La Infanta Isabel visitó la Argentina con motivo del Centenario, en mayo de 1910
Dinastías y poder
El viaje que reforzó la hispanidad: así fue la misión diplomática de la infanta Isabel en Argentina
La visita se convirtió en un éxito diplomático que resucitó el sentimiento de hispanidad en el corazón de América
Desde el siglo XIX, los Borbones han sabido aprovechar su tirón para mantener vivos los lazos que nos unen con América. Ya lo hizo la infanta Eulalia en 1893, cuando viajó a Cuba y Puerto Rico, todavía provincias españolas, en un intento desesperado por reforzar los nexos con la península.
Fue una decisión de la entonces regente María Cristina de Habsburgo, en una apuesta por su cuñada que no salió del todo bien. Años después, Alfonso XIII decidió enviar a su tía y madrina, la popular infanta Isabel, la Chata, a la Argentina. Iba a celebrarse el primer centenario de la Independencia, y España, en un intento de proyectar su presencia internacional en días de rivalidades imperialistas, no podía quedarse atrás. Esta vez, la estrategia funcionó: la visita se convirtió en un éxito diplomático que resucitó el sentimiento de hispanidad en el corazón de América.
La infanta Isabel era la primogénita de la reina Isabel II. Desde que se había quedado viuda, muy joven, se entregó al servicio de la institución y de su familia. Fue un respaldo fundamental para sus hermanas menores, pero sobre todo para el rey Alfonso XIII, quien siempre confió en el buen hacer y sentido dinástico de su tía favorita. Isabel tenía buena prensa por su carácter cercano, aunque, en el fondo, priorizase más que ningún otro Borbón el protocolo y la etiqueta.
José Canalejas, líder del Partido Liberal dispuesto a regenerar el agotado modelo político de la Restauración, fue quien propuso a la infanta viajar a la Argentina. Alfonso XIII accedió de inmediato. La Chata era querida y no estaba en la primera línea dinástica, lo que era aconsejable de cara a las eventuales protestas que se esperaban de los republicanos sudamericanos.
La Infanta Isabel de Borbón y el Presidente de Argentina Figueroa Alcorta, partiendo en carruaje desde la Dársena Norte de Buenos Aires
El 1 de mayo de 1910, la infanta Isabel salió de la madrileña estación de Mediodía con dirección a Cádiz. Ahí embarcó en el impresionante crucero Alfonso XII, de la Compañía Trasatlántica, propiedad del marqués de Comillas, y que incorporaba servicio de telegrafía sin hilos. Con ella viajaban la marquesa de Nájera y su secretario particular, Alonso Coello. En el momento de levar anclas, Isabel cursó un escueto despacho a su sobrino: «Al zarpar para Buenos Aires, saludo a mi rey y a mi patria. Isabel». Por delante le esperaban quince días de travesía, que realizó en unas cómodas dependencias privadas compuestas por dormitorio, salón, despacho, vestidor y cuarto de baño.
La expedición hizo parada en Cabo Verde y, el 18 de mayo, el crucero entró en el puerto de Buenos Aires: salvas de artillería y embarcaciones engalanadas, desde las que estallaban vítores y aplausos, dieron la bienvenida a su llegada. Cuando Isabel puso pie en tierra, las músicas entonaron la Marcha Real. En el muelle la aguardaba el presidente argentino, José Figueroa Alcorta. Juntos recorrieron en un landó descubierto el camino hasta la Casa Rosada, donde la infanta saludó desde el balcón central a una multitud entusiasta, compuesta en su mayoría por emigrantes que no habían olvidado a su patria.
La infanta Isabel se alojó en el palacio de Bary, en la zona más noble de la ciudad, junto al parque de Palermo, y durante los días que estuvo en Argentina desarrolló, pese a que empezaba a tener una edad, una actividad frenética: bailes, inauguraciones de monumentos, exposiciones de ganaderías y hasta un concurso hípico.
«La presencia de su alteza constituye para la nación bonaerense el mayor motivo de regocijo», manifestó Figueroa Alcorta. Una mañana, desde el balcón de su dormitorio, la infanta Isabel pudo ver un multitudinario desfile de españoles que acudían a rendirle homenaje: orfeones, círculos regionales, sociedades con estandartes y banderas. ¡Hasta los catalanes agitaban sus barretinas ante su paso! Desde algunos días atrás, El Diario Español, de lectura obligada para los emigrantes, venía haciendo un llamamiento a los españoles para homenajear así a su querida infanta.
Visita de la Infanta Isabel de Borbón a la estancia «San Juan» de Don Leonardo Iraola, 1910
Isabel y su comitiva pudieron disfrutar de la vastedad del campo argentino en la visita a una de las mejores haciendas del país, la estancia San Juan. También participó en la gran fiesta nacional argentina, presidió una ceremonia religiosa en la catedral de Buenos Aires e hizo una excursión a Luján para colocar, a los pies de la popular imagen de la Virgen, una bandera de España. El 30 de mayo, la infanta inauguró los pabellones españoles de la Exposición Internacional y rindió homenaje al busto de Alfonso XIII.
El 2 de junio partieron rumbo a España dejando atrás Puerto Madero y la Argentina. La monarquía había salido reforzada, robusteciendo los lazos de España con la floreciente nación sudamericana. ¡La resurrección de la hispanidad en el corazón de América! El telegrama de bienvenida lo recibió al poco de pisar Santa Cruz de Tenerife. «Recibe nuestra felicitación cariñosa por lo bien que has cumplido la representación que te confié. Te abraza tu sobrino. Alfonso». El día 24, Isabel de Borbón llegaba a Madrid. En la estación la esperaba la Familia Real y el presidente, José Canalejas. La infanta acababa de prestar un importante servicio a España. Hasta el satírico El Motín se descubría ante el éxito del viaje diplomático de la Chata.
El viaje de la infanta Isabel a la Argentina fue mucho más que una visita protocolaria; fue un acto de diplomacia cuidadosamente orquestado que logró estrechar los lazos culturales y emocionales entre España y América en un momento de afirmación nacional. Con su carisma y presencia simbólica, Isabel de Borbón se convirtió en el rostro amable de una monarquía que buscaba su presencia en un mundo en transformación.