Howard Carter durante los trabajos vinculados al descubrimiento de la tumba de Tutankamón en 1922

Cinco tumbas perdidas que los arqueólogos aún no han encontrado

Algunos de los personajes más célebres de la Antigüedad comparten un misterio: el paradero de sus tumbas. Entre leyendas, testimonios antiguos y hallazgos arqueológicos, sus sepulturas siguen siendo uno de los grandes enigmas de la historia

Ante la posible existencia de cámaras ocultas vinculadas a la tumba de Tutankamón, el mundo científico vuelve a poner el foco sobre uno de los grandes enigmas del Antiguo Egipto: ¿podrían esconderse allí las respuestas sobre el destino de Nefertiti? Aunque no todos los expertos apoyan esta hipótesis, el misterio sobre el paradero de la reina egipcia nos sirve para repasar otras cinco tumbas y enterramientos perdidos que los arqueólogos aún no han podido encontrar.

Alarico I

«Mi voz se ahoga en sollozos mientras estoy dictando esta carta. Fue conquistada la capital que conquistó al mundo entero», escribió desde Belén san Jerónimo. Se refería al saqueo de la poderosa Roma por las tropas godas del rey Alarico en agosto del año 410.

Sin embargo, meses después, el victorioso monarca moría y, para evitar la venganza de los romanos, la tradición indica que los generales de Alarico idearon un sofisticado plan para enterrar a su rey en un lugar secreto para preservar su cadáver y el tesoro que acumuló.

Dibujo que representa a Alarico I siendo enterrado en el lecho del río Busento realizado por Heinrich Leutemann

Según cuenta la leyenda, sus leales guerreros, utilizando mano de obra esclava, desviaron temporalmente el curso del río Busento y, en el lecho seco del río, levantaron una tumba monumental donde colocaron el cadáver del rey godo junto a sus tesoros y trofeos de guerra. Una vez sellada la tumba, devolvieron el río a su cauce natural y, para asegurar que el secreto no fuera revelado, asesinaron a todos los esclavos que participaron en la obra.

En la actualidad, arqueólogos y cazatesoros siguen buscando la mítica tumba bajo las aguas de Cosenza, en el sur de Italia.

Zenobia

Conocida como la reina del desierto, Zenobia supo aprovechar una de las mayores crisis que vivió el Imperio romano para desafiar su autoridad y arrebatarle buena parte de sus territorios orientales, como Siria, Egipto y parte de Asia Menor. Pero la amenaza que representaba la reina de Palmira, una de las ciudades más prósperas del siglo III d. C., terminó cuando el emperador Aureliano emprendió una campaña militar para recuperar aquellos territorios.

Según recoge el historiador bizantino Zósimo, Zenobia consiguió reunir un ejército de 70.000 hombres, entre ellos cientos de jinetes acorazados llamados catafractos, para enfrentarse a 60.000 romanos. A pesar de un inicio favorable a los palmirenses, las legiones se mantuvieron firmes hasta provocar la huida de los hombres de la reina del desierto.

'La última mirada de Zenobia a Palmira'. Obra de Herbert Gustave Schmalz

Zenobia se refugió en Palmira, pero, ante el avance romano, trató de huir hacia Persia. Fue capturada cerca del río Éufrates en el año 272. A partir de entonces, su destino quedó envuelto en el misterio. Según algunas fuentes antiguas, murió durante su cautiverio o fue ejecutada. Otras sostienen que Aureliano le perdonó la vida y que pasó sus últimos años en una lujosa residencia de Tívoli, cerca de Roma, después de haber sido exhibida como prisionera durante el triunfo del emperador.

Ninguna de estas versiones ha podido confirmarse definitivamente. No se sabe con certeza cuándo ni dónde murió Zenobia, por lo que, casi dieciocho siglos después, su tumba continúa sin ser identificada.

Aníbal Barca

Pocos hombres consiguieron hacer la vida imposible a Roma como Aníbal Barca. El general cartaginés, célebre por atravesar los Alpes con sus elefantes de guerra, infligió algunas de las derrotas más humillantes a las legiones romanas durante la segunda guerra púnica. Sin embargo, tras su derrota en Zama, en el año 202 a. C., su destino cambió radicalmente.

Regresó a Cartago para participar en su gobierno, pero las presiones de Roma le obligaron a exiliarse. Primero encontró refugio en la corte del rey Antíoco III y, más tarde, en Bitinia, donde el rey Prusias I terminó cediendo ante las exigencias romanas y acabó entregándole. Según Tito Livio y Plutarco, cuando Aníbal descubrió que estaba rodeado y que sus vías de escape habían sido bloqueadas, decidió quitarse la vida: «Acabemos con esta vida que tanto terror ha causado a los romanos», se dice que dijo antes de ingerir veneno hacia el año 183 a. C.

Monumento conmemorativo de Aníbal en Gebze

Las fuentes antiguas sitúan su enterramiento en Libisa (actual Gebze), una localidad próxima al mar de Mármara. El autor clásico Aurelio Víctor escribió en su Sobre los varones ilustres de la ciudad de Roma que el cuerpo del general cartaginés reposó en un ataúd de piedra con la inscripción «Aquí se esconde Aníbal», que acabaría convirtiéndose en lugar de peregrinación para sus admiradores. En el año 200, el emperador Septimio Severo ordenó restaurar su tumba y cubrirla con un mármol blanco, pero con el paso del tiempo cayó en el olvido.

Aunque se han propuesto varios emplazamientos en los alrededores de la actual ciudad turca de Gebze, ninguno ha podido identificarse arqueológicamente como su sepultura. Más de dos mil años después de su muerte, se desconoce dónde descansan los restos del hombre que estuvo a punto de derrotar a Roma.

Aristóteles

Discípulo de Platón y maestro de Alejandro Magno, Aristóteles fue uno de los pensadores más influyentes de la Antigüedad, hasta el punto de ser considerado el «filósofo por antonomasia». Nació en Estagira, al norte de Grecia, en el año 384 a. C., pero falleció en Calcis, en la isla de Eubea, en el 322 a. C. Durante siglos, el paradero de su sepultura permaneció envuelto en el misterio.

Sin embargo, en 2016, el arqueólogo griego Konstandinos Sismanidis sorprendió a la comunidad científica al anunciar que podría haber encontrado la tumba del filósofo en su ciudad natal. «No tenemos pruebas, pero sí indicios muy fuertes que rozan la certeza», declaró entonces.

Las ruinas en la antigua ciudad de Estagira que se identifica como el posible mausoleo o tumba del filósofo Aristóteles

El supuesto mausoleo, descubierto en 1996 durante unas excavaciones en la antigua Estagira, estaba situado cerca del ágora y presentaba características propias de un monumento funerario. Entre los hallazgos figuraban monedas de la época de Alejandro Magno y sus sucesores, así como restos de un altar.

La hipótesis se apoyaba también en dos documentos antiguos que señalaban que, tras la muerte de Aristóteles, los habitantes de Estagira trasladaron sus cenizas desde Calcis y las depositaron en una urna de cobre dentro de un mausoleo construido en su honor.

Pese a estos indicios, la identificación nunca ha podido confirmarse de manera concluyente: no se ha encontrado ninguna inscripción que vincule al filósofo con el edificio ni restos funerarios que permitan demostrar que allí descansaron sus cenizas. «Es posible, verosímil, pero no podemos afirmarlo al cien por cien por falta de pruebas», declaró el profesor Tomás Calvo, uno de los mayores especialistas en filosofía griega de España, que ha centrado gran parte de su labor académica en el estudio de Aristóteles y Platón y que visitó en 2016 el yacimiento, sobre el descubrimiento.

Por ello, más de dos mil trescientos años después de su muerte, el lugar donde fueron depositados sus restos continúa siendo una incógnita.

Nerón

Tirano, sádico, loco y cruel son algunos de los adjetivos que tradicionalmente se han asociado al nombre de Nerón, el emperador al que llegó a acusarse de provocar el gran incendio de Roma del año 64, que devastó buena parte de la ciudad durante varios días.

«Su insolencia, sensualidad, lujuria, avaricia y crueldad las manifestó al principio de forma imperceptible y oculta, como si se tratara de defectos propios de su juventud. […] Gradualmente, a medida que iban creciendo sus vicios, prescindió de las chanzas y de la oscuridad y, sin preocuparse ya de disimularlos, se lanzó abiertamente a mayores excesos», describe Suetonio en su Vida de los doce césares.

Declarado enemigo público por el Senado romano, Nerón decidió quitarse la vida el 9 de junio del año 68, poniendo fin a la dinastía Julio-Claudia. Según Suetonio, sus cenizas fueron depositadas por sus dos nodrizas y su amante Acte en el sepulcro familiar de los Domicios, situado en la colina del Pincio, en Roma. Allí descansaban en un sarcófago de pórfido, sobre el que se alzaba un altar de mármol.

No obstante, con el paso de los siglos, el rastro de aquella sepultura se perdió y su ubicación exacta continúa siendo una incógnita. Durante la Edad Media surgió una leyenda según la cual el espíritu del emperador atormentaba a los habitantes de la zona, donde había crecido un nogal que se consideraba maldito.

Los remordimientos de Nerón tras matar a su madre, por John William Waterhouse, 1878

La tradición cuenta que, en 1099, el Papa Pascual II ordenó talar el árbol, destruir los restos atribuidos a Nerón y arrojar sus cenizas al río Tíber para acabar con las supuestas apariciones. Después habría mandado construir una capilla dedicada a la Virgen María, origen de la actual basílica de Santa María del Popolo.

Aunque no existen pruebas históricas que confirmen aquella profanación, la leyenda contribuyó a alimentar el misterio sobre el destino de los restos de Nerón, cuya sepultura original nunca ha podido identificarse arqueológicamente.