La Valeta, capital de Malta

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Malta antes de la agricultura: el hallazgo que cambia la historia de sus primeros pobladores

Aquellos malteses demuestran que muchas de las capacidades que tendemos a asociar a las sociedades productoras eran anteriores a la agricultura

En el 6.500 a.C., cerca de un milenio antes de que llegaran a Malta las primeras comunidades agrícolas, grupos de cazadores-recolectores estaban utilizando ya aquella pequeña isla del Mediterráneo. Lo sabemos gracias a las excavaciones de Latnija, en el norte de Malta.

Y un nuevo estudio publicado el pasado 28 de julio en PNAS Nexus acaba de añadir una pieza fundamental a aquella historia: Malta podía alimentar a un cierto número de personas, pero era demasiado pequeña para mantener durante un milenio una población humana aislada y demográficamente viable.

Aquellos hombres tuvieron que seguir relacionados con otros grupos, probablemente de Sicilia, realizando repetidamente travesías de más de entre ochenta y cien kilómetros de mar abierto.

La noticia habla de navegación y de su conocimiento, pero, en el fondo, habla de comida. Y quizá también de algo que hemos comprendido mal durante demasiado tiempo: de cómo vivían los últimos cazadores-recolectores mediterráneos, en ese fin de ciclo del que se nos escapan muchos detalles. Quizás hemos heredado una imagen bastante miserable de ellos, lo que no siempre se corresponde con la realidad.

La arqueología ha ido desvelando una historia mucho más compleja, y Latnija es un buen ejemplo. Allí no aparece la dieta monótona de una población condenada a arrancarle penosamente unas pocas calorías a una tierra ingrata. Los arqueólogos han recuperado restos de ciervos, aves y miles de moluscos marinos –unos 10.000 ejemplares hasta ahora–, junto con tortugas y peces como los meros además de cangrejos, erizos de mar e incluso focas.

Toda la fauna identificada en los niveles mesolíticos es impresionante. Y no solo eso, aquella gente utilizaba el fuego en el procesamiento y consumo de alimentos, ya que alrededor de una cuarta parte de los restos estudiados presenta señales de combustión o carbonización.

Hay hogares, cenizas, huesos fracturados y huellas del trabajo humano sobre los animales, es decir, estamos ante acciones planificadas de captura y transporte de piezas y de elaboración y consumo. El ciclo completo en una versión sencilla.

Tampoco conviene convertirlos en pescadores románticos instalados frente al Mediterráneo y disfrutando de su abundancia. Los recursos terrestres, especialmente el ciervo, tuvieron un peso fundamental en su alimentación; peces, crustáceos y mamíferos marinos aparecen en proporciones menores.

La recolección en el entorno completaba su alimentación, ya que en la isla crecían gramíneas silvestres, pequeñas leguminosas y otras herbáceas; se han encontrado sus semillas carbonizadas, aunque no podemos asegurar que todas fueran consumidas.

Era un mundo alimentario complejo, y para habitarlo correspondía conocerlo, porque un cazador-recolector no esperaba simplemente a que apareciera algo que comer. Tenía que saber dónde y cuándo encontrarlo, porque según la época del año, esos recursos aparecían o no.

Al igual que sucede con las plantas, los animales también tienen sus ciclos, se desplazan y se reproducen, también las aves aparecen o desaparecen según la época del año, el mar cambia y determinadas zonas de costa resultan más productivas en unos momentos que en otros. El territorio entero se convierte así en una especie de despensa cuyos anaqueles no están abiertos simultáneamente, hay que saber qué y cuando.

El nuevo modelo calcula que, en época mesolítica, las islas maltesas podían sostener aproximadamente entre 144 y 170 cazadores-recolectores, suficientes para ocupar y explotar el territorio, pero insuficientes para constituir a largo plazo una población humana completamente aislada.

Y esta es la verdadera paradoja de Malta: una tierra aprovechable desde el punto de vista de la alimentación y, sin embargo, demasiado pequeña para vivir solos. Por eso el mar adquiere otro significado, no era únicamente el lugar del que se obtenían peces o moluscos.

Era una prolongación del territorio alimentario y social. Había que cruzarlo para mantener relaciones con otros grupos, intercambiar conocimientos y probablemente personas, renovar vínculos y acceder a recursos que faltaban en la isla. La presencia humana durante aproximadamente un milenio resulta difícil de explicar sin viajes marítimos repetidos. Sicilia, cuya población potencial de cazadores-recolectores era enormemente mayor, habría conformado posiblemente el otro extremo de esa relación.

De repente, el hombre que mira desde Sicilia hacia Malta deja de parecernos un aventurero excepcional, y puede ser alguien que conoce el camino. Alguien que sabe que al otro lado hay alimento, pero también personas.

Que calcula los vientos y que recuerda un lugar donde desembarcar. Que sabe dónde encontrar agua, dónde encender el fuego y dónde buscar animales. Alguien que quizá realiza un viaje que otros hicieron antes y que otros repetirán después.

Eso cambia bastante nuestra imagen del Mesolítico mediterráneo, y, claro, también permite mirar de otra manera la posterior revolución agrícola. Porque, en un paso posterior, cuando los agricultores llegaron a Malta, hace 7.400 años, introdujeron algo extraordinario: plantas cultivadas, animales domésticos y una economía agropecuaria capaz de producir alimentos de una manera diferente.

Comenzaba entonces otro ciclo cultural y alimentario y con él, cambios estructurales en la dieta. Las poblaciones posteriores dependieron mucho más del mundo terrestre, del ganado y de las plantas, mientras que aquella intensa relación mesolítica con determinados recursos marinos disminuyó de forma notable.

No sabemos si existió una transmisión directa de conocimientos entre los últimos cazadores-recolectores malteses y los primeros agricultores. Pero históricamente sí existe una continuidad profunda entre ambos mundos: la agricultura se construyó sobre una capacidad humana desarrollada durante milenios, la de comprender que comer significa vivir dentro de ciclos naturales, la de desarrollar habilidades y conocimiento técnico.

Aquellos malteses demuestran que muchas de las capacidades que tendemos a asociar a las sociedades productoras eran anteriores a la agricultura.

Tras ese tiempo de cazadores-recolectores un ciclo terminaba y otro amanecía, el de la agricultura. Por eso tampoco deberíamos imaginar el Neolítico como el instante en que el hombre deja súbitamente atrás una existencia de penuria y descubre la abundancia. El cambio fue mucho más extraordinario y, a la vez, más ambiguo.

La agricultura permitió alimentar concentraciones humanas mayores, acumular y almacenar determinados productos y, finalmente, sostener aldeas cada vez más grandes. Pero sustituyó también una economía extraordinariamente diversificada por otra mucho más dependiente de unas pocas especies elegidas.

Y cuando llegaron los agricultores encontraron una isla con vida y actividad. Aquellos cazadores malteses ya habían utilizado el fuego, explotado la fauna, seleccionado lugares de habitación y alterado durante siglos los ecosistemas insulares. La agricultura no inauguró la relación humana con aquel paisaje, pero sí cambió su escala y su intensidad.

Quizá por eso el descubrimiento de Malta merece incorporarse a una historia de la alimentación, porque detrás de aquellas travesías hay una interesante forma de entender la supervivencia.

Después llegarían el trigo, los animales domésticos, las cosechas, los graneros y aquella formidable transformación neolítica.

Pero esta investigación nos dice que las sociedades humanas complejas no comenzaron de repente con el primer surco. Mucho antes de cultivar la tierra, germinaba el nuevo ciclo entre los seres humanos, que ya habían aprendido algo esencial: que para comer había que conocer los ciclos naturales y el territorio.

En Malta, además, habían aprendido que ese territorio podía continuar más allá de la costa, y que su supervivencia involucraba la navegación.

La agricultura no apareció sobre una humanidad que desconocía cómo organizar su alimentación, sino sobre sociedades que llevaban milenios resolviendo el mismo problema –cómo asegurar comida a lo largo del tiempo– mediante estrategias extraordinariamente complejas. El Neolítico no inventó el ciclo alimentario: inauguró una nueva etapa con diferentes formas de gobernarlo.

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