Napoleón, Hitler y Julio César no odiaban a los gatos: el mito que internet convirtió en historia

Napoleón, Hitler y Julio César no odiaban a los gatos: el mito que internet convirtió en historia

Napoleón, Hitler y Julio César no odiaban a los gatos: el mito que internet convirtió en historia

Entre los amantes de los animales, el mundo se dividiría entre los amantes de los perros y los de los gatos. Es un conflicto sin solución

El zoólogo y divulgador científico Desmond Morris —alguno puede que recuerde que escribió un ensayo titulado El mono desnudo, que fue un gran éxito mundial— generalizó diciendo que «los artistas aman a los gatos; los soldados aman a los perros».

Como todas las frases pegadizas, tiene más de irreal que de cierto. Pues bien, a partir de esta afirmación se ha creado una falsa creencia según la cual ciertos personajes famosos de la historia sufrían aversión, odio visceral o fobia a los gatos. Este tipo de fobia se conoce como gatofobia, felinofobia o –la versión más culta– ailurofobia.

Si hacen la búsqueda en internet o preguntan a la inteligencia artificial, tan de moda, les presentarán un listado de famosos gatófobos: personalidades tan encantadoras como Adolf Hitler, Benito Mussolini, Gengis Kan, Napoleón Bonaparte, Julio César, etc.

Básicamente, no existen datos ni documentación alguna que avalen esta afirmación. Hará unos veinte años, la historiadora inglesa Katherine McDonogh se tomó la molestia de investigarlo y llegó a la conclusión que mencioné antes: no hay nada.

Al parecer, es todo consecuencia de una conclusión buscada para satisfacer prejuicios y de la satisfactoria idea, para muchos, de que ciertos grandes líderes de la historia sufrían una debilidad infantil e irracional frente a un gatito.

Los gatos (Felis catus) empiezan a unir su historia con la de la humanidad en torno al 12.000-10.000 a. C. en las tierras de Mesopotamia. En esa fértil zona –Mesopotamia significa «entre ríos», los ríos Tigris y Éufrates– se desarrolló la agricultura y la población humana empezó el tránsito del estadio de cazadores-recolectores al de agricultores, de nómadas a sedentarios.

Gato caza pájaros en un cañaveral, Tumba de Nebamun

Gato caza pájaros en un cañaveral, Tumba de Nebamun

El almacenamiento y la acumulación de los productos de la agricultura atrajeron a los roedores silvestres. Detrás de ellos llegó su principal depredador: el gato montés. Así se estableció una relación simbiótica entre los gatos y el ser humano.

Los silos y almacenes atraían a los roedores; los gatos acababan con ellos, protegiendo los alimentos que consumirían los humanos. Esta se consideró una relación tan satisfactoria para todos que el siguiente nivel fue la divinización del minino.

Esto último sucedió durante la II dinastía (2890-2670 a. C.). Coincidiendo con la domesticación del animal y su cría en los templos, surgió la veneración de una nueva diosa: Bastet.

La diosa gata sería una divinidad importante, ya que protegería todo lo relacionado con el hogar, lo femenino, la fertilidad, etc. Estaba especialmente asociada a las mujeres y a los niños y, como todos los dioses egipcios, tenía un importante papel en el inframundo.

De Egipto, el gato pasaría al Imperio romano cuando esta nación se convirtió en provincia de Roma. Entre la metrópoli y Egipto había un intenso comercio y tráfico de mercancías; especialmente importante era el trigo de Egipto. Los barcos que llegaban al puerto de Ostia cargados de trigo también traían a bordo a los gatos, muy útiles para mantener el barco libre de ratones y ratas.

Regalos de un gato egipcio. Obra de John Reinhard Weguelin

Regalos de un gato egipcio. Obra de John Reinhard Weguelin

Al principio, los romanos se sorprendieron –y se burlaron– de la relación que mantenían los egipcios con los gatos, pero no cabe duda de que pronto se dieron cuenta de la utilidad de este animal y lo admitieron en el interior de sus hogares, por primera vez, como mascota.

Anteriormente, se había mantenido en Europa la relación de simbiosis con el animal. Había respeto y un dejar hacer. Ahora, con la introducción del gato doméstico, este se reproduciría y sería aceptado en los hogares del Imperio y más allá.

Los gatos continuarían persiguiendo ratones y haciendo su vida, especialmente en el campo, considerándoseles unos útiles aliados, cuando no compañeros. Y así fue hasta el año 1233. Esa fatídica fecha marca la publicación de la bula papal Vox in Rama, por la cual el Papa Gregorio IX vinculó a los gatos con un tipo de herejía específica que se estaba produciendo en algunas partes de Alemania. La bula menciona a los gatos como elementos de los rituales de iniciación, pero, a partir de ahí, se les atribuyeron extrañas capacidades.

Gatos en un bestiario del siglo XIII. Los gatos aparecen muy a menudo en los manuscritos medievales, lo que no hace pensar que fueran animales denostados

Gatos en un bestiario del siglo XIII. Los gatos aparecen muy a menudo en los manuscritos medievales, lo que no hace pensar que fueran animales denostados

Es completamente falso que la promulgación de la bula diera lugar a una masacre de gatos por toda Europa Central y que, a consecuencia de ello, el continente se encontrara indefenso frente a la peste negra de 1348 que trajeron las ratas. Pero sí es verdad que, desde la aparición de la bula, surgieron en Europa supersticiones relacionadas con el inquietante animal que tan independiente se muestra.

La imagen negativa del gato –como compañero de las brujas, etc.– empezaría a desaparecer a partir del siglo XVI. Catalina de Médici, cuando se casó con Enrique II, rey de Francia, llevó en su equipaje varios gatos. Los animales ya no solo cumplían la labor de mantener alejados a roedores y alimañas del ser humano: ahora se estaban convirtiendo en animales de compañía.

Leonardo da Vinci dejó numerosos dibujos del gato que tenía en su taller de Milán, mientras se encargaba de la construcción de la gran estatua ecuestre que tenía proyectada para Ludovico «el Moro», duque de Milán.

Leonardo da Vinci: Estudios de gatos, leones y un dragón.

Leonardo da Vinci: Estudios de gatos, leones y un dragón.

En el siglo XVII, en el Madrid de Felipe IV, el gato era un animal útil y apreciado. A los madrileños se los conocía como «gatos». El único que parecía tener cierta aversión a estos animales era el príncipe Baltasar Carlos –a quien Velázquez retrató en abundancia–, del que se sabe que gustaba de cazar y castrar a estos animales durante su niñez y adolescencia.

Este siglo XVII trajo la consolidación del felino como animal de compañía gracias a ejemplos tan relevantes como el del cardenal Richelieu. Este tuvo, en un momento dado, catorce gatos. Conocemos el nombre de todos, sus características y su personalidad. Además, en su testamento, el poderoso ministro dejó una manda para el mantenimiento de estos animales, a los que amó.

A partir de entonces, entre los amantes de los animales, el mundo se dividiría entre los amantes de los perros y los de los gatos. Es un conflicto sin solución, como la disputa entre poner o no cebolla en la tortilla de patatas. Entre los más notables amantes de los gatos podemos encontrar a figuras universales como Isaac Newton, Albert Einstein, Victor Hugo, Pablo Picasso, Catalina la Grande de Rusia, Nikola Tesla, etc.

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