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Llegada de la infanta Eulalia de Borbón a La Habana, Cuba, el 8 de mayo de 1893.

Llegada de la infanta Eulalia de Borbón a La Habana, Cuba, el 8 de mayo de 1893.

Dinastías y poder

Cuando la infanta Eulalia anticipó la pérdida de Cuba antes del desastre del 98

Era el año 1893 cuando la infanta se dispuso a cruzar el Atlántico en la que sería la primera visita de Estado de un miembro de la Familia Real española a territorios americanos

Fue el primer miembro de la Familia Real española en visitar oficialmente tierras americanas. La infanta Eulalia —hija menor de Isabel II y hermana de Alfonso XII— llegó a Puerto Rico y Cuba cuando todavía eran provincias españolas, aunque ya en días de revueltas que aventuraban una insurrección en las Antillas.

Desde entonces, solo el malogrado Alfonso de Borbón y Battenberg —ya despojado del título de Príncipe de Asturias y convertido en conde de Covadonga—, el conde de Barcelona en 1948, el emérito don Juan Carlos y el Rey Felipe VI han visitado la isla del Caribe, que durante más de cuatro siglos fue la preciada perla del imperio colonial español.

Era el año 1893 cuando la infanta Eulalia de Borbón se dispuso a cruzar el Atlántico en la que sería la primera visita de Estado de un miembro de la Familia Real española a territorios americanos. En esos días, la regencia de María Cristina de Habsburgo tenía que hacer frente a una ofensiva anarquista que comenzaba a sembrar de terror los campos y ciudades, mientras los regionalismos periféricos de corte catalán, vasco y gallego ganaban simpatías entre los españoles.

Sagasta y Cánovas todavía se disputaban los gobiernos turnistas de la Restauración, viendo cómo se empezaban a alzar con voz potente los gritos a favor de la independencia colonial. En ese contexto, y en una corte mayoritariamente femenina, la infanta Isabel, la Chata, podía parecer la designada para encabezar esta primera «comitiva regia» de representación institucional a las Américas.

Sin embargo, su carácter excesivamente protocolario y la intachable rigidez política de la cuñada mayor de la regente hizo que la balanza se inclinase hacia la bella Eulalia: joven, pues contaba entonces con apenas 28 años, sin duda atractiva y con mayores posibilidades de apaciguar el carácter festivo de los caribeños. Llevaba unos años casada, aunque infeliz, con su primo Antonio de Orleáns, pero Eulalia no era una más.

La infanta española decidió informarse de la verdadera situación de la isla antes de emprender su viaje y se entrevistó en Madrid con el líder insurrecto cubano, general Calixto García, que llevaba unos meses en España. El encuentro sentó como un jarro de agua fría entre los férreos partidarios de la unión. Lo cuenta en su libro Memorias de doña Eulalia de Borbón, publicadas por primera vez en París en 1935, con notable éxito editorial.

La regia expedición, integrada por el duque de Orleáns, el duque de Tamames y de Veragua, la marquesa de Arco Hermoso, una dama de honor y el secretario particular de la pareja, Pedro Jover, partió del puerto de Santander e hizo escala en las islas Canarias, que, por vez primera, recibían la visita de personas de la Casa Real.

Llegaron a San Juan de Puerto Rico el 5 de mayo de 1893, aunque el foco de interés de la visita estaba en La Habana. Eulalia, siempre atrevida, retó a propios y extraños al desembarcar del crucero con un delicado vestido de satén azul y blanco ribeteado con una cinta de terciopelo rojo. Eran los colores de la bandera de los mambises, lo que causó máxima sorpresa entre las autoridades civiles y militares que la recibían en el muelle. O al menos eso es lo que relató a su madre, la reina Isabel, exiliada en París, en las cartas que casi a diario le remitía dando cuenta de sus sensaciones en la isla.

La infanta Eulalia de Borbón a caballo en el patio central del Palacio de los Capitanes Generales en La Habana, Cuba

La infanta Eulalia de Borbón a caballo en el patio central del Palacio de los Capitanes Generales en La Habana, Cuba

La prensa cubana se volcó con su distinguida huésped y son múltiples las informaciones que podemos leer en La Habana elegante o El Diario de la Marina sobre la buena impresión que la infanta causó entre la sociedad criolla galante y hacendada. Pero Eulalia, intuitiva, percibió desde el primer momento los aires levantiscos de una revolución en ciernes.

Le pareció que estaba todo perdido. Bailes, un programa de visitas a una fábrica de tabacos, un hospital y múltiples recepciones la hicieron sospechar «que nuestra causa estaba perdida definitivamente».

Eulalia de Borbón dejó Cuba el 17 de mayo para continuar su viaje hacia Estados Unidos, donde sería recibida por el presidente Cleveland con motivo de las conmemoraciones organizadas por el cuarto centenario del descubrimiento de América. Visitó Nueva York, Washington y también Chicago, donde fue la invitada de excepción de la Exposición Universal que se estaba celebrando. Regresó a España a finales de mes.

Terminaba un viaje exitoso del que embajadores y políticos alabaron la innata capacidad diplomática de la española. Sin embargo, faltaba poco para que se cumplieran las profecías de la infanta: en 1895 comenzaba una guerra que terminaba con la independencia de la isla en 1898. Era el comienzo del «desastre» y el hundimiento del Maine, la puntilla de un año trágico para la historia española.

Se iniciaba también el particular calvario de Eulalia que, oficialmente separada de su marido y tras el fallecimiento de su madre en París en 1904, se vio progresivamente relegada de sus tareas institucionales e incomprendida por la todavía rígida corte española.

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