El instante decisivoFernando Quintela

Yo confieso

Hay fotografías evidentes, que muestran, y hay otras con misterio, que esconden sin ocultar. Y algunas, quizá las que más me interesan, hacen las dos cosas al mismo tiempo

El confesionarioFernando Quintela

En esta fotografía hay un confesionario y es casi todo lo que sabemos. No vemos al penitente. No vemos el rostro del sacerdote. No sabemos qué se está diciendo al otro lado de la madera. Apenas una mano con raíces asoma en el pequeño espacio abierto del confesionario. Una mano suspendida en mitad de la oscuridad, iluminada, mientras el resto permanece oculto. Y, sin embargo, lo entendemos todo o, al menos, nos atrevemos a decir que creemos entenderlo.

El equilibrio de la composición se mantiene sólido por la rectitud y el valor de lo oculto. El interés lo pone el misterio. Puedes pasar horas imaginando porque todo cabe en esa imagen, un espacio contenedor… pero de almas y buen perdón

Siempre que veo esta imagen en mi archivo recuerdo La confesión, esa icónica fotografía que Cristina García Rodero hizo en Saavedra, Lugo, en 1980, dentro de aquel extraordinario trabajo que acabaría formando parte del libro España oculta. La imagen pertenece a ese territorio que Cristina recorrió durante años: la religión popular, los ritos, las contradicciones entre lo sagrado y lo cotidiano, la intimidad expuesta delante de los demás. El ser humano en estado puro.

Pero hay una diferencia fundamental. Cristina nos lo enseñaba. Aquí, en cambio, casi todo está escondido. En la confesión de Cristina todo estaba al aire soportado por el brutalismo de un muro blanco y la trastienda de un cementerio, todo es de todos, no hay vergüenza. En esta que nos trae al caso, lo que soporta la confesión es la solemnidad de una Iglesia, con todo en orden. Una grita, la otra susurra.

Y quizá por eso esta fotografía habla menos de la confesión religiosa que de nosotros mismos.

Yo confieso.

Dos palabras extraordinarias.

Pronunciarlas significa aceptar que existe algo que hemos mantenido apartado de los demás. Algo que hemos hecho, pensado, deseado, permitido o callado. Siempre dentro de los cánones y los valores de la Religión Cristiana en este caso, porque hay muchos escenarios. La confesión empieza mucho antes de contar el pecado. Empieza cuando uno admite que existe. San Agustín construyó sus Confesiones sobre esa mirada hacia el interior. Muchos siglos después, Rousseau utilizaría el mismo título, Las Confesiones para intentar algo distinto y moderno: presentarse ante los demás entero, con virtudes, miserias, contradicciones y vergüenzas alimentadas por el amor de una mujer que enciende al entonces joven Jean Jacques Rousseau.

Desde entonces llevamos siglos confesándonos. La confesión, en sentido estricto, es ante Dios. Y luego llegan las variantes que las costumbres y la sociedad nos ha impuesto; ante un juez, ante un periodista, ante la persona a la que amamos, ante nuestros hijos. Y, sobre todo, ante nosotros mismos.

Porque probablemente ése sea el confesionario más difícil.

En el confesor de la fotografía hay una madera que protege. Hay una celosía. Existe una oscuridad confortable. Uno puede contar aquello que nunca diría mirando directamente a los ojos de otra persona. El secreto de confesión nos ampara. Recuerdo el año 2010, en que quise confesarme con urgencia y entré en una Iglesia a pedir ese Sacramento. El sacerdote, enfadado porque estaba cerrando para irse a comer, me dijo: «yo le confieso, pero dígame antes si debo llamar a la Policía». Mal elemento éste de Félix Boix. Y me fui a Ramón y Cajal, donde un cura de 92 años me mandó parar en mi relato viendo que no había gravedad sino dolor y me dijo «vamos a ver joven, ¿usted acaso cree que yo toda la vida he sido un Santo? Si conoce alguna canción de Niño Bravo, le pongo como petición que cante usted por las mañanas debajo de la ducha». Hay que vivir con alegría.

Pero fuera de allí no tenemos esa protección. Por eso ocultamos tanto. También la política tiene sus confesionarios. Cada cierto tiempo aparece alguien que decide contar lo que durante años negó conocer. Un empresario arrepentido. Un intermediario. Un político que descubre súbitamente la memoria. Un colaborador que decide hablar cuando comprende que el silencio ha dejado de protegerlo. Así tenemos los pasillos del Congreso y las celdas de Soto del Real.

Y entonces comienza el gran «sacramento contemporáneo» de la corrupción: yo confieso, yo estaba allí, yo entregué el dinero, yo recibí la llamada, yo sabía, yo firmé, yo obedecí. A chirona, esa es la penitencia que pone el Juez, con eximentes para el delator, el confesor.

La diferencia es que en ese confesionario la absolución no la concede un sacerdote. La negocian abogados, fiscales y jueces. Y tampoco siempre sabemos dónde termina el arrepentimiento y dónde comienza la conveniencia.

Porque confesar no significa necesariamente arrepentirse. A veces significa simplemente haber comprendido que ya no compensa seguir callando. Yo, en particular, no concibo la confesión sin el arrepentimiento.

Pero sería demasiado fácil convertir el yo confieso únicamente en un inventario de miserias. La vida corriente está llena de confesiones que nunca pronunciamos. Todos guardamos alguna habitación cerrada con errores que nadie conoce. Cobardías diminutas: una llamada que no hicimos, alguien a quien abandonamos cuando necesitaba que nos quedáramos, una mentira innecesaria, una infidelidad quizá nunca descubierta, una humillación que infligimos y que el humillado probablemente recuerda mucho mejor que nosotros. También decisiones equivocadas cuyas consecuencias sólo conocemos nosotros.

No todos nuestros errores tienen víctimas. Algunos únicamente nos tienen a nosotros. Y ésos también pesan.

Tolstói convirtió Confesión en la narración de una crisis radical de sentido. Dostoievski (a quien hay que leer con un experto en psicopatías cercano) hizo algo todavía más incómodo en Memorias del subsuelo: dejó hablar a un hombre desde sus contradicciones, su resentimiento y su conciencia hasta obligarnos a reconocer zonas que preferiríamos atribuir exclusivamente a otros.

La literatura lleva siglos haciendo precisamente eso: abrir el confesionario.

Pero existe otro yo confieso del que hablamos mucho menos y posiblemente sea más importante.

Yo confieso que alguna vez fui generoso cuando nadie estaba mirando, confieso que ayudé a alguien y nunca lo conté, que fui leal cuando habría resultado más rentable no serlo, que tuve miedo y aun así seguí adelante. Que cuidé y perdoné. Que renuncié a cosas para que otros pudieran tenerlas. Que alguna vez fui mejor persona de lo que yo mismo esperaba. Que quise y amé. Que quiero y amo.

Nos cuesta reconocer esas cosas. Hemos aprendido que admitir nuestros defectos puede parecer humildad, pero reconocer nuestras virtudes corre el riesgo de parecer vanidad, y es absurdo. Porque conocerse no consiste únicamente en localizar nuestras zonas oscuras. También significa reconocer la luz para que los demás la vean y les ayude a guiarse.

El filósofo renacentista Michel de Montaigne, en sus Ensayos, se observó sin pretender convertirse en santo ni en héroe. Sus contradicciones eran precisamente la materia del libro. Ahí está una de las formas más inteligentes de confesión: mirarse sin absolverse de forma constante, pero tampoco condenarse siempre.

Es aceptar lo que uno es. Yo confieso que me miro y me examino cada día. Tengo un espejo interior en el que me veo, pero por ahora no me da consejos. Sólo le pido a Dios que me ponga unas miguitas de pan en el camino. Uno tropieza con tanta facilidad que esta petición es poca.

Por eso me interesa el vacío y el silencio de esta fotografía. No sabemos quién se confiesa, ni siquiera sabemos quién escucha y sólo vemos una mano. Y esa ausencia convierte el confesionario en algo universal. Cualquiera puede ocupar el espacio vacío. Yo. Usted. Un político. Un corrupto. Un enamorado. Un padre.

La fotografía no nos proporciona la confesión. Nos obliga a inventarla y al hacerlo ocurre algo incómodo: terminamos pensando inevitablemente en la nuestra. Quizá por eso el verdadero centro de la imagen no sea la mano iluminada del sacerdote. Quizá esté precisamente donde no hay nadie. En ese rectángulo negro detrás de la madera. En todo aquello que no vemos. En lo que no decimos. En las pequeñas culpas que hemos aprendido a transportar sin que pesen demasiado y en las virtudes que escondemos porque nos enseñaron que hablar bien de uno mismo es una forma de soberbia.

Con los años uno descubre que vivir consiste también en hacer las paces con ambas cosas: con aquello de lo que no estamos orgullosos y con aquello de lo que sí deberíamos estarlo. No sé qué se dijo dentro de aquel confesionario ni quiero saberlo.

La fotografía funciona precisamente porque el secreto permanece intacto.

Sólo quedó aquella mano y el resto lo ponemos nosotros.

Y quizá, frente a ella, cada uno pueda terminar en silencio una frase que lleva acompañándonos desde hace siglos:

Yo confieso que…