Detalle del retrato de Antonio Mendoza y Pacheco
Quién fue Antonio de Mendoza, el hombre elegido por Carlos V para gobernar Nueva España
Por confianza real fue destinado por la reina a América desde 1530, pero sus comisiones en Europa retrasaron su marcha hasta que, en 1535, el emperador lo nombró virrey
La conquista de América produjo grandes problemas políticos y de administración. Los territorios estaban lejos, los controles eran escasos y los conquistadores, adelantados, gobernadores, etc., actuaban con una independencia que los reyes querían cortar estableciendo un mecanismo de integración de los nuevos territorios en la Monarquía. Se crearon los virreinatos para, entre otras cosas, nombrar gobernantes con amplios poderes, pero vinculados directamente al rey.
Como es lógico, por su importancia, el primer virreinato fue el de Nueva España y el primer virrey, Antonio de Mendoza, había nacido en 1492. Era el segundo hijo de Íñigo López de Mendoza, conde de Tendilla y marqués de Mondéjar, capitán general de Granada.
Plano de la Nueva España, de José Antonio de Alzate y Ramírez (1769)
Al no ser primogénito, su padre le procuró la formación suficiente para prestar servicios al rey. Fue embajador ante Enrique VII de Inglaterra y viajó por Flandes, Austria y Hungría. La confianza real le obligó a aceptar encomiendas en Europa ante reyes y papas y a ser nombrado gobernador de la provincia de León en la Orden de Santiago para enfrentarse al problema suscitado entre los moriscos, especialmente los de Hornachos.
Por esa confianza, estaba destinado por la reina a América desde 1530, pero sus comisiones en Europa retrasaron su marcha hasta que, en 1535, el emperador lo nombró virrey, es decir, el rey en el lugar, dotado de poderes amplísimos. A pesar de las instrucciones recibidas, era más que ser rey en casi todas las monarquías.
Cuando llegó, la situación no era buena. La segunda Audiencia –el gobierno estaba encomendado a jueces gobernadores–, encabezada por fray Sebastián Ramírez, había acabado con los abusos del primer presidente, Nuño de Guzmán, e impuso el cumplimiento de la ley a los encomenderos.
Por otra parte, la intervención de los frailes de distintas órdenes había logrado una implicación indígena en los asuntos del virreinato y ciertos puestos en la administración. Se enfrentaba a la nueva sociedad novohispana, donde se creaban intereses y esferas de poder.
Mendoza trató de ampliar los territorios dando amplias concesiones a adelantados como Alvarado y Montejo en Guatemala y Yucatán o a Oñate y Vázquez Coronado al norte: Texas, Arizona, Nuevo México, California… Por el sur, hasta Panamá. Promovió la exploración en busca de Cíbola y la navegación por el Pacífico con Villalobos, dándole el nombre de Filipinas a las islas españolas, aunque el descubrimiento del tornaviaje sucedería veintidós años más tarde.
Tuvo que aplacar la rebelión indígena de Mixtón en 1541-1542, originada por los abusos de Nuño de Guzmán y los encomenderos, que no querían renunciar a los privilegios concedidos anteriormente, que persistirían durante años en la memoria indígena y que perjudicaron la política de los sucesores. Refundó la ciudad de Guadalajara, destruida en esas revueltas, y fundó la de Valladolid en 1541, hoy Morelia.
Mendoza había aprendido de Cortés que la dominación de México era imposible sin el acuerdo con la población local y el mestizaje. Entre 1537 y 1543 hizo los primeros nombramientos de dignatarios indígenas: alcaldes, alguaciles, jueces de comisión, etc., entre la nobleza indígena.
Volvió a confiar en los mexicas al nombrar gobernador de Tenochtitlán a Diego Alvarado Huanitzin. Fundó la Orden de los Caballeros Tecles para admitir el viejo sistema ritual prehispánico de acceso al rango de tecuhtli (gobernante) e insertar a los cabecillas indígenas dentro del sistema nobiliario español.
Pero también fue un excelente gestor que cuidó del saneamiento de las ciudades, del acceso al agua y de la introducción de animales domésticos. Para la enseñanza contó con los frailes, especialmente con los franciscanos, que abrieron colegios y universidades. Se inició a los jóvenes indios en oficios necesarios en las nuevas ciudades.
En Santiago Tlatelolco se estableció el Colegio de Santa Cruz, también para indígenas. Durante su mandato, se mejoraron los caminos, se construyeron hospitales e iglesias. Mendoza fue un reformador que quería cambiar el sistema económico y social imperante.
Sin embargo, la rivalidad entre Hernán Cortés y Nuño de Guzmán, y en menor medida la de Alvarado con Montejo, era una fuente constante de conflictos. Los mayas del Yucatán luchaban contra los invasores en guerras que duraron hasta después de la independencia. También hubo de vérselas con los encomenderos, a los que tenía que imponer las Leyes Nuevas de 1543.
El virreinato se iba organizando cada vez con más instituciones, algunas de ellas de control. La llegada del veedor de la Audiencia Francisco Tello de Sandoval hizo posible que se escucharan las quejas de los indios y se encausara a algunos hombres de la colonia. A la vez, sirvió para que los enemigos del virrey llevaran testimonios falseados o parciales contra él.
En ese momento, las visitas de los funcionarios solo se producían cuando había crímenes contra los indios, denunciados y comprobados. Pero el emperador quería que los gobernantes americanos pasaran por el duro trámite de someterse al juicio de residencia una vez acabado su mandato.
El propio Cortés, molesto por su apartamiento de los nuevos viajes de exploración y caído en desgracia en la Corte, lanzó una tremenda campaña contra Mendoza, acusándole de todo tipo de abusos que Tello secundó. Una vez más, los celos entre españoles enturbiaban la empresa americana.
La cuestión llegaría, después de muchos años, al Consejo de Indias, que dictaminó a favor de Mendoza, quien, cansado de pleitos y tras catorce años en México, solicitó al rey su regreso.
Estaba cansado, enfermo, retirado en Oaxaca y dejando los negocios públicos en manos de su hijo Francisco. No le concedió el emperador la dicha de volver a Granada. Por el contrario, lo nombró primer virrey del Perú, donde murió en 1551 y donde también tuvo importantes conflictos.
Como señala Germán Vázquez en su libro Antonio de Mendoza (Madrid, 1987), «fue única y exclusivamente el espejo de una conflictiva y pasional época; el martillo que burócratas y encomenderos, laicos y seglares, manejaron para dar forma a aquella amalgama en fusión que se llamó Nueva España».