Alejandro Lerroux GarcíaReal Academia de la Historia

Dinastías y poder

El escándalo de corrupción que hundió a Alejandro Lerroux y frustró su sueño de crear una dinastía política

En 1935, el caso Estraperlo, una trama de sobornos para autorizar una ruleta trucada en España, salpicó a su sobrino y ahijado Aurelio, al que veía como su heredero político. El escándalo precipitó la caída del expresidente de la Segunda República

Fue un agitador anticlerical, un ídolo de masas y presidente del Gobierno de la Segunda República. Pero Alejandro Lerroux también aspiró a prolongar su influencia a través de su familia. Sin hijos naturales, encontró en su sobrino y ahijado Aurelio una posible continuidad política. El proyecto terminó en escándalo: en 1935, el caso Estraperlo provocó su caída y lo apartó de la primera línea política.

En la España de la Segunda República, Alejandro Lerroux servía prácticamente para todo. Lo mismo podía presidir una asociación cultural que una organización periodística, y hasta se le confiaba el jurado de un concurso de belleza. Su fama superaba la política.

Manuel Azaña, uno de sus principales adversarios, dejó constancia de aquella popularidad en sus Memorias políticas 1931-1933: «Está tan traído y llevado Lerroux por la espuma de la politiquería que lo usan para todo: le han hecho Presidente del Círculo de Bellas Artes, de la Asociación de la Prensa; quieren hacerlo ¡decano del Colegio de Abogados!; presidió el jurado de un concurso de belleza. Y él deja hacer».

La ironía de Azaña retrata a un político cuya celebridad parecía no conocer fronteras. Pero aquella popularidad también planteaba una cuestión menos visible: qué ocurriría con su legado cuando desapareciera de la escena pública. Lerroux no tuvo hijos naturales y encontró en su sobrino y ahijado Aurelio una posible prolongación de su influencia. Parecía que podría crear una especie de «dinastía política», basada no solo en la sangre, sino en la transmisión de los contactos y la experiencia política lograda durante muchas décadas en la escena pública.

Lerroux había iniciado su carrera sobre un republicanismo radical, anticlerical y populista arraigado en la convulsa Barcelona de comienzos del siglo XX. Periodista combativo y gran orador, conectó con sectores populares enfrentados a las élites tradicionales y a la influencia de la Iglesia. Sus discursos incendiarios le valieron el sobrenombre de «emperador del Paralelo», título también de la biografía de Álvarez Junco. En sus retóricas palabras llegó a sonar un «elevar a las monjas a la categoría de madres». Sus seguidores se hacían conocer como los «jóvenes bárbaros».

Con la proclamación de la Segunda República, en abril de 1931, su popularidad se transformó en poder institucional. Sin embargo, pronto se distanció de las izquierdas republicanas con las que había pactado en San Sebastián y pasó a defender una República de orden, menos comprometida con las reformas sociales y anticlericales del primer bienio. Su discurso, antaño incendiario y anticlerical, también cambió. Lo explica bien Roberto Villa en su libro sobre Lerroux.

Las elecciones de noviembre de 1933, las segundas de la Segunda República, situaron a su Partido Republicano Radical en una posición compleja pero determinante. Lerroux llegó a la presidencia del Gobierno y buscó el apoyo parlamentario de la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), dirigida por el católico José María Gil-Robles.

El antiguo agitador anticlerical terminó dependiendo de una fuerza católica y conservadora que cuestionaba muchísimas de las reformas republicanas, empezando por las propias medidas anticlericales y buena parte del articulado de la Constitución de 1931.

Algunos pensaron que ese acuerdo podría ser una apuesta por la estabilidad. Por una República moderada y abierta a las fuerzas de orden. Pero otros entendieron que Lerroux estaba dispuesto a sacrificar su «identidad política» para conservar el poder.

En 1935, algunas de esas contradicciones (Partido Radical y CEDA) quedaron ensombrecidas por un escándalo de corrupción que empezó a ocupar los titulares de toda la prensa: el caso Estraperlo fue uno de los asuntos que más páginas acaparó durante los últimos meses del año.

El nombre procedía de los apellidos de sus promotores, los empresarios Strauss y Perlowitz, que pretendían introducir una ruleta de juego en establecimientos españoles. Era una especie de aparato que se presentaba como un juego de cálculo, aunque su mecanismo permitía manipular los resultados para favorecer a la banca.

Sus promotores recurrieron a regalos, pagos y contactos políticos para conseguir las autorizaciones y licencias necesarias. Cuando sus gestiones fracasaron, Strauss denunció el asunto y la investigación salpicó a distintas figuras vinculadas al Partido Radical.

La ruleta de juego estraperlo

Entre los nombres que aparecieron figuraba Aurelio Lerroux, sobrino y ahijado del dirigente. Su vinculación con las gestiones relacionadas con el caso dañó gravemente la imagen de su padrino. El apellido que le había servido para construir una poderosa influencia política pasaba a convertirse en una fuente de descrédito.

A esta crisis se sumó el caso Nombela, relacionado con irregularidades en indemnizaciones por servicios de las rutas coloniales. Estos escándalos hicieron insostenible la situación y el 29 de octubre de 1935 Lerroux dimitió de sus responsabilidades en el gobierno. Poco después, Alcalá Zamora convocaba nuevas elecciones generales.

En febrero de 1936, en las conocidas elecciones del «Frente Popular», Lerroux no consiguió acta de diputado y su sobrino Aurelio tampoco logró consolidarse como «heredero político». El Partido Radical quedó desacreditado y perdió su posición para intentar centrar la vida parlamentaria.

Lerroux pasó la Guerra Civil fuera de España y no regresó hasta 1947. La República que había contribuido a gobernar había desaparecido y el régimen de Franco no parecía el indicado para que recuperase protagonismo. Vivió sus últimos años apartado de la política y murió en Madrid en 1949.

En sus memorias, como suele ocurrir, trató de justificar su trayectoria presentándose como víctima de sus adversarios. Sin embargo, su recuerdo quedó asociado al hundimiento de su partido. El término estraperlo, nacido del nombre de aquella ruleta, se incorporó al lenguaje español como sinónimo de negocio fraudulento y designando también el comercio ilegal durante la posguerra.