Juan Sebastián Elcano
V centenario de la muerte de Elcano
Así fue la muerte de Juan Sebastián Elcano: de escorbuto y en el Pacífico al servicio de la Corona
El 6 de agosto de 1526 murió en el Pacífico el marino que había culminado la primera circunnavegación. Quinientos años después, su vida conserva la fuerza de una hazaña que parecía imposible y de un último viaje sin retorno
La grandeza de Juan Sebastián Elcano no estuvo en iniciar la hazaña, sino en culminarla. Magallanes había dirigido la expedición que abrió el paso hacia el Pacífico, pero fue el marino de Guetaria quien, cuando de aquella empresa apenas quedaban unos pocos hombres y una sola nave, tomó el mando de la nao Victoria y consiguió llevarla con éxito de regreso a España. Cuatro años después, el océano le negó a él ese mismo regreso.
Elcano murió el 6 de agosto de 1526 en el Pacífico, a bordo de la Santa María de la Victoria, nave capitana de la expedición de García Jofre de Loaísa, enviada para afirmar los derechos de la Corona sobre las Molucas tras la expedición iniciada por Magallanes. Fue durante aquel viaje, convertido en una penosa sucesión de temporales, naufragios y enfermedades, cuando el héroe de la primera circunnavegación, paradójicamente, perdió la vida.
Había nacido hacia 1487 en aquella villa guipuzcoana abierta al Cantábrico, donde el mar no era solo paisaje, sino también medio de vida. Creció entre pescadores, comerciantes, pilotos y carpinteros de ribera. Mucho antes de pasar a la historia en 1522, Elcano ya era un marino experimentado y respetado.
En 1519 embarcó como maestre de la Concepción en la armada de Magallanes. Cinco naos zarparon al servicio de Carlos I con el objetivo de hallar una ruta occidental hasta las islas de las Especias, las Molucas, y disputar a Portugal el lucrativo comercio del clavo y otras especias.
La ofrenda de Elcano, pintado en 1922 y expuesto en el Palacio de la Diputación de Guipúzcoa
La expedición cruzó el Atlántico, soportó el invierno patagónico y encontró el estrecho que conducía al mar al que Magallanes llamó Pacífico. El nombre aludía a la calma de sus aguas, no a la suerte de quienes se aventuraron en ellas. Durante más de tres meses escasearon los alimentos frescos. Antonio Pigafetta, improvisado cronista, relató que llegaron a comer ratas, serrín y cuero reblandecido en agua de mar, mientras el escorbuto terminaba por diezmar a la tripulación.
Magallanes murió en Mactán, en las actuales Filipinas, el 27 de abril de 1521. Todavía quedaban entonces tres naves, aunque la falta de hombres obligó poco después a quemar la Concepción. La Trinidad y la Victoria alcanzaron las Molucas y cargaron clavo, pero únicamente la segunda pudo emprender la travesía de regreso a España por la ruta occidental.
Los expedicionarios no habían partido con el propósito de circunnavegar el globo. La vuelta al mundo fue la solución que adoptó Elcano, tras la muerte de Magallanes, ante la dificultad de regresar desde el Maluco hasta la costa occidental de América atravesando de nuevo el océano Pacífico.
Ahí comienza la parte de la historia en la que Elcano resulta decisivo. Al mando de la Victoria, eligió la ruta del Índico y doblar el cabo de Buena Esperanza. Su decisión exigía navegar por aguas controladas por Portugal, evitar escalas y confiar la vida propia y de su tripulación a un barco fatigado. Bajo la cubierta viajaba una carga preciosa; arriba, hombres consumidos por el hambre y la enfermedad. El objetivo ya no era descubrir. Era volver.
Retrato de Juan Sebastián Elcano visto por Zuloaga
El 6 de septiembre de 1522, la Victoria arribó a Sanlúcar de Barrameda con dieciocho expedicionarios. Habían pasado casi tres años desde la partida. Elcano escribió a Carlos I informándole de que habían recorrido «toda la redondez del mundo». La frase no necesitaba adornos: por primera vez, una nave había completado una vuelta alrededor del globo.
La expedición no demostró que la Tierra fuera esférica, algo conocido desde la Antigüedad. Su alcance fue distinto: completó la primera circunnavegación documentada, confirmó la conexión de los océanos y reveló la inmensidad del Pacífico. El planeta no se hizo más pequeño, pero comenzó a concebirse como un espacio conectado. Aquella apertura impulsó nuevas rutas comerciales, progreso y nuevos escenarios de rivalidad política.
Carlos I concedió a Elcano y sus descendientes un escudo heráldico en el que figuraba un globo y la divisa Primus circumdedisti me: «Fuiste el primero en rodearme» en reconocimiento a su gesta. El héroe, que bien podía haberse retirado, eligió de nuevo la mar y en 1525, tan solo tres años después de su regreso, partió nuevamente con Loaísa como piloto mayor y capitán de la Sancti Spiritus. La nao naufragó ante el estrecho de Magallanes; Elcano sobrevivió y continuó el viaje en la capitana.
Escudo de armas de Juan Sebastián Elcano otorgado por Carlos I
Ya en el Pacífico, la expedición terminó de deshacerse. Loaísa murió el 30 de julio de 1526 y, de acuerdo con las instrucciones reales, Elcano asumió la capitanía general y el gobierno de la armada. Para entonces estaba enfermo de escorbuto. Andrés de Urdaneta anotó que murió el lunes 6 de agosto, sin haber cumplido los cuarenta años de vida.
La primera circunnavegación fue una obra colectiva, iniciada por Magallanes y sostenida por marineros de numerosas procedencias. Reconocerlo no reduce la importancia de la figura de Elcano, sino que la sitúa en su verdadera dimensión. Su mérito fue encontrar una salida cuando casi todas las opciones parecían agotadas, aceptar el peso del mando y conducir una nave exhausta junto a su agotada tripulación hasta casa.
La grandeza del héroe no estuvo solo en atravesar el mundo, sino en saber cómo continuar cuando todas las rutas parecían cerradas. Cinco siglos después, la imagen que mejor resume su hazaña sigue siendo la de la Victoria entrando en Sanlúcar: maltrecha, casi vacía y con el mundo entero a sus espaldas. Una imagen de derrota que, paradójicamente, encarnaba el triunfo.