo corrobora un artículo del historiador alemán Ulrich Haarmann titulado Sentimiento regional en el Egipto islámico medieval.

Así, la vieja acusación contra Napoleón y sus soldados queda más cerca del mito turístico que de la realidad histórica: la esfinge ya había perdido la nariz varios siglos antes de que las tropas francesas llegaran a Egipto.

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