'L’Onze de Setembre del 1714', obra de Antoni Estruch (1907)
Educación
Tintes épicos y sesgo nacionalista: así se enseña la Guerra de Sucesión en Cataluña en comparación con Madrid
El riesgo del modelo catalán reside en un profundo anacronismo ideológico
La Guerra de Sucesión, que tuvo lugar entre 1701 y 1715, constituye un punto de inflexión estructural en la historia de España. Originada por la muerte sin descendencia del rey Carlos II, el conflicto enfrentó a dos pretendientes al trono y dos modelos políticos: el archiduque Carlos de Austria y a Felipe de Borbón.
Más allá del relevo dinástico de los Habsburgo a los Borbones, el desenlace supuso un cambio radical de régimen marcado por la implantación del absolutismo monárquico y la promulgación de los Decretos de Nueva Planta tras la caída de Barcelona.
Para un estudiante de 14 años, de 3º de ESO, la comprensión de este fenómeno implica asimilar cómo una disputa dinástica derivó en una conflagración internacional que reconfiguró el mapa europeo mediante el Tratado de Utrecht (1713), alterando las estructuras sociales, los derechos civiles y la vida de las clases populares en la retaguardia.
No obstante –como vimos hace unos días con el caso de la conquista de América– la enseñanza de este episodio histórico sufre una profunda fractura interpretativa dependiendo de la comunidad autónoma donde se imparta, manifestando un abismo pedagógico e identitario entre Madrid y Barcelona.
El Ministerio de Educación, a través del currículo de la LOMLOE, establece unos mínimos comunes. Los objetivos competenciales dictan que el alumnado debe analizar el conflicto desde una triple vertiente. Esto es, una lucha por la hegemonía continental entre el bloque borbónico y la Gran Alianza; el enfrentamiento interno entre una Castilla mayoritariamente borbónica y la Corona de Aragón, predominantemente austricista, y la disputa por el control y monopolio del comercio con América.
La norma estatal exige contrastar los modelos políticos en juego. El absolutismo centralizado y unificado de corte francés de Felipe V frente a la monarquía compuesta, foral y pactista de los Austrias, donde el monarca estaba supeditado a las leyes y fueros de cada reino. Finalmente, insta a investigar el impacto socioeconómico del conflicto en la población civil.
El modelo de Madrid
El currículo de Madrid adopta una perspectiva eminentemente estatal, macroeconómica y geopolítica. El relato escolar se articula en torno a la necesidad histórica de modernización institucional ante la decadencia del Imperio bajo los últimos Habsburgo.
La figura de Carlos II se retrata asociada a un imperio arruinado, fragmentado y paralizado por trabas forales y aduaneras que impedían la recaudación eficiente. El testamento a favor de Felipe de Anjou no se presenta como una imposición, sino como una estrategia de la corte madrileña para buscar el amparo de la potencia más avanzada de la época y evitar la desmembración territorial.
El mariscal Villars liderando la carga francesa durante la batalla de Denain. Óleo de Jean Alaux (1839)
El apoyo castellano a Felipe V se justifica en la búsqueda de un reparto equitativo de las cargas fiscales y militares, mientras que la adhesión de la Corona de Aragón al archiduque Carlos se explica como el temor a perder privilegios y exenciones fiscales de raíz medieval.
El sitio y la caída de Barcelona en 1714 se abordan de forma secundaria, entendiéndose como el epílogo de decisiones tomadas previamente en el plano internacional con el Tratado de Utrecht. Las pérdidas de Gibraltar, Menorca y los territorios europeos se muestran como el sacrificio necesario para la unificación nacional.
Aunque se menciona la abolición de los fueros como castigo a la rebelión, el foco pedagógico se desplaza hacia sus ventajas. Se enseña que la unificación jurídica y la eliminación de aduanas interiores crearon un mercado único moderno y un sistema fiscal más justo, como el catastro en Cataluña. Este proceso se conecta directamente con el Despotismo Ilustrado de Carlos III, el desarrollo cultural y el nacimiento del Estado-nación moderno.
El modelo de Barcelona
En Cataluña, la Guerra de Sucesión no se percibe como una reforma administrativa, sino como el núcleo fundacional de la identidad y memoria histórica catalana, cuyo hito es el 11 de septiembre de 1714.
El siglo XVII no se describe como una etapa de decadencia, sino como el auge de una sociedad comercial dinámica dotada de un sistema constitucional avanzado. Las instituciones locales, como las Cortes, la Generalitat, o el Consell de Cent, se presentan como un precedente de la monarquía parlamentaria moderna, donde el rey no podía legislar sin el consentimiento estamental.
La alianza con Gran Bretaña en el Tratado de Génova (1705) se explica como un acto en defensa de su sistema de libertades frente al absolutismo borbónico.
Además, se otorgan tintes épicos al sitio de Barcelona. Tras el abandono de los aliados internacionales por los acuerdos de Utrecht, las instituciones catalanas, llamadas Brazos Generales, decidieron resistir en solitario. Se ensalzan figuras como Rafael de Casanova o el General Moragas, omitiendo a menudo que los bandos oficiales de Casanova llamaban a luchar por «toda la Nación Española». El asalto final del 11 de septiembre, el hambre y la resistencia de las milicias gremiales, llamada la Coronela, se enseñan como un trauma colectivo que significó la pérdida de la libertad.
Los Decretos de Nueva Planta se definen como el inicio de la opresión nacional. Se subraya la abolición fulminante de las instituciones propias, la persecución de la lengua catalana en el ámbito oficial por derecho de conquista, y la represión física y urbanística, simbolizada en la demolición del barrio de la Ribera para construir la fortaleza de la Ciutadella con el fin de vigilar a la ciudadanía.
La consolidación de ambas enseñanzas
La divergencia de los textos escolares se proyecta e internaliza en el espacio público de ambas capitales. En Madrid la herencia borbónica está naturalizada e integrada en el poder del Estado, resultando invisible como elemento de conflicto para el alumno. Espacios como el Palacio Real o el Paseo del Prado se asimilan como muestras de normalidad estatal y esplendor arquitectónico. La guerra carece de carga emocional contemporánea.
El centro cultural del Born, en una imagen de archivo
En Barcelona el entorno urbano funciona como un espacio de inmersión emocional y reivindicación política. El Born Centre de Cultura i Memòria expone las ruinas de las casas derruidas por Felipe V, mientras que el Fossar de les Moreres, fosa común de los defensores del asedio, rinde culto permanente con un pebetero a quienes no traicionaron a la patria, vinculando emocionalmente al estudiante con el relato histórico a través de la conmemoración de la Diada.
En conclusión
Ambos modelos autonómicos adolecen de graves sesgos condicionados por agendas políticas, los cuales desvirtúan la complejidad científica de los hechos. El peligro del modelo de Madrid, en primer lugar, radica en la validación retrospectiva del autoritarismo estatal.
Al priorizar el progreso y la centralización como motores de la Ilustración, se induce al alumno a justificar la violencia militar, la supresión de derechos tradicionales y el castigo a comunidades enteras como daños colaterales menores. Esto inhabilita la capacidad del estudiante para comprender la legitimidad histórica de las demandas de autogobierno de las periferias, reduciéndolas a anacronismos feudales o egoísmos fiscales.
El riesgo del modelo de Barcelona reside en un profundo anacronismo ideológico. Se proyectan conceptos nacionalistas y democráticos contemporáneos sobre el siglo XVIII, alterando las motivaciones reales. La historiografía demuestra que Rafael de Casanova y los defensores de 1714 no buscaban la secesión ni una república independiente, sino defender sus fueros tradicionales dentro del marco de la monarquía hispánica.
Además, este enfoque oculta la fractura interna catalana, no dando visibilidad a los miles de catalanes que apoyaron fervientemente a Felipe V, los llamados botiflers, instrumentalizando el dolor pasado en favor de proyectos soberanistas actuales.
Tres siglos después las aulas de secundaria siguen funcionando como el verdadero campo de batalla ideológico donde se disputa si la historia de España debe explicarse como el triunfo de una unificación racionalizadora o como el trauma de una libertad aplastada.