El comandante Neila, con la Cruz de San Fernando, en Cuba en 1898

¿Más se perdió en Cuba?

En la España actual puede establecerse un paralelismo de sensación de derrota como la de 1898

«Más se perdió en Cuba». Pocas frases resumen mejor esa manera tan española de enfrentarnos a la desgracia: si algo sale mal, perdemos dinero, un proyecto se hunde o la vida decide torcerse más de lo previsto, siempre queda Cuba. Más se perdió allí. Y, según una de las coletillas que acompañaron durante años a la expresión, «volvieron cantando».

Lo que hoy utilizamos casi como una frase de abuela nació, sin embargo, de una tragedia nacional. Porque en Cuba se perdió muchísimo. Hombres, dinero, barcos, mercados y territorios. España perdió Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam y, sobre todo, puso punto final a cuatro siglos de imperio ultramarino. El llamado Desastre del 98 fue una derrota militar, pero terminó siendo algo bastante más profundo: una crisis de conciencia nacional.

Han pasado 128 años y España, naturalmente, no está en 1898. No hay una guerra colonial ni una escuadra estadounidense esperando frente a Santiago de Cuba. Las comparaciones históricas funcionan cuando ayudan a comprender el presente, no cuando retorcemos los acontecimientos para hacerlos coincidir. Pero hay algo de aquel tiempo que sí merece nuestra atención desde un punto de vista histórico.

España terminó este agosto de 2026 en una situación política e institucional difícil de despachar como una sucesión de contratiempos. La crisis migratoria de Ceuta ha obligado a activar mecanismos excepcionales de Seguridad Nacional y ha provocado contradicciones dentro del propio Gobierno sobre las advertencias previas de los servicios de inteligencia. A ello se suman las investigaciones judiciales que afectan al entorno político y personal del presidente del Gobierno, el enfrentamiento político permanente y unas instituciones sometidas desde hace años a una tensión creciente.

Cada asunto tiene naturaleza propia. Pero los ciudadanos no viven la realidad en compartimentos estancos, sino de forma acumulada y es aquí donde puede establecerse un paralelismo de sensación de derrota como en 1898.

Los grandes desastres históricos nunca aparecen una mañana llamando educadamente a la puerta sino que son el resultado de años en los que se acumulan los problemas, se normalizan las anomalías, se aplazan las decisiones difíciles y se confía en que aquello que hoy puede parchearse no termine mañana convertido en algo mucho más serio.

Un país que llevaba décadas avisado

El siglo XIX español había sido una sucesión agotadora de guerras, revoluciones y pronunciamientos. A la Guerra de la Independencia siguieron la pérdida de la mayor parte de la América continental, las guerras carlistas, el turbulento reinado de Isabel II, la Revolución de 1868, Amadeo de Saboya y una Primera República que apenas duró once meses.

La Restauración borbónica pretendió acabar con aquella inestabilidad. Antonio Cánovas del Castillo diseñó un sistema político basado en la Constitución de 1876 y la alternancia entre conservadores y liberales. Sobre el papel había elecciones; en la práctica, el turno descansaba en buena medida sobre el caciquismo, el encasillado y la manipulación electoral. El sistema proporcionó estabilidad, pero debajo permanecían enormes problemas sociales y económicos. La industrialización avanzaba de manera desigual, buena parte de España seguía siendo agraria y crecían el movimiento obrero, el socialismo y el anarquismo.

Y, además, estaba Cuba. La isla era uno de los últimos grandes restos del imperio americano y tenía una enorme importancia económica y sentimental. Pero llevaba décadas avisando. Entre 1868 y 1878 se había librado la Guerra de los Diez Años; poco después llegó otra insurrección y en 1895 comenzó definitivamente la guerra que conduciría al desastre. España envió decenas de miles de soldados, pero las enfermedades tropicales provocaron muchísimas bajas y mantener un ejército al otro lado del Atlántico suponía una enorme sangría económica.

Por supuesto, el contexto histórico internacional también había cambiado muchísimo y esto es fundamental para entender 1898. España seguía contemplando Cuba desde la memoria de su pasado imperial mientras Estados Unidos la contemplaba desde la lógica de su futuro. La joven república norteamericana había experimentado un crecimiento territorial, demográfico, industrial y económico extraordinario. Había llegado al Pacífico y comenzaba a proyectarse fuera de sus fronteras. Cuba estaba a apenas 150 kilómetros de Florida, tenía un enorme valor económico y ocupaba una posición estratégica privilegiada en el Caribe.

Humillación intolerable

La correlación de fuerzas había cambiado dramáticamente. España había sido durante siglos una de las grandes potencias mundiales y a finales del XIX ya no lo era mientras que Estados Unidos estaba a punto de serlo.

Quien conocía perfectamente aquella diferencia era el almirante Pascual Cervera. Antes de la guerra dejó por escrito sus dudas sobre las posibilidades españolas. Conocía el estado de los barcos, la escasez de recursos y la superioridad del adversario. La cuestión no era solamente si España podía ganar aquella guerra, sino si podía permitirse políticamente no librarla. Ceder Cuba ante la presión estadounidense sin combatir habría sido considerado una humillación intolerable. Gobierno, oposición, prensa y buena parte de la opinión pública estaban atrapados en una concepción del honor nacional que hacía extraordinariamente difícil reconocer la realidad.

Entonces, el 15 de febrero de 1898, explotó el acorazado estadounidense Maine en el puerto de La Habana. Murieron 266 hombres. Nunca se demostró que España hubiese provocado la explosión, pero para entonces casi daba igual. La prensa amarilla norteamericana encontró el relato que necesitaba y Washington la ocasión para intervenir definitivamente y la guerra fue fulminante. El 1 de mayo, la escuadra española de Filipinas fue destruida por George Dewey en Cavite. El 3 de julio llegó el desastre definitivo: la escuadra de Cervera salió del puerto de Santiago de Cuba y fue prácticamente aniquilada por la estadounidense.

El Tratado de París del 10 de diciembre certificó la derrota. España renunció a Cuba y cedió Puerto Rico y Guam a Estados Unidos. Filipinas pasó también a manos estadounidenses a cambio de veinte millones de dólares. Al año siguiente España vendió a Alemania las Carolinas, Palaos y las Marianas que todavía conservaba. En unos meses se había liquidado lo que quedaba del gran imperio ultramarino. No cabía mayor desastre. Todo los esfuerzos iniciados por los Reyes Católicos y logrados por los Austrias, perdidos.

Cuando España se miró al espejo

Sin embargo, existe un error frecuente al imaginar el 98 como una España entera hundida inmediatamente en la desesperación. El régimen de la Restauración sobrevivió, la monarquía no cayó y tampoco hubo una revolución. Incluso parte de los capitales repatriados desde las antiguas colonias terminaron reinvirtiéndose en la Península.

El verdadero 98 fue sedimentándose después porque aquella derrota abrió una pregunta mucho tremenda: ¿cómo había podido España llegar hasta allí? Intelectuales, periodistas y políticos comenzaron a mirar hacia dentro. Joaquín Costa resumió aquella necesidad de transformación en una palabra que definiría toda una corriente política e intelectual: regeneración. Su «escuela y despensa» condensaba una idea mucho más amplia. España necesitaba educación, modernización económica, reformas y una clase dirigente capaz de enfrentarse a los problemas reales del país. El desastre dejó entonces de ser solamente Cuba, ya también alcanzaba al sistema político, al caciquismo, a la educación, el atraso de amplias zonas del país y la distancia entre la España oficial y la España real. ¿Les resulta familiar? Quizás esta sea la gran enseñanza del 98.

Naturalmente, la España de 2026 no es aquella. Somos una democracia integrada en la Unión Europea y la OTAN, una economía desarrollada y un país incomparablemente más próspero y protegido socialmente. Nuestros problemas tampoco comenzaron este verano. España soporta una deuda pública gigantesca, dificultades estructurales de acceso a la vivienda, una natalidad extraordinariamente baja, una creciente presión demográfica sobre las pensiones y problemas de productividad. A ello se añade ahora una grave crisis migratoria y de seguridad y un deterioro de la confianza institucional que debería preocuparnos independientemente de a quién votemos. Una crisis nacional no exige que todo se derrumbe simultáneamente. A veces comienza cuando suficientes cosas importantes funcionan mal al mismo tiempo y una parte de la sociedad empieza a desconfiar de la capacidad de quienes deberían solucionarlas.

En 1898 también continuaba funcionando la España oficial. Había Gobierno, Cortes, Constitución, elecciones y Administración. El régimen de la Restauración sobrevivió al desastre otros veinticinco años porque los sistemas políticos no suelen anunciar su agotamiento con una sirena. Sin embargo, aquellos hombres, al menos, acabaron preguntándose qué había fallado. Quizá esa sea también la pregunta que deberíamos hacernos nosotros.

«Más se perdió en Cuba», seguimos diciendo cuando algo sale mal y es verdad. En Cuba perdimos muchísimo, pero la enseñanza del 98 no debería servirnos para consolarnos pensando que siempre hubo tiempos peores. Debería recordarnos que los países también pueden acostumbrarse a sus problemas, minimizar las señales y posponer las reformas mientras se convencen de que todo sigue razonablemente bien hasta que un día descubren que no y entonces solo queda preguntarse cómo demonios hemos llegado hasta aquí.