El viaje del 'St. Louis': el barco con 937 judíos que Cuba y Estados Unidos rechazaron en 1939

El viaje del 'St. Louis': el barco con 937 judíos que Cuba y Estados Unidos rechazaron en 1939

Picotazos de historia

El viaje del 'St. Louis': el barco con 937 judíos que Cuba y Estados Unidos rechazaron en 1939

El Ministerio de Propaganda del ministro Goebbels utilizó el St. Louis para mostrarlo al mundo como ejemplo de la libertad que se tenía para abandonar Alemania si así se quería. No esperaba el Ministerio alemán que la jugada le saliera tan bien

En 1976 se rodó en España y en el Reino Unido una película protagonizada por actores de la talla de Faye Dunaway, Orson Welles, James Mason, José Ferrer, Max von Sydow y nuestro internacional Fernando Rey. La película se titulaba El viaje de los malditos y se basaba en una novela histórica del mismo título que se había convertido en un éxito de ventas.

La novela narraba los vergonzosos sucesos relacionados con un barco lleno de judíos que huían de la Alemania nazi, compadecidos por todos, pero aceptados por nadie.

El MS St. Louis fue un buque de pasajeros transatlántico construido en los astilleros Bremer Vulkan de Bremen, cuya quilla se puso en 1928 y que fue botado al año siguiente. El St. Louis tenía una eslora de casi 175 metros y una manga de 22 metros, y desplazaba unas 17.000 toneladas.

La nave estaba propulsada por dos hélices alimentadas por la energía producida por cuatro grandes motores diésel. El barco podía alcanzar los 16,5 nudos a plena marcha.

El 13 de mayo de 1939 partió del puerto de Hamburgo el MS St. Louis, uno de los principales paquebotes de la Hamburg-Amerika Line, con destino al puerto de La Habana y con 937 pasajeros a bordo. Al mando de la nave estaba el capitán Gustav Schröder, un veterano de la mar en activo desde 1902 y uno de los capitanes de confianza de la compañía.

El pasaje, en su inmensa mayoría, estaba compuesto por familias judías que huían de una Alemania que ya las había señalado por motivos de raza y religión. Hacía unos pocos meses —la noche del 9 al 10 de noviembre de 1938— se había producido la Kristallnacht, la Noche de los Cristales Rotos, en la que se destrozaron las tiendas regentadas por judíos.

Escaparate de una tienda hecho trizas de una tienda de propiedad judía en Berlín en la noche de los cristales rotos

Escaparate de una tienda hecho trizas de una tienda de propiedad judía en Berlín en la noche de los cristales rotosNational Archives and Records Administration, College Park, MD

La legislación se había vuelto cada vez más opresiva. Cada uno de los pasajeros había tenido que pagar una tasa especial para poder abandonar el país y no podía sacar más que un número establecido de marcos alemanes.

Sin embargo, el Ministerio de Propaganda del ministro Goebbels utilizó el St. Louis para mostrarlo al mundo como ejemplo de la libertad que se tenía para abandonar Alemania si así se quería. No esperaba el Ministerio alemán que la jugada le saliera tan bien.

Los pasajeros pensaban desembarcar en La Habana y contaban para ello con el debido certificado de desembarco emitido por las autoridades de la Dirección General de Inmigración. También disponían de un visado de turista o de tránsito para permanecer en Cuba mientras tramitaban la documentación necesaria para entrar en Estados Unidos.

Lo que nadie había dicho a estos pasajeros –ni el Gobierno alemán, ni la compañía naviera ni el Gobierno cubano– era que, una semana antes de partir, el presidente de Cuba, Federico Laredo Brú, había hecho aprobar un decreto por el cual quedaban invalidados los certificados de desembarco emitidos con anterioridad. El motivo era que se había descubierto un mercadeo de certificados que estaba enriqueciendo a un alto funcionario.

Cuando el MS St. Louis arribó al puerto de La Habana, se encontró con la desagradable sorpresa de que las autoridades solo permitieron el desembarco de veintiocho pasajeros: cuatro españoles, dos cubanos y veintidós alemanes de origen judío que, por algún milagro, tenían los papeles en regla.

La negativa a permitir el desembarco se convirtió en la gran noticia internacional del momento debido a la movilización de la maquinaria propagandística alemana, que, a su vez, había activado a la prensa estadounidense.

Por un lado, se mostraba cómo Alemania dejaba salir a aquellos que no querían vivir en el nuevo país que se estaba construyendo; por otro, se mostraba la hipocresía de quienes se compadecían de los pobres inmigrantes, pero no los querían en sus propios países.

El contraste se fue haciendo cada vez más evidente a medida que pasaban los días. La prensa internacional no paraba de escribir acerca de la pobre gente que estaba a bordo del St. Louis, pero tanto Cuba como Canadá y Estados Unidos preferían mirar hacia otro lado.

Embarque en Hamburgo

Embarque en Hamburgo

El presidente de Cuba negoció con el Departamento de Estado de los Estados Unidos, que había enviado a un representante a La Habana. Cuba aseguró a los EE. UU. que aceptaría a los pasajeros durante el tiempo que se tardara en normalizar los visados de entrada en Estados Unidos si este Gobierno abonaba la tasa y la garantía, fijadas por las propias autoridades cubanas, de quinientos dólares por persona para poder entrar. El total era de unos 453.000 dólares. El Gobierno de Estados Unidos se negó.

Desde el barco, tanto el capitán Schröder como los pasajeros mejor relacionados enviaron telegramas a organismos y personalidades de los Gobiernos estadounidense, canadiense, francés y belga, entre otros. El presidente Roosevelt, a quien enviaron un telegrama solicitando ayuda, nunca respondió. Lo mismo ocurrió con el resto de los organismos estatales.

La Hamburg-Amerika Line no podía mantener indefinidamente el barco varado, por lo que dio órdenes de que la nave regresara a su puerto de origen. El MS St. Louis partió de La Habana el 6 de junio.

Durante toda la navegación de vuelta, el capitán Schröder estuvo enviando telegramas y tratando de encontrar una solución para su atribulado pasaje. Tuvo que hacer frente a un intento de motín y neutralizarlo. Un desesperado grupo de pasajeros trató de hacerse con el control del barco. También estuvo analizando la posibilidad de simular un naufragio frente a las costas del Reino Unido y desembarcar allí a todo el pasaje. Finalmente, el Gobierno belga autorizó el desembarco de los pasajeros en el puerto de Amberes.

El capitán Gustav Schröder, del St. Louis, negocia los permisos de desembarque para los pasajeros con funcionarios belgas en el puerto de Amberes

El capitán Gustav Schröder, del St. Louis, negocia los permisos de desembarque para los pasajeros con funcionarios belgas en el puerto de Amberes

Durante el viaje de retorno –del 6 al 17 de junio–, diferentes organizaciones internacionales estuvieron negociando, suplicando y haciendo todo lo imaginable ante distintos Gobiernos para que aceptaran a esos refugiados.

El Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte acogió a 288 de los pasajeros, que desembarcaron allí antes de que el barco llegara a Amberes. Cuando empezó la Segunda Guerra Mundial, muchos de ellos fueron internados como «extranjeros enemigos» en campos de internamiento o deportados a Canadá. Los Países Bajos aceptaron a 181 y el Reino de Bélgica, a 214. Por su parte, la República Francesa acogió temporalmente a 224.

De la totalidad del pasaje, compuesto por 937 personas, una murió durante la travesía y su cadáver fue desembarcado en Amberes; 288 fueron desembarcadas en el Reino Unido; 28 desembarcaron en Cuba, y el resto –unas 620– regresó al Viejo Continente, que pronto se demostraría poco seguro. Aquellos que pudieron abandonar Europa a tiempo fueron afortunados. Un total de 532 no pudieron hacerlo y pasaron la guerra en campos de concentración o exterminio o huyendo de un sitio a otro. De ellos, 254 no sobrevivieron a la guerra.

El caso del MS St. Louis fue la vergonzosa prueba de la distancia que existe entre las buenas palabras y la actuación práctica de los Gobiernos frente a un drama humano. El único que destacó por su comportamiento ejemplar fue el capitán de la nave.

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