Grabado de 1713 en el que se ve el juramento del conseller en jefe de Barcelona, Rafael Casanova

Grabado de 1713 en el que se ve el juramento del conseller en jefe de Barcelona, Rafael Casanova

Qué defendían Rafael Casanova y Barcelona el 11 de septiembre de 1714: la verdad sobre la Diada

Casanova no estaba luchando por la independencia de Cataluña, ni tampoco aquellos hombres que se dejaron la vida defendiendo Barcelona pretendían separarse de España

Barcelona amaneció aquel 11 de septiembre de 1714 sabiendo que probablemente no vería otro amanecer siendo la misma ciudad. Llevaba más de un año sitiada. Las tropas borbónicas habían abierto enormes brechas en las murallas y, de madrugada, después de semanas de bombardeos, comenzó el asalto definitivo.

Las campanas tocaron a rebato y miles de hombres salieron a defender una ciudad exhausta, mientras las tropas de Felipe V avanzaban entre barricadas, casas destruidas y cadáveres.

Entre quienes acudieron a combatir estaba Rafael Casanova, conseller en cap de Barcelona, que recorrió las calles portando la bandera de Santa Eulalia, patrona de la ciudad. Fue herido durante los combates y evacuado. Sobrevivió. Con el tiempo, su figura acabaría convertida en uno de los grandes símbolos del nacionalismo catalán y cada 11 de septiembre las autoridades vuelven a depositar flores ante su monumento.

Cuadro alegórico de la caída de Barcelona

Cuadro alegórico de la caída de Barcelona

Pero Casanova no estaba luchando por la independencia de Cataluña, ni tampoco aquellos hombres que se dejaron la vida defendiendo Barcelona pretendían separarse de España.

Lo que estaba terminando aquel 11 de septiembre era uno de los episodios más dramáticos de una guerra europea, la Guerra de Sucesión española, que también había sido una guerra civil entre españoles. Y lo que defendían los resistentes de Barcelona era, entre otras cosas, sus instituciones y constituciones, pero también a un candidato al trono de España: el archiduque Carlos de Austria.

Para entender cómo hemos llegado hasta aquí hay que retroceder en la historia, concretamente a 1700. Carlos II murió el 1 de noviembre de ese año sin descendencia. Con él se extinguía la rama española de los Habsburgo y se abría un problema que afectaba a toda Europa. ¿Quién heredaría aquella inmensa Monarquía que todavía extendía sus dominios por Europa, América y Asia?

En su testamento, Carlos II había nombrado heredero a Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV de Francia, que llegó a Madrid en 1701 y fue proclamado Felipe V. Pero la posibilidad de que las coronas francesa y española quedasen bajo la influencia de una misma familia alteraba el equilibrio europeo. Inglaterra, las Provincias Unidas y el Sacro Imperio, entre otras potencias, respaldaron entonces a otro candidato: el archiduque Carlos de Austria, hijo del emperador Leopoldo I.

España quedó partida entre dos reyes y aquí empieza una de las grandes simplificaciones que posteriormente se han hecho sobre 1714: no existieron dos bloques perfectamente delimitados, Cataluña frente a España. Hubo territorios y grupos sociales que se inclinaron mayoritariamente hacia uno u otro candidato, pero hubo austracistas en Castilla y partidarios de Felipe V en los territorios de la Corona de Aragón. Era una guerra dinástica, internacional y civil al mismo tiempo.

Cataluña había reconocido inicialmente a Felipe V. El nuevo monarca viajó incluso a Barcelona y juró las Constituciones catalanas ante las Cortes de 1701-1702. Sin embargo, las tensiones con la nueva dinastía, el temor al modelo centralizador borbónico y el avance de la causa austracista fueron cambiando el escenario.

Por qué Barcelona cayó en 1714: no fue una guerra de independencia sino un conflicto dinástico por España

Por qué Barcelona cayó en 1714: no fue una guerra de independencia sino un conflicto dinástico por España

En 1705, el llamado Pacto de Génova selló la alianza de representantes catalanes con Inglaterra y, poco después, Barcelona reconoció al archiduque como Carlos III.

Pero Carlos III ¿de dónde? De España. Ese detalle es fundamental para comprender lo que ocurrió y también para distinguir la historia de la interpretación política que se haría de ella mucho después. Los austracistas no proclamaron una república catalana ni un Estado independiente. Consideraban al archiduque el legítimo monarca de la Monarquía Hispánica y combatieron para colocarlo en el trono que ocupaba Felipe V.

La guerra continuó durante años, con victorias y derrotas para ambos bandos, hasta que un acontecimiento ocurrido muy lejos de Barcelona cambió completamente el tablero. En 1711 murió el emperador José I, hermano del archiduque Carlos. Carlos heredó entonces la dignidad imperial como Carlos VI.

Y las potencias que habían combatido para impedir que un Borbón pudiera acumular demasiado poder comenzaron a preguntarse si sustituirlo por un Habsburgo que reuniese el Imperio y la Monarquía española no supondría exactamente el mismo problema.

Inglaterra perdió interés en continuar la guerra y los tratados de Utrecht de 1713 reconocieron finalmente a Felipe V como rey de España, a cambio de importantes cesiones territoriales y de la renuncia a cualquier futura unión de las coronas francesa y española. El gran conflicto europeo estaba prácticamente terminado, pero Barcelona decidió continuar.

Y ahí comienza la parte más trágica y también más interesante de esta historia. Porque cuando las grandes potencias abandonaron la causa del archiduque, los catalanes que decidieron resistir sabían que sus posibilidades eran mínimas.

Ya no luchaban solo por un candidato dinástico, sino también por conservar un sistema político, unas leyes y unas instituciones que temían –con razón– que Felipe V suprimiría si vencía. El 11 de septiembre de 1714 demostraría que aquel temor no era infundado.

Lo que resulta mucho más difícil sostener, tres siglos después, es que aquella Barcelona estuviera librando una guerra por la independencia de Cataluña. Porque los hombres que defendían sus murallas podían estar combatiendo contra Felipe V, pero eso no significaba que estuvieran combatiendo contra España. En realidad, muchos de ellos creían estar defendiendo otra forma de España y a otro rey para gobernarla.

El asalto al cuerpo principal del lugar (Asalto general del 11 de septiembre de 1714)

El asalto al cuerpo principal del lugar (Asalto general del 11 de septiembre de 1714)

La resistencia fue feroz. Durante horas se combatió dentro de Barcelona, calle por calle, después de que las tropas borbónicas consiguieran penetrar por las brechas abiertas en la muralla. Rafael Casanova cayó herido mientras encabezaba una de las acciones defensivas portando la bandera de Santa Eulalia. Antonio de Villarroel, comandante de las fuerzas catalanas, también resultó herido.

Al mediodía, con miles de muertos y heridos y buena parte de las defensas desbordadas, continuar significaba condenar la ciudad a la destrucción. Barcelona capituló el 12 de septiembre de 1714. Felipe V había ganado.

Y la derrota tuvo consecuencias enormes. Sería tan incorrecto presentar 1714 como una guerra de independencia como minimizar lo que sucedió después. Los Decretos de Nueva Planta modificaron profundamente la organización política de la Monarquía y suprimieron las instituciones propias de los territorios de la Corona de Aragón que se habían opuesto al Borbón.

En Cataluña desaparecieron las Cortes, la Diputación del General y el Consejo de Ciento, y las constituciones catalanas dejaron de articular su sistema político. Felipe V implantó una administración mucho más centralizada siguiendo, aunque no de manera idéntica, el modelo castellano y francés.

Cataluña había perdido una guerra y perdió con ella buena parte del orden institucional que había defendido.

Pero tampoco aquí aparece una Cataluña independiente anexionada por España. Cataluña formaba parte desde hacía siglos de una monarquía compuesta en la que distintos territorios compartían soberano mientras conservaban leyes, instituciones y privilegios propios.

Precisamente eso era lo que estaba en juego: no la pertenencia o no a España en el sentido contemporáneo, sino qué tipo de Monarquía saldría de la Guerra de Sucesión y cuánto poder conservarían sus diferentes territorios frente a la Corona. Entonces, ¿cómo terminó el 11 de septiembre convertido en la fiesta nacional de Cataluña? Para encontrar la respuesta hay que avanzar más de siglo y medio.

Durante buena parte del siglo XVIII y comienzos del XIX, el 11 de septiembre no tuvo el significado político que hoy le atribuimos. Fue el catalanismo cultural y político surgido durante el siglo XIX el que recuperó progresivamente la memoria de 1714. La Renaixença había reivindicado la lengua, la literatura y la historia catalanas y, al hacerlo, buscó también acontecimientos y personajes capaces de representar un pasado colectivo.

Ahí reaparecieron Rafael Casanova y los defensores de Barcelona. En 1886 se celebró en la iglesia de Santa María del Mar una misa en recuerdo de quienes habían muerto durante el sitio. En 1888, coincidiendo con la Exposición Universal de Barcelona, se inauguró una estatua dedicada a Casanova. Y pocos años después comenzaron las ofrendas florales ante su figura. Aquel hombre que en 1714 había defendido Barcelona y las instituciones catalanas dentro de una guerra por la Corona española empezaba a adquirir otro significado.

El proceso no tiene nada de excepcional. Las naciones construyen símbolos, seleccionan episodios del pasado, conmemoran victorias y derrotas y otorgan a determinados personajes una dimensión que muchas veces ellos mismos jamás habrían imaginado. Francia hizo de la toma de la Bastilla uno de sus grandes relatos nacionales; Estados Unidos convirtió su revolución en mito fundacional y España hizo del Dos de Mayo una representación de la resistencia frente al invasor francés.

Toma de la Bastilla, pintado en 1793 por Charles Thévenin, Museo Carnavalet

Toma de la Bastilla, pintado en 1793 por Charles Thévenin, Museo Carnavalet

El problema aparece cuando el símbolo termina sustituyendo a la historia, y esto es lo que ha terminado pasando, porque Rafael Casanova difícilmente podía imaginarse como precursor de la independencia catalana. De hecho, el bando que publicó el 11 de septiembre de 1714 llamando a los barceloneses a la resistencia resulta especialmente revelador.

En él se convocaba a combatir por la libertad del Principado y de la ciudad, pero también por «la libertad de toda España». La expresión no se entiende si intentamos leer el siglo XVIII con categorías políticas nacidas mucho después.

El catalanismo de finales del XIX y comienzos del XX fue otorgando a aquella derrota un significado nacional cada vez más definido. La conmemoración creció, sufrió prohibiciones y reapareció en distintos momentos. Durante la Segunda República adquirió una enorme dimensión política; el franquismo volvió a impedir las celebraciones públicas y, tras la muerte de Franco, el 11 de septiembre regresó con una fuerza extraordinaria.

La Diada de 1977 reunió en Barcelona a cientos de miles de personas reclamando autonomía y el restablecimiento de las instituciones catalanas. En 1980, el recién recuperado Parlament declaró oficialmente el 11 de septiembre Fiesta Nacional de Cataluña. Más de dos siglos y medio habían transcurrido desde aquella mañana de 1714.

Desde entonces, y especialmente durante los años del procés, el significado de la fecha volvió a transformarse. Las multitudinarias manifestaciones independentistas convirtieron durante años la Diada en una demostración de fuerza política. Este 2026, en cambio, la movilización ha vuelto a quedar muy lejos de aquellas cifras. Pero las autoridades siguen depositando flores ante la estatua de Casanova y cada 11 de septiembre la derrota de Barcelona vuelve a ocupar el centro de la vida política catalana.

Homenaje A Rafael Casanova en la Diada de 1914

Homenaje A Rafael Casanova en la Diada de 1914

Nada de eso obliga a restar importancia a lo que sucedió en 1714. Al contrario. Barcelona protagonizó una resistencia extraordinaria; miles de personas murieron; Cataluña perdió sus instituciones históricas y Felipe V aprovechó la victoria para imponer una profunda reorganización política. Pero la historia exige distinguir entre lo que ocurrió y lo que generaciones posteriores decidieron que aquello significaba.

El 11 de septiembre de 1714 no cayó un Estado catalán independiente conquistado por España. Cayó una Barcelona que había apostado por uno de los dos pretendientes al trono español y que, cuando las potencias europeas abandonaron a su candidato, decidió continuar resistiendo para defender unas instituciones y unas libertades que sabía amenazadas.

Tres siglos después, aquella derrota se ha convertido en el gran símbolo nacional de Cataluña. La historia de cómo ocurrió es apasionante. La de cómo fue reinterpretada después quizá lo sea todavía más.

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