La Demencia de Doña Juana (1867), de Lorenzo Vallés
¿La reina Juana de Castilla estuvo realmente «loca»?
La hija de los Reyes Católicos sufrió en soledad los desplantes de su marido, su padre y su hijo, que la condenaron al aislamiento en Tordesillas
La historia de España está marcada por sobrenombres que han definido y estigmatizado los reinados de diferentes soberanos. Por ejemplo, al rey Fernando VII se le denominó «el Rey Felón», a Felipe II «el Rey Prudente», a Carlos II «el Hechizado»; y quizás el apelativo que más ha calado en el imaginario colectivo sea el atribuido a una mujer: Juana de Castilla, quien pasó a la posteridad como Juana «la Loca».
Juana fue una de las hijas de los Reyes Católicos. Culminada la Reconquista en 1492, Isabel y Fernando quisieron tejer una alianza dinástica con los Habsburgo para aliarse contra los Valois franceses. De esta manera, arrancará una vida que pintaba tranquila para la princesa, destinada a vivir alejada de la tutela familiar entre los pastos de Flandes.
Por suerte o por desgracia, rápidamente se enamoró de su marido Felipe –a quien se apodó «el Hermoso»–, a pesar de que no se dignó a recibirla a su llegada al puerto holandés.
Juana I de Castilla por Juan de Flandes
La infanta se casó en la catedral de la ciudad de Lier, elegida para no despertar los celos entre las grandes urbes flamencas. Lo que no sabía la joven archiduquesa aquel 1496 es lo que todavía estaba por llegar. En los sucesivos años morirán en España los siguientes herederos: el infante don Juan y el príncipe Miguel de la Paz.
Por eso, en diciembre de 1501, Juana tuvo que regresar junto a su marido a España para ser reconocida como la próxima reina en unificar por primera vez los reinos de Castilla y Aragón, sin duda un plato muy jugoso para Felipe, quien se vio beneficiado con tal concentración de poder en la figura de su esposa.
En 1504 murió Isabel la Católica y, con el trono vacante, Felipe y Juana volvieron a España para asumir el control de Castilla. ¡Aquí fue cuando el nacido en Brujas comenzó a poner en duda la salud mental de su esposa! Esto se debió, sobre todo, a una trama secreta en la que Juana estuvo a punto de renunciar desde Bruselas a sus responsabilidades concediendo el trono castellano a su padre, Fernando el Católico.
En cuanto se enteró Felipe, dejó de confiar en ella y lo más probable es que comenzara a ver su alianza de una forma más pragmática. Así la utilizó para alzarse como el líder necesario para los castellanos, que, en su mayoría, preferían a Juana como reina antes que a Fernando como rey.
Las infidelidades de Felipe de Austria a su mujer eran conocidas. A pesar de ello, Juana no tuvo inconvenientes en ceder la responsabilidad de la gobernación a su marido, debido a que la política, como se deja entrever en las crónicas de la época, no era algo que la apasionara. El historiador Carlos Belloso asegura que Isabel la Católica despertó la duda sobre su hija en su testamento con la frase: «Si no quisiera o no pudiera reinar».
Felipe usó a Juana y, muy probablemente, durante uno de los dos encuentros que tuvo con su suegro Fernando antes de ser jurado en las Cortes de Valladolid, algo debió ocurrir, porque tan solo un mes después murió en la ciudad de Burgos. Tan solo unos días antes había despojado del poder a los fernandinos, a la sazón partidarios del rey aragonés, para dar a sus aliados castellanos y flamencos los principales puestos de la administración. De hecho, el cronista Lorenzo de Padilla comparte que le sobrevino una violenta fiebre tras jugar a la pelota después de una comida con la nobleza castellana.
Sea como fuere, Juana no se quiso apartar de su marido y paseó con el féretro por los pueblos castellanos. En palabras de Belloso, quedó como única reina «no esperada». Rápidamente, Fernando el Católico usará la baza de la salud mental de su hija para erigirse como el líder necesario para los castellanos, y así lo hizo confinándola en el palacio de Tordesillas, donde permaneció durante 46 años.
Tanto su marido como su padre utilizaron su supuesta fragilidad mental, lo que, unido a su aislamiento, no debió ayudarla a demostrar al pueblo que sus familiares se equivocaban.
Tras la muerte de Fernando el Católico, en 1516, le tocará a su hijo Carlos de Gante –a quien no veía desde hacía doce años– transmitirle la dura noticia a través de sus asesores flamencos de que optarían por mantener su reclusión en el palacio de Tordesillas. Una vez más, la reina decidió ceder sus responsabilidades políticas, en lo que se ha interpretado como un gesto de amor a su primogénito para evitar unas guerras civiles en la península.
Cuadro de Gabriel Maureta y Aracil titulado 'La reina Juana la Loca'
Lo que no deja lugar a dudas es que la misión de convertirse en la primera reina en unificar las coronas de España resultó un plato muy jugoso para todo su entorno. Su marido, su padre y su hijo se aprovecharon de esta mujer, que cambió una vida que se le antojaba plácida en los paisajes de Flandes por un aislamiento forzado en Tordesillas.
En la actualidad, algunos investigadores buscan sustituir el calificativo de Juana «la Loca» por el de Juana «la Cuerda», con el objetivo de demostrar que cada decisión que tomó en vida respondió a un razonamiento plenamente consciente.