La boda de Juana I de Castilla, conocida como «la Loca», con Felipe el Hermoso
Picotazos de historia
Así fue el accidentado viaje de Juana la Loca para casarse con Felipe el Hermoso
La infanta doña Juana partió en 1496 hacia Flandes al frente de una gran expedición naval organizada por los Reyes Católicos para sellar su alianza con los Habsburgo. El viaje, largo y azaroso, culminó en Lier con su fulminante encuentro con Felipe el Hermoso
Año de 1496. Dentro de la cuidadosa política matrimonial diseñada por los Reyes Católicos, este año se inicia un ambicioso compromiso doble: se casará el hijo y heredero de Isabel y Fernando —el príncipe Juan— con la archiduquesa Margarita de Habsburgo, y la infanta doña Juana casará con el hermano de Margarita, Felipe, duque de Borgoña y heredero del emperador Maximiliano I.
Se ordena el apresto, en el puerto de Bilbao, de una gran flota que lleve a la infanta hasta las costas de los estados de Borgoña. La flota se compondrá de grandes carracas de factura genovesa y carabelas prestas para la guerra en número de diecinueve.
Les acompañarán más de sesenta transportes y naves comerciales que llevan sus productos a los mercados borgoñones. Esta gran flota estará bajo el mando del almirante de Castilla, cargo hereditario en la casa de Enríquez, señores de Medina de Rioseco. El almirante don Fadrique Enríquez de Velasco estará al mando tanto de las naves y su gente como de las tropas embarcadas. Tenía mando completo, de mar y guerra.
Fadrique Enríquez de Velasco
El alto número de navíos de guerra, y por tanto de bocas de fuego, se debía a los recelos que tanto Inglaterra como Francia tenían ante esta alianza. El rey Enrique VII, con una bien ganada fama de avaro a sus espaldas, ofreció al rey Católico cerrar el Canal de la Mancha, utilizando rambergas —naves que navegan a remo y vela, largas y estrechas— para ello, a cambio de 20.000 escudos.
Fernando de Aragón decidió que una gran flota de guerra tendría efectos disuasorios, al tiempo que daría más empaque al cortejo nupcial y protección a la flota mercante. Todo, más barato que el chantaje de Enrique VII.
Fondeó la flota en Laredo, donde embarcaron todos, incluida la reina Isabel, que navegaría durante dos días con la flota, queriendo exprimir hasta el último minuto de la compañía de su hija, pues pensaba que no la volvería a ver. El embarque se realizó el día 15 de agosto y la partida se retrasó hasta los vientos favorables del día 20.
El primer tramo del viaje fue tranquilo, a excepción de un accidente. Una carraca abordó a una carabela vizcaína, mandándola a pique. Afortunadamente, se pudo rescatar a la mayor parte de las personas que a bordo viajaban, no así su carga ni armamento.
Juana I de Castilla y Felipe el Hermoso
Arribó la flota al puerto inglés de Portland, donde se hizo aguada. Muchos nobles de la zona acudieron para besar la mano de la infanta y desearle felicidad en sus desposorios. Aunque había cierto recelo por parte del almirante, no se vio ni sombra de las mencionadas rambergas del codicioso rey Enrique.
Continuó la flota. Como tenían que atravesar una zona abundante en bajíos y arrecifes, se consideró prudente trasladar a la infanta y su séquito de la carraca La Real a una nave de menor calado. Y fue una feliz decisión, pues esa misma carraca encalló y quedó desfondada, llevándose consigo al fondo del mar cuantas joyas contenía y la mayor parte de las setecientas personas que en ella viajaban.
El 8 de septiembre llegó, sin más incidentes, la flota castellana a un puerto cercano a Middleburg, donde buscaron protección contra una tormenta. La furia de esta duró días y al puerto entraron navíos franceses buscando refugio y que tentaron a algún capitán español. Por fortuna, no se puso en peligro la neutralidad del puerto.
La última parte fue la más larga. Hicieron escala en Rotterdam y terminaron en Amberes. Estuvo este último tramo bastante pocha la infanta. El viaje había sido complicado y el oleaje y el mal tiempo habían sacudido de lo lindo a todos. La futura duquesa de Borgoña fue desembarcada tiritando de fiebres, unas tercianas de las que se recuperaría.
Peor suerte tuvo don Luis Osorio de Acuña, obispo de Jaén, a quien los Reyes Católicos habían puesto al frente de la comitiva y con el encargo de hacer la entrega de la novia en nombre de sus padres. Este eclesiástico, que disfrutaba más sobre el arzón de su caballo destrero que cantando misas, había pasado muy mala travesía. Lo desembarcaron tan débil y baqueteado que a los pocos días partió para reunirse con el Creador (1 de octubre).
La infanta doña Juana debió de sentirse muy defraudada, ya que su prometido no estaba allí para recibirla. La razón de ello era que se encontraba en el Tirol. El mismo día de la llegada de Juana a Amberes se le envió un mensajero con la noticia. Se cree que el verdadero motivo de esta ausencia está en los consejeros de Felipe el Hermoso, quienes preferían una alianza con Francia y no agradaba la opción española.
Viajó con calma Felipe desde el Tirol, mientras Juana se había instalado en la pequeña ciudad de Lier, a poca distancia de Amberes. El motivo de este traslado fue por consejo de la familia Berghes, que deseaba que la boda se celebrara allí. El apellido de este linaje en realidad era Glymes o, más exactamente, Van Glymes und Berghes. Esta familia comandaba la facción española de la corte borgoñona. El jefe y representante de esta facción prohispana era el obispo de Cambrai, Hendrik van Berghes, quien estaba de camino dispuesto a celebrar el matrimonio cuanto antes.
El día 18 de octubre llegó Felipe a Lier y lo primero que hizo fue presentarse en el monasterio de la ciudad, donde se encontraba alojada la infanta junto con su séquito. Felipe tenía dieciocho años y se encontró con una doncella de diecisiete, de hermoso talle, frescas mejillas y regio continente.
Se saludaron con gran cortesía y se sentaron frente al fuego que ardía dentro de la chimenea de la sala. Hablaron en francés, idioma que ambos dominaban, y tras dos horas de conversación era tan intensa la pasión que a ambos consumía que el capellán mayor de la infanta —Diego Ramírez de Villaescusa— tuvo que casarles inmediatamente para que pudieran consumar su matrimonio.
Dos días después, y con bastante más calma, se celebró la ceremonia oficial de velación en la capilla de la iglesia de san Gumaro, que entonces estaba todavía en construcción. La ceremonia la celebró un muy satisfecho príncipe obispo de Cambrai.