Juana la Loca velando el cadáver de Felipe el Hermoso (1877) de Francisco Pradilla
Eduardo Juárez: «Juana no fue víctima de la locura, sino de una construcción política deliberada»
El doctor en Historia desmonta el mito de la locura de Juana de Castilla y denuncia una «infamia histórica» orquestada por su propia familia para usurparle el trono
«Juana no fue una víctima de la locura, sino de una construcción política deliberada y una infamia histórica orquestada por su propio linaje», defiende Eduardo Juárez Valero, doctor en Historia y autor de la última y más completa biografía de Juana de Castilla, publicada en Ático de los Libros. El profesor desvela la realidad de una soberana, cómo fue su «entierro en vida» y cómo sus derechos legítimos fueron saboteados por el interés de poder de su padre, esposo e hijo.
Eduardo Juárez Valero
–Usted afirma en su obra que la locura de Juana fue una construcción política y no un hecho clínico estable. Desde una perspectiva ética, ¿cómo se orquestó este «entierro en vida» para justificar el despojo de sus derechos legítimos?
–La locura, en términos políticos, no deja de ser una cuestión de oportunismo. Otros monarcas han padecido dolencias, depresiones y hasta demencias sin sufrir la estigmatización de la reina Juana de Castilla. Sin duda, como parte de una construcción decimonónica, la debilidad inherente a una condición aportada por el contexto político permite cuestionar, en base a las fuentes primarias, tal circunstancia.
Enterrar en vida a doña Juana supuso apartarla de su legítimo desempeño de la potestas monárquica derivada de su condición política. El concepto despojo, por otra parte, no creo que deba utilizarse en su caso. Ella nunca dejó de ser reina. El conflicto político y los partidos enfrentados en aquella unidad dinástica en ciernes. Ver aquello como algo estable en términos políticos no deja de ser un ejercicio de presentismo. Doña Juana, en términos generales, fue víctima permanente de su soledad política.
–El libro describe a Juana como una mujer formada en la cultura humanista de su tiempo. ¿En qué medida esta formación chocaba con el entorno cortesano y los intereses de poder de quienes la rodeaban?
–No tanto, la verdad. La Reina Católica se esforzó en dotar a sus hijos de una formación acorde con su situación y el empleo político que habría de programar para todos ellos. Humanista y católica en una Europa en franco deterioro moral, con el catolicismo en una crisis más que palpable, a tenor de lo acaecido tras la irrupción de Lutero.
Católica y humanística como la mente de Francisco Jiménez de Cisneros, capaz de reformar el catolicismo peninsular y, al mismo tiempo, fundar la Universidad Complutense, la más humanista de las existentes en aquella Europa de principio del XVI. No me cabe la menor duda de que la educación de doña Juana y todos sus hermanos ha de ser vista en ese contexto de supuesta contradicción y vanguardia controlada.
–Usted menciona que Carlos I gobernó sobre una «ficción jurídica» durante 38 años, pues su madre seguía siendo la reina legítima. ¿Qué implicaciones morales y legales tuvo que el Emperador solo fuera rey de pleno derecho el último año de su vida política?
–Sinceramente, creo que el rey Carlos careció de aquel mínimo remordimiento que le habría llevado a cuestionar la situación que me menciona. De haberlo tenido, no habría abandonado a su madre, reina legítima de todo, a un entierro en vida. Todos los implicados en aquella monarquía universal, embrión del sistema polisinodial que habría de desarrollarse durante el reinado del nieto, ninguno de ellos rescató para su definición el gentilicio que les hacía herederos de los tronos.
Dinastía Austria, familia Habsburgo, pero no Trastámara, línea aquella que les hacía monarcas legítimos. Este asunto no es baladí. Por Austria o Habsburgo, ninguno habría reinado, ni siquiera los Borbón, que mantienen esa línea de sangre real. Enterrar el apellido supone enterrar a doña Juana y saltar una generación desde los Reyes Católicos hasta Carlos I, asunto este muy frecuente en los libros de historia desde el siglo XIX.
–La relación con su madre, Isabel la Católica, parece marcada por una ruptura definitiva en el castillo de La Mota. ¿Fue la desconfianza de Isabel un factor determinante que abrió la puerta legal para el posterior encierro de su hija?
–Eso parece transmitir Pedro Mártir de Anglería en sus cartas. Sin embargo, hay un juego político mucho más profundo: la necesidad de que Juana tenga presencia política frente a su esposo usurpador; el conflicto con Fernando de Aragón y los partidos castellano y flamenco; las dudas de Cisneros respecto a doña Juana y el miedo constante de Isabel la Católica de que su hija fuera repudiada e incluso eliminada complican todo, llevando la situación más allá de una relación entre las personas.
–Como medio de inspiración cristiana, nos inquieta el papel de los confesores y delegados regios. ¿Por qué Juana mostraba ese rechazo a la confesión tradicional castellana y qué buscaba realmente Tomás de Matienzo al vigilar su «honor católico»?
–La respuesta está en el aislamiento al que somete a doña Juana el archiduque Felipe, expulsando todo el séquito castellano nada más llegar a Flandes, dotando a su esposa de una casa enteramente flamenca. Vuelvo a la situación crítica del catolicismo a principio del XVI y las costumbres religiosas de aquella corte norteña frente al catolicismo puro defendido por la Castilla que había guerreado contra el islam, creado el Consejo de la Inquisición y normalizado la creencia en toda la península.
–Resulta revelador que no exista un informe médico detallado que justificara su incapacitación. ¿Cómo fue posible que fórmulas legales tan ambiguas como «enfermedad y pasión» sostuvieran un encierro de cuatro décadas?
–Es cierto. De hecho, el concepto pasión en la documentación del XVI alude a enfermedad y, en términos actuales, a depresión, esto es, apasionamiento y pérdida del juicio o del comportamiento normal establecido. Hay que leer las fuentes primarias en su contexto. Por otra parte, cualquier declaración o diagnóstico del siglo XVI en términos psiquiátricos debe ser cogida con pinzas en la actualidad.
De hecho, Fernando el Católico explicó la existencia de un informe acerca del apasionamiento de doña Juana elaborado por el consorte borgoñón durante las Cortes de Toro. Documento aquel que se negó a incluir en las actas de las Cortes para, según sus palabras, no dañar la imagen de la reina de Castilla y la monarquía en líneas generales.
–Usted define el encierro en Tordesillas como una estructura carcelaria única que combinaba vigilancia física y control psicológico. ¿Cómo lograba este sistema de «capas» de vigilancia anular por completo la voz de la soberana?
–Es difícil si surge como parte de un plan establecido. Como historiador, no creo en las hojas de ruta y planes previos al hecho histórico. Es probable que el marqués de Denia fuera incorporando personal de su estricta confianza para mantener a la reina en el limbo del desconocimiento preciso. De ahí que generara dos círculos de personas conectadas bien con su familia, bien con su clientela.
El resultado fue un aislamiento derivado del control hermético informativo en torno a la reina que impidiera el conocimiento que de todo pudiera tener ella, lo que, evidentemente, cuestiona esa tan cacareada demencia.
–En el episodio de la revuelta de los comuneros, Juana se niega a firmar documentos a pesar de ser reconocida por ellos como la única reina legítima. ¿Es este silencio una prueba de su supuesta locura o, por el contrario, de una «lucidez extrema»?
–Creo que ninguna de las dos cosas. De hecho, la reina no debió firmar documento alguno en todos aquellos años, y no solo en los momentos de la revolución comunera. Las actas levantadas por los notarios llevados por los capitanes comuneros dejan claro su implicación en el movimiento revolucionario castellano por encima de cualquier demencia o locura. Conocer el contexto que la rodeaba y no caer en la toma de decisiones apresuradas no denota sino prudencia. Así lo transmitieron las cartas del almirante de Castilla y el conde de Benavente, quienes acompañaron a la reina una vez hubieron sido derrotados los comuneros: sensatez y voluntad de gobierno, una vez fuera liberada de Tordesillas.
–El cardenal Cisneros aparece en su relato como una figura clave en la consolidación del apartamiento de Juana. ¿De qué manera la regencia de Cisneros priorizó el orden institucional sobre el derecho natural y legítimo de la reina?
–Es evidente que Cisneros descartó a doña Juana del gobierno de Castilla en cuanto murió el rey Felipe. Es difícil saber si vio en ella a una mujer sometida y ya inválida para el liderazgo. El consejo de regencia por él presidido no mostraba más que un acuerdo de todas las partes, de todos los partidos políticos allí existentes, aragonés, castellano y flamenco. Todos a una dejaban a la reina aislada, principalmente por no tener partido. Cisneros, mucho más arzobispo que cardenal —no hay que olvidarlo—, no hizo sino acordar la gestión de Castilla en ausencia de rey en quien confiar. Constaba así el arzobispo toledano una realidad por todos entendida: la lucha entre Isabel y Fernando contra el yerno y la labor de aislamiento de aquel centrada en su esposa había tenido una consecuencia más que clara: doña Juana, como durante toda su vida, siendo reina de todo, estaba sola.
Felipe y Juana, ca. 1500
–La muerte de Felipe el Hermoso ha alimentado el mito de la reina «enloquecida de amor». Según su investigación, ¿qué evidencias existen para descartar el envenenamiento y apuntar a una epidemia como causa real de su fallecimiento?
–Esto es una falacia que nace en el siglo XIX, fruto de la visión del amor desarrollada por el romanticismo. Felipe de Habsburgo ya había intentado encerrarla en Mucientes una vez logró ser proclamado rey en las Cortes de Valladolid, pocos meses antes de morir. No hay que confundir amor o apasionamiento con sometimiento y eliminación de la personalidad.
–Solo dos hombres, Rodrigo Manrique y Fadrique Enríquez, defendieron públicamente la honra de la reina.
–Sorprende, ¿verdad? Dos castellanos por la honra de su reina. Probablemente es la manera de desmitificar el tan manido honor de la nobleza y la caballerosidad de los privilegiados. Defensores todos ellos de sus intereses propios y buscando siempre el oportunismo político. En el caso de Manrique se ve una actitud claramente medieval de defensa de la palabra dada.
Con el almirante de Castilla se debería asumir la defensa de lo castellano. Puede que la reina no sea una figura política fuerte; sin embargo, era su reina, castellana, y el Habsburgo no era más que un advenedizo extranjero que aprovechaba una oportunidad. Aceptarlo como rey por ser la consecuencia de las decisiones tomadas por la reina Isabel, vale; participar en la infamia de encerrar a su reina por voluntad de un extranjero, no tanto.
¿Qué valores movieron a estos caballeros a oponerse a la voluntad de Felipe y de las Cortes en defensa de su soberana? Lo que acabo de definir: eran castellanos y todos aquellos no eran más que extranjeros. Este debe ser visto como una semilla de la rebelión comunera. No hay que olvidar que aquellos Habsburgo no eran más que unos extranjeros que aprovechaban la oportunidad política. Después de todo, no era más que la defensa de Castilla frente a aquellos elementos extraños.
Los hijos de Juana I de Castilla y Felipe el Hermoso
–Finalmente, ¿qué lección de justicia histórica y dignidad humana podemos extraer hoy de la recuperación de la Juana real frente a la imagen romántica y patologizada del siglo XIX?
–Lo primero, no caer en la generalización y el reduccionismo que conlleva el relato histórico construido durante el romanticismo. En primer lugar, hay que ver a la reina doña Juana como fue, en su contexto y sin presentismos ni condicionantes establecidos a posteriori. Todos aquellos que trituraron su vida y que luego camparon en Castilla, Europa, América, África y Asia lo hicieron por descender de ella.
Parece mentira que no seamos capaces de mantener la línea legítima de la Corona española. Todos los que luego habrían de venir hasta el actual Felipe VI lo han hecho por descender de doña Juana. Todos sus hijos reinaron en algún momento. Dos fueron emperadores, uno de Alcalá de Henares, por cierto, y no se llamaba Carlos.
Los Habsburgo, Austria o como se les quiera llamar, reinaron en España por ser hijos de doña Juana y nietos de los Reyes Católicos, esto es, Trastámara. Los Borbón, exactamente lo mismo. Esa línea, esa sangre real, llega hasta ella y olvidarlo, por más que se quiera ocultar y no definir como esencial, no deja de ser otra infamia más a sumar a todas las padecidas por la memoria de una mujer que nunca quiso reinar y se vio aplastada por la memoria de la madre, el enorme horizonte político de un imperio en ciernes y la lucha política que nunca supo plantear ni afrontar.