Pedro III el Grande en el collado de las Panizas por Mariano Barbasán (1891)

Detalle de Pedro III el Grande en el collado de las Panizas por Mariano Barbasán (1891)

El desafío de Burdeos y Pedro III de Aragón «el Grande», quien salvó su honor y el de «toda España»

Al aceptar el ofrecimiento del reino de Sicilia, Aragón iba a combatir a solas con los dos grandes poderes de la época: la monarquía francesa y la Santa Sede

Si alguna dinastía ha sido decisiva para el devenir de España fue el «Casal de Barcelona». Los descendientes de Ramón Berenguer IV y Petronila de Aragón constituyeron un grupo de príncipes cuya actuación conformó el eje sobre el que giró la historia, hacia la recuperación de lo que los pueblos de España llevaban anhelando 500 años. Pedro II en las Navas de Tolosa y Jaime I con su actividad incansable, fueron caudillos imprescindibles para entender cómo se articuló el conjunto hispánico hacia el destino que le esperaba. Pedro III no fue menos decisivo.

Aunque Aragón había culminado su parte de la Reconquista, Pedro siguió considerándose un caudillo de la cristiandad. Colaboró activamente con el resto de los reinos peninsulares especialmente en los enfrentamientos que se sucedían en el entorno del estrecho, mientras la flota aragonesa se convirtió en la principal fuerza cristiana contra la piratería islámica que tenía sus bases en la costa berberisca.

El reino de Nápoles y Sicilia

Pero la principal empresa de su reinado fue el enfrentamiento con la poderosa Francia, la potencia hegemónica de la cristiandad. Existían muchos motivos para tal enfrentamiento, pero el fundamental, lo constituyó la intervención francesa en Italia para conseguir que Carlos de Anjou conquistase el reino de Nápoles y Sicilia, tras exterminar a los herederos de la dinastía Hohenstauffen, legítima propietaria de la corona siciliana. Los emigrados de Sicilia encontraron refugio en la corte aragonesa bajo la protección de la siciliana Constancia de Hohenstauffen, hija del asesinado rey Manfredo, casada años antes con el rey Pedro III de Aragón. Personalidades tan significativas como Juan de Prócida o Roger de Lauria convirtieron Valencia en un centro político gibelino desde donde se alentó el creciente desasosiego de la isla, que cuajó en la rebelión de las vísperas sicilianas en 1282.

Los rebeldes consiguieron expulsar de la isla a los franceses. Tras solicitar infructuosamente la protección del Papa, una representación del parlamento siciliano ofreció la corona al rey aragonés que casualmente estaba combatiendo la piratería musulmana en el ámbito tunecino. Esgrimiendo los derechos hereditarios de su mujer, Pedro aceptó el ofrecimiento y desembarcó en Sicilia, donde fue coronado en la catedral de Cefalú. Aragón iba a combatir a solas con los dos grandes poderes de la época: la monarquía francesa y la Santa Sede.

Restos de Pedro III

Restos de Pedro III

Pedro derrotó la tentativa de reconquista de los angevinos. La furibunda reacción del Papa, que excomulgó al rey aragonés, puso en entredicho sus estados y proclamó una cruzada contra ellos, provocó un durísimo conflicto en el que las armas aragonesas se impusieron una y otra vez. Hubo hitos, como la destrucción de un potente ejército francés que había invadido Cataluña. Fue contundentemente derrotado por Don Pedro en el coll dels Panissars. O las continuas victorias del almirante Roger de Lauria contra las marinas coaligadas de Francia, Napoles y las repúblicas italianas.

Volviendo al principio, hubo una oportunidad de resolver el conflicto evitando tan larga Guerra. En diciembre de 1282 el francés desafío a Pedro III a un duelo a muerte. Debería enfrentar a ambos monarcas acompañados cada uno de cien caballeros. Tendría lugar en Burdeos, en junio de 1283 bajo la supervisión del rey de Inglaterra. La noticia se extendió con rapidez por toda Europa. Los aliados del rey y sus consejeros le instaron a rechazar el desafío, que consideraban, con razón, una trampa. El Papa llegó a amenazar con la excomunión a los contendientes si no suspendían el enfrentamiento. Pedro rechazó todas las presiones con un significativo argumento: «un caballero español no podía rechazar tal desafío sin menoscabo de su honra».

Ser español como identidad y prestigio

El artero príncipe francés había calculado que o bien Pedro no acudía, con lo que el resultaría triunfador por incomparecencia, o bien sería capturado por los franceses si cometía la ingenuidad de acudir. Aunque Pedro era consciente de los riesgos que iba a correr decidió no evitarlos. En los archivos de la corona de Aragón se encuentra una carta a uno de sus amigos al que pide que le acompañe en tan peligroso viaje para salvar su honor y el de «toda España». Atravesó disfrazado de escudero el territorio francés y se presentó a las nueve de la mañana en el lugar y la fecha convenidos, citando al senescal de Gascuña para dejar constancia de su presencia. Luego volvió a su reino bajo protección castellana. Carlos de Anjou no compareció hasta el día siguiente.

La gallardía que demostró Don Pedro es, al menos, tan significativa como la insistencia en su condición de español como signo de identidad y de prestigio. No es un caso aislado. Existe múltiples pruebas de que los habitantes de la Península y sus élites políticas y religiosas eran conscientes de su origen histórico común y se reconocían en una unidad de destino compartida bajo el rótulo de España. A pesar de las divisiones político–dinásticas. Y a pesar de que corrientes historiográficas ideologizadas pretendan borrar de nuestra historia algo que no les interesa.

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